UNA VINDICACIÓN DE JANE AUSTEN, 200 AÑOS DESPUÉS. Luis Benítez

Jane Austen es una de esas autoras que tornan algo difusa, crepuscular, la línea que separa el mainstream de la así llamada “alta literatura”. No exclusivamente por su vigencia entre los lectores, a dos siglos de su desaparición; no a causa de la enorme popularidad de sus obras, que han originado tantas versiones radiofónicas, televisivas, teatrales y cinematográficas tanto en el siglo pasado como en el presente; tampoco porque su trabajo haya sido el decimonónico origen de lo que posteriormente llamamos “teleteatro”, “culebrón” y demás, según dónde nos refiramos a ese desprendimiento. No en razón de que el revival actual de la novela romántica reconoce como alma mater indiscutible a la desdichada autora nacida en Steventon, al norte del condado de Hampshire, Reino Unido, el 16 de diciembre de 1775.

Ninguna de esas razones alcanza para convertir -al menos, según el dogma tradicional- a una autora que a primera vista parece perteneciente y figura bien destacada de la cultura de masas, en una representante afín de los mayores logros de la narrativa occidental.

Sin duda, el lector de criterios marcadamente académicos argüirá que no podemos poner a Austin en el mismo pedestal que ocupan Lev Nikoláievich Tolstói, James Augustine Aloysius Joyce, Franz Kafka o Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y hasta tendría entonces parcialmente razón, avistado desde la ortodoxia; mas cabría recordarle que esa tácita pasarela es alargada y posee varios niveles, ocupados algunos de ellos tanto por Adeline Virginia Stephen (más conocida como Virginia Woolf) y Aldous Leonard Huxley, como por Herbert George Wells o David Herbert Richards Lawrence, entre muchos otros y ello, solamente por citar a unos pocos compatriotas de nuestra “defendida” Austen.

Entonces, ¿por qué la frágil y delicada Jane pone un pie del otro lado de la raya? Pues porque la acabada perfección de su escritura, lo bien logrado de sus caracteres, la  impecable factura estructural de su narrativa -tanto la corta como la de largo aliento- se hallan al servicio de unos contenidos que exceden,  en mucho, los límites sí muy precisos que impone la corriente principal en cuanto al gusto y la preferencia de una sociedad y un período determinados. Esto es: si Jane Austen y sus obras perduran desde los comienzos del siglo XIX hasta este primer cuarto del XXI, cuando tantos cambios sociales, políticos, económicos, culturales y de otra índole se han producido y correspondientemente han modificado la sociedad período tras período, su vigencia en todas y cada una de esas etapas es debida a un factor diferente que su coincidencia con el mainstream que fue propio de cada fase. Es indiscutible la necesidad de admitir que los gustos propios de los masivos lectores de Jane Austen que vivían en la Inglaterra rural de mediados del siglo XIX no eran los mismos que los de tantos como leyeron sus obras traducidas en la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial, de igual manera que eran bien diferentes las preferencias generales y el modo de ver el mundo de los seguidores de Austen residentes en Nueva York o Miami bajo la presidencia de Dwight David “Ike” Eisenhower. También es distinto el maistream contemporáneo.

Esto es: la vigencia de Austen es un efecto, no la causa determinante. La causa determinante es la calidad de su obra, “excesiva” para las fronteras del gusto principal y mayoritariamente aceptado, razón que llevó a que generaciones tras generaciones de lectores buscaran sus libros y lo que es mucho mejor para un autor, que los abrieran en vez de colocarlos como trofeos en sus bibliotecas. Acaso, ¿no tendríamos que coincidir en cuanto a que esa es una de las características propias de un clásico de pura cepa, aunque definitivamente no sea la única? ¿Cuántos autores que fueron señaladamente populares, poco antes y mucho después de que Jane Austen dejara este mundo, hoy son una palabra prácticamente desconocida? ¿Cuántos sufrieron igual suerte, habiendo sido considerados en su tiempo como “autores serios”?

Por otro lado: ¿podría un autor tan lejano a nuestro tiempo, si no fuera su trabajo de marcada calidad, alcanzarnos y gozar de nuestra preferencia, si no mediara que aquello que dejó escrito roza o se interna más allá de la superficie de ese misterio que, a falta de una mejor definición, denominamos “el espíritu de lo humano”? Jane no escribió nada comparable al Ulises, Los Hermanos Karamázov, La Metamorfosis o La Guerra y la Paz, en eso estamos de acuerdo. Ni siquiera algo que se acerque a Retrato del Artista Adolescente, Ofendidos y Humillados, Preparativos de Boda en el Campo o a La Muerte de Iván Illich. Sin embargo, no podemos menos que reconocer que buena parte del rechazo a darle carta de ciudadanía a Austen en alguna de las gradas del parnaso occidental se debe a que se ocupó fundamentalmente del matiz más desprestigiado -para ciertos criterios y en buena medida, gracias a los abusos con el tema cometidos por la cultura de masas- del así llamado “espíritu de lo humano”. Si con igual talento como abordó el tópico del amor Jane Austen hubiese elegido como tema principal otro más “meritorio” y de “valor más perdurable”, su reconocimiento probablemente hubiese sido otro; se hubiese vuelto más potable y hubiera sigo adoptada por esa otra escala de valores, que sospechosamente parece ser otro maistream, en muchas ocasiones de miras tan estrechas y dotado de criterios tan conservadores como el originalmente definido por la bendita palabrita.

Aun hoy, dos centurias después de la breve vida y longeva obra de la autora de Steventon, sujetos que tal vez -y solo tal vez- se viesen inclinados a mover dubitativamente la cabeza acerca de en qué lado de la frontera ubicar a escritores como William Somerset Maugham o Henry Graham Greene, se negarían de plano a dudar en el caso de Jane Austen.

 

Obras de Jane Austen

Lady Susan (nouvelle, 1794, 1805)

Los Watson (nouvelle, 1804, incompleta)

Sentido y sensibilidad (novela, 1811)

Orgullo y prejuicio (novela, 1813)

Mansfield Park (novela, 1814)

Emma (novela, 1815)

Sanditon (nouvelle, 1817, incompleta)

La abadía de Northanger (novela, 1818, obra póstuma)

Persuasión (novela, 1818, obra póstuma)

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© All rights reserved Luis Benítez

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay

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