VIAJE HACIA MÍ; CRÓNICA DESDE LA INDIA. María Palacios

Kolkata (West Bengal). Octubre 2015

En 2004 viajé a Barcelona a menudo. Un amigo de allí me enviaba textos escritos por autores clásicos en los que siempre había un tema común: el silencio como protagonista. Este amigo crea proyectos artísticos con el silencio como eje y cuida un buen número de textos preciosos sobre este tema. La llegada de esas palabras tachadas de sonido llegó a convertirse en una necesidad en mi cotidianidad madrileña.
Recuerdo a menudo una de las frases que me envió entonces: “con las palabras, mosquitas muertas, todas las preocupaciones son pocas”. Rotundo. No deja espacio a añadir, coma alguna. Esta frase ha regresado a mi vida en situaciones varias confirmando su veracidad.

Paseo por Kolkata. Vital, enérgica, sucia, atractiva, terrible, magnética, gigante, cegadora. Con calles convertidas en hogares permanentes, es vigilada por cuervos sin descanso. Muerte y vida bailan agarrados en esta urbe. No pueden despegarse.

No saben.

Fuerte, seductora, salvaje y brutal, Kolkata ha podido conmigo; me ha cortado la lengua. Literal. Ojos grandes, boca impedida. Esta noche, tras comprar hilo en un mercado, me he cosido la lengua con mimo, torpeza y respeto. Quiero borrar este estupor. Quiero poder preocuparme por no haber callado, si es necesario.

 

Palakadd (Kerala). Noviembre 2015

Kerala es un buen lugar. El sur de India es un buen lugar. Un buen lugar en este país que debería llamarse continente y cuya pared está resquebrajada, con grietas insondables que enfadan, que molestan, que dañan sentido y sensibilidad.

En un hospital ayurvédico, mitad de un manglar infinito, es donde amanezco desde hace 7 días. Aquí me entrego a las manos de mi médico a primera hora de la mañana. Después del tratamiento… llega el día. Un día lleno de tiempos largos, de paseos, de lectura, de encuentros con otros pacientes, de sonidos, de cantos, de gente que camina con sus emociones desordenadas, de palmeras, de ojos negros y sonrisas, de atardeceres, de repetición, de sol, de periodos largos de nuevo …

En este lugar los trabajadores cantan. Dhanvantari Stotram … La doctora Pyari me cuida. Acaricia mi pelo y revoluciona mi cuerpo ahogado en aceite. Yo aprendo a dejarme cuidar.

Los aullidos de una mujer con parálisis interrumpen los cantos en el inicio y el cierre del día. Sus alaridos orgánicos, espásmicos y animales, aplastan el quehacer de los pájaros. Y esta irrupción de dolor grave y lleno de pasado, forma parte de la banda sonora del manglar infinito.

En este espacio Susanne, y yo conversamos en las noches. Esta cantante noruega, con sonrisa y energía desbordantes, como los dos melones que tiene por tetas, me cuenta y le cuento. Peter comparte ideas de su nuevo proyecto. Y una india, de nombre impronunciable y pelo blanco, vigila la comida que dejo en el plato. Repetimos esta imagen diariamente. Cada noche nos entregamos al rito de la palabra.

En este valle manglar hay algo del sanatorio alpino de “La Montaña Mágica”, del transcurrir del tiempo, de la letanía, de la repetición, de los días a priori predecibles y en verdad sorprendentes, de una evolución pausada y silente, de un tiempo sin urgencia que no descansa.
Hay algo también de guturalidad y lo viscoso de la última película de Aleksey German Hard o be a God .Los sorbidos y eructos de algunos indios al comer me remiten a las mucosidades y líquidos cayendo por la piel en las imágenes del ruso. Aquí no es difícil ser un dios. Aquí no hay dioses. Sólo personas que pasean de la mano de sus fantasmas dejándose cuidar mientras muestran su dentadura blanca con algunos dientes vacíos.
Todavía no he perdido la cabeza…

© All rights reserved María Palacios

María PalaciosMaría Palacios ha sido gestora en distintos ámbitos de la cultura en distintos países (España, EE.UU. México…) y fue la antigua directora del CCE en Miami en 2012  mpanaut@yahoo.es

One response to “VIAJE HACIA MÍ; CRÓNICA DESDE LA INDIA. María Palacios

Leave a Reply