UNDERGROUND. Isaí Moreno

Su primera noche de paria fue particularmente fría. Esforzó los ojos para mirar bajo la iluminación exangüe de las lámparas, donde enfrentó el hambre y a enemigos del exterior, de existencia insospechada. Cuánto echó de menos la leche tibia servida en su recipiente plástico, poco antes de que se le entregase a otro amo que nada comprendía. (No se le acogió como acostumbraba y mucho menos aprobaron que afilase las uñas en sus sitos de descanso, o que comiese lo que había en la mesa, expuesto y apetitoso. Escapó luego del último puntapié recibido al atravesarse accidentalmente en el camino del nuevo dueño. Atolondrado por el golpe, se había prendido con las uñas a la pierna de su agresor. Cuán confundido se halló por su propia reacción. Despedido por los aires de un manotazo no logró salvaguardar la caída de pie, tan presumible y meritoria, y por la humillación se obligó a saltar por atajos hasta pisar el techo salvador). A la intemperie, ya presto a explorar las azoteas y conocer el exterior, se encontró un mundo intangible en que lo recibieron otros como él. Saltaron sobre su cuerpo con fiereza y lo hicieron rodar. Cayó de un tejado a la aspereza del suelo. Uñas filosas que no distinguía para esquivarlas rasgaron su piel. Maúllos penetrantes lo hicieron huir. Corrió herido, maullando también en esa noche de horas enemigas.

Semanas después, tan flaco que su carne se adhería a los huesos, penetróen un territorio del que no sabía si era ajeno o libre para andar y trepar. Luego de explorar sobras pútridas en el fondo de un cilindro, miróen derredor desechos de legumbres descompuestas, trozos de kebab rancio revueltos entre papel seco y cartones mojados. Nada comestible. Aturdido a causa del hambre,  desconocedor aún de la carne de la cacería, caminópor una calle oscura hasta que el suelo bajo sus patas desapareció…

El arte de caer de pie como antaño en casa, al saltar de muebles confortables a pisos alfombrados, se le había esfumado y volvióa desplomarse patas arriba, apenas pudiendo incorporarse a causa del costillar dolorido. Desesperado se impulsópara eludir un mundo húmedo y maloliente, en el interior de algo indescifrable. Imposible ver el agua fétida que cubría sus patas. Nada distinguió, excepto el líquido frío que comenzóa surgir de algún sitio y lo arrojóal terror de ahogarse. Pataleó, saltóhasta que sus patas tocaron terreno seco y en apariencia salvador. De inmediato se sacudióel agua. Lamiósus heridas antes que una rendija de metal lanzase atisbos de resplandor para vislumbrar lo que le rodeaba. Haces de luna desvanecidos morían más allá, en túneles sin escape. La tubería se internaba hacia adelante y a los lados se dividía, ramificándose. En el laberinto subterráneo desbocaban aguas con heces, diminutos animales ahogados, vómito, cabellos, inmundicia de la que no lograba una idea precisa pero agredía el olfato con su picor penetrante.

De pronto, el encierro no parecía tan abrumador y quiso descifrar las leyes de ese sitio donde los ecos de sus propios maullidos chocaban en delimitaciones extrañas. Aquí había escalas de acero oxidado, en lo alto, más allá, nuevas rendijas que negaban la luz. En casa (la primera, la de la leche tibia y el pan) nunca hubo tanto que explorar. Quizá por eso se aburría y destrozaba el tapiz de algún sillón o en la cocina se daba festines con los jamones y los quesos hasta que sus amos se hartaron. Dentro del laberinto avanzó y saltó con dificultad a una elevación de concreto. Había más trayecto hacia arriba, siguió la senda confinada siempre a paredes cilíndricas, donde el agua mojó de nuevo sus patas. Continuó subiendo hasta llegar a otra de las rejas que impedían el paso al exterior de su prisión. Regresó, saltó hacia abajo, siguió desviándose hacia aberturas en las que el sendero bajaba. Presa de la curiosidad se aventuró a seguir descendiendo en su afán de exploración. Avanzó por un lugar más oscuro adentrándose a la profundidad del limbo. Los ojos no tardaban en acostumbrarse a la penumbra, eso bien que lo sabía, y con tranquilidad detuvo sus pasos otra vez para lamerse las heridas, más por la costumbre que por el dolor. Ahí estaba seco y se echó un instante, cansado de la travesía.

Volvió el hambre. También lo asaltó la incomodidad de hallarse sucio, sensación que no permitiría, por lo que comenzó a lavarse las patas delanteras, pasándolas por su cabeza y el resto del cuerpo, lento, concentrado en el ritual de los ancestros. Así hasta que su cola se contrajo tras una punzada, seguida de otra que asaltó su costado, tan fuerte que lo hizo chillar y volverse. Sólo notó un pequeño bulto informe. Una punzada más hizo palpitar su pata izquierda, crispar sus pelos, violentar su cuerpo con un salto ante la señal de advertencia. Algo andaba mal. ¿De qué eran esas mordidas? Lanzó las uñas hacia el frente y éstas rasgaron un trozo de piel. Se dejó escuchar un chillido espantoso seguido de la aparición de un cuerpo pequeño, agonizante, que se le abalanzaba encima lanzando mordiscos. Corrió lo más veloz que pudo y se dio contra las delimitaciones cilíndricas. Cuando al fin percibió algo, gracias al leve hilo de claridad que se colaba por los intersticios, tenía ante sí una legión. Multitud de ojos pequeños, en pares amenazantes, lo escrutaban. Cientos de hocicos masticaban sustancias de la inmundicia y sus bigotes relucieron a la luz. Sin duda esos seres lo habían observado en su trayecto sin que él sospechase de su existencia. Grises. De incisivos hirientes. Acercándose por detrás, dos de ellos adentellaron pequeños trozos de piel y pelaje. ¡Cuánto dolía! Tantos zarpazos aventuró sin atinar a hacer el daño que requería,  necesario para alejar las presencias, la mayoría invisibles en la penumbra que el hilo de luz, casi fantasmal, no lograba iluminar. Corrió a ciegas golpeándose contra las tuberías. Sus uñas dolientes lograron lesionar a escasas criaturas que caían revolcándose, con la vida rasgada para siempre. Solas eran frágiles. En conjunto constituían la muerte, tanta muerte que ni sus siete vidas habrían alcanzado para detenerla. Una estampida fue tras sus pasos emitiendo chillidos penetrantes. ¿Hambre como la suya? ¿Rabia? Recién había aprendido, y pretendía aprovecharlo ahora, que arriba, en algunas zonas de los túneles desfilaba una sucesión de rendijas, fuentes de luz que, aunque escasa, resultaría salvadora. Otro zarpazo. Algunos enemigos cayeron, otros más retrocedieron para luego arremeter. Saltó, entregado a la fuga. Tres figuras grises salieron a su paso y las evadió. Atravesó otra sección de los túneles con agua hasta la mitad, sorteó toda la que pudo con las punzadas ardiendo en el centro de su dermis. Apareció un bloque de cemento. Miauuuu, chilló. Nunca había saltado tan alto y lo intentó incalculables veces, tantas como cayó. Una mordida adicional le hizo lograr la hazaña. Salió al túnel lateral, casi seco, y de ahí a otra abertura mayor, luminosa. Más arriba encontró una altura fácilmente alcanzable saltando.

Emergió mojado de la alcantarilla después de evadir el inframundo. Se había transfigurado.

Alguien pateó a la distancia una botella de cristal mientras atravesaba la noche a traspiés, iba en busca del sitio donde se elimina la sed en el olvido. La figura dio varios pasos vacilantes y se perdió mientras él la siguió unos metros, esperando que la silueta se alejase de sus dominios. Ya no lo atemorizaban sus congéneres, ni las peleas en la época de celo de las hembras. Además, había cosas mucho más interesantes que beber leche dulce y tibia cuyo sabor había olvidado. Existían aventuras como escalar las azoteas del conocimiento nocturno bajo el sereno de los espacios siderales, como espiar y luego ir sin detenerse tras la presa, corriendo bajo la noche plateada. Saltó a la orilla de un sitio muy similar al que antaño se lo tragara. Espió. Al borde del círculo abierto en el asfalto, practicó el ritual de la espera. Le sobraba la paciencia de al menos una de sus vidas. Echado continuó acechando sobre la tapa de metal retirada hacía tiempo de la abertura. De ahí, con mucha frecuencia, alguno de los seres húmedos, grises y de bigotes temblorosos, habitante de los parajes de abajo, salía con timidez a explorar el misterio del exterior. Iba en busca de la merienda que su mundo le negaba, posiblemente de la libertad, ignorante de que nunca más regresaría con los suyos.

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Isaí MorenoIsaí Moreno (Ciudad de México, 1967). Se formó en matemáticas, física y literatura. Ha publicado las novelas Pisot(Premio Juan Rulfo a Primera Novela 1999) y Adicción (2004). El suicidio de una mariposa fue finalista del Premio Rejadorada de Novela Breve 2008 en Valladolid, España. Es profesor- investigador en la carrera de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y colabora con cuentos y crónicas en revistas literarias y suplementos culturales, entre ellos La Tempestad, Lado B, Letras Libres, Nexos, Tierra Adentro, etc.. Desde 2012 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su sitio de Twitter es: @isaimoreno.

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