VÍSPERAS DE MAYO. Marco Antonio Cerdio Roussell

Mayo. Llega Mayo con un tremendo tono elegíaco. Autores que habían conformado un gusto, una percepción, incluso encarnado distintas posibilidades de ejercer el trabajo poético o narrativo, literario en el sentido amplio del término, se han ido. Otros, cosechan los frutos de un trabajo largo, a veces acompañado de una pugna por el reconocimiento que se vuelve desesperante ante el reiterado ejercicio de negarlo.

Este año me había propuesto tocar en distintos momentos las figuras de Efraín Huerta, José Revueltas y Octavio Paz. Si, por el centenario de sus respectivos nacimientos pero también porque permitían iluminar aspectos que siguen vigentes de su obra y de su crítica a la sociedad mexicana. Y, sin embargo, surgieron otro tipo de recuerdos. Comenzaré con una charla de Beatriz Espejo – tenía que ser ella, ahora de luto por Emmanuel Carballo- en la UNAM. En algún momento, recogió la anécdota de que Bioy Casares, el otro argentino centenario célebre, denominó en algún momento a Elena Garro, “la mujer más inteligente que había conocido”. El reconocimiento inesperado del autor de La invención de Morel a una autora que parece siempre desplazada por su accidentada biografía antes que por la verdadera atención a su obra (Si, Estamos huyendo Lola, si La culpa es de los tlaxcaltecas, ¿Todo lo demás? ¿El lugar que ocupó tempranamente en la escena latinoamericana? Seguimos debiéndole a Garro) pudo movernos a atender de mejor manera la obra de esta autora de leyenda. Pero, en la larga conversación que tuvimos esa tarde con Espejo, también apareció Helena Paz Garro, una figura como de doncella en medio de dos monstruos como padres. Todos ellos, Garro, Carballo, Paz Garro eran en voz de Espejo personajes de una narrativa que a quienes estábamos presentes no podía dejar de maravillarnos. ¿Tantos y tan extrañamente talentosos eran los escritores que convivían en el México de esos años en que no habíamos nacido?

Pues Helena Garro se fue un día antes del homenaje a su padre. Y el reconocimiento de Bioy al talento de su señora madre sólo trasluce la deuda que tenemos con ella y con quién hizo tal reconocimiento. También obliga a revisar la figura de la hija o, más bien, la de todas las autoras de esa Edad de Hierro para las narradoras y quienes trataron de superarla.

Otro problema es lo terriblemente estrechas que se vuelven las fronteras en la literatura. Ya a inicio de año se fueron Gelman y Pacheco. Siguió un Federico Campbell que ya puede inscribirse en la literatura del norte. Y de repente, a contrapelo de declaraciones presidenciales, fallece García Márquez y entonces si lo obvio toma cuerpo: cuando ellos no están es necesario releerlos. Y nuevamente esa ilusión óptica del talento ido hace que desfallezcamos respecto a las posibilidades de la literatura latinoamericana por venir. Será todo lo interesante que se quiera la generación española de los cincuentas, pero competir con la del 27 intuitivamente resulta demasiado riesgoso. Lo mismo sucede con la de medio siglo y las previas en México. Claro, eso no volverá, sólo necesitamos hacer algo diferente como generación (Dije generación por decir algo, vamos me interesa el debate pero prefiero que escriban).

El día que Vargas Llosa estrelló su puño en la nariz de García Márquez distintas figuras de la cultura mexicana fueron testigos del evento ahora legendario. De repente se extraña esa camaradería rota, ese saber qué sucede entre autores de distintas procedencias. Incluso los choques tienen un aire de cercanía que se perdió con las primeras crisis a fines de los setentas. Es paradójico que en una América Latina mucho más integrada por la globalización, sea más difícil estar al tanto de lo que se escribe en una comunidad común del idioma y la cultura que de hecho, debería extenderse mucho más allá.

Queda igualmente pendiente lo que comunidades más reducidas en lo numérico pero no por eso menos vivas en lo cultural, desde las comunidades indígenas hasta los hablantes de lenguas europeas minoritarias, aportan al cuadro general. Simplemente, las voces son potencialmente tantas y tan variadas que al vértigo de lo que se va, se suma el vértigo de lo que viene. Por lo menos una, la más grande minoría de que se tenga memoria empieza a tomar con justicia su lugar. Un poco ya lo anunciaba con las palabras de Espejo y la remembranza de Garro y Paz Garro. Las escritoras latinoamericanas apenas comienzan ese largo camino a la deseable paridad numérica que la demografía sugeriría para el mercado editorial. No hablo de calidad, la cual de Sor Juana para acá no está en duda, sino de oportunidad para acceder a un mercado y ser reconocidas en igualdad de condiciones.

En 2003 Elena Poniatowska respondía lo siguiente a una pregunta de Michael Schuessler: 

[…]Había –y hay todavía- un empeño furioso por cortarle a la mujer cualquier salida que no sea la del matrimonio y la maternidad. ¿Cómo combatir ese estado de cosas? Es más fácil adaptarse que luchar, es más fácil la inacción que la acción; pero la inacción, el no hacer nada es finalmente adaptarse. Ren-dir-se a la larga resulta mucho más peligroso que la acción porque destruye todo lo que llevabas dentro de ti, todo lo que podías ofrecer. Tenía frente a mí el ejemplo de mi tía Pita Amor, un ser libre y creativo, que finalmente se desquició, porque se doblegó e hizo todo lo que los demás pedían de ella. Obedeció leyes para después romperlas, dio el espectáculo, escandalizó para que otros se divirtieran, perdió la brújula y nunca vi que se tendiera una mano amiga para ayudarla, quizá porque llegó a los límites de sí misma. Estaba más allá del bien y del mal […] (p. 75).

La cita es mucho más amplia y llena de filos. Remito al lector al libro de Schuessler, Elenisíma. Tras leerlo y pensar en el Premio Cervantes que hoy en día disfruta la autora no queda sino formular un pequeño deseo para las letras latinoamericanas y mexicanas del futuro. Como bien lo planteó Ángel Rama en La ciudad letrada nuestras literaturas son el fruto de una serie de élites más o menos permeables, más o menos dispuestas a encarnar lo mejor y lo peor de nuestras sociedades. Quizá llegó el momento de plantear prácticas más equitativas y democráticas en nuestro mundo de letrados. Precisamente dejar de serlo o dejar de procurar serlo. Mucho ayudaría a ganar lectores el no acercarse a ellos desde una perspectiva de vanguardia prepotente. Mucho ganaríamos todos si no le damos continuidad a esa historia de vetos, simulaciones, exclusiones y sectarismos a pesar de la cual y no gracias a ella, contamos con la literatura que nos enorgullece.

Quizá vinculando la alfabetización formal y digital con la suficiente consciencia de la pluralidad artística y cultural logremos algo que permeé con amplitud a todas nuestras sociedades. En algún momento, los poetas modernistas fueron objeto de devoción popular. El mismo García Márquez logró una recepción y una atención inédita. El punto es que, incluso siendo necesariamente una élite la que disfrute de los bienes culturales, para el número de hablantes y lectores del español hispanoamericano esa élite debería ser mucho más amplia de lo que es hoy actualmente.

Ni duda cabe que es un sueño que agradaría a nuestros muertos y vivos.

© All rights reserved Marco Antonio Cerdio Roussell

Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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