UN INSIGNIFICANTE COLAPSO. Carolina Estrada

A  las cuatro de la mañana Eugenio despertó. Se duchó con velocidad mecánica. Recorrió paso a paso la distancia para llegar al baño. Fielmente los mismos pasos. Salió del baño. Tomó el traje marrón planchado unas horas antes. Se vistió y calzó. Su ropa expelía el mismo olor a limpio de cada día. Se aseguró. Tomó la dosis necesaria de alimento. Salió. Las cartas ya lo esperaban en la puerta. Las tomó y las revisó. Las mismas direcciones desde que tenía conciencia. Tomó precauciones para asegurarse de que el día era normal. Realizó sus labores con prontitud. Regresó a casa a las seis de la tarde. Su relevo hizo lo propio. Replicó sus movimientos. Comenzó a visitar las mismas direcciones. 

Millones como él harían el trabajo de recorrer todas las zonas donde las cartas eran requeridas. Eugenio apenas recorría una milésima parte de aquel universo. Había ingresado a la fuerza de correos siendo apenas un jovencito novísimo. No recuerda exactamente cómo y cuándo había llegado ahí. El efecto circular de cada uno de sus días, replicados hasta el infinito, había provocado que perdiera la noción del tiempo que, curiosamente, era su más fiel punto de enfoque.

Se quitó los zapatos. ¡Algo colapsó! Un simple zapato desató todo. Quitó primero el izquierdo, olvidando por completo la postura para hacerlo. Algo en su interior colapsó cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Comenzó a experimentar una angustia desgarradora: ¡había roto el ciclo! No contaba con ningún tipo de entrenamiento para actuar en esos casos. Se llenó de dudas. No supo qué hacer, simplemente algo se salió de control dentro suyo, no pudo dormir, todo estaba de cabeza. Al día siguiente, nadie lo relevó, no había nadie más ahí para hacerlo y sus superiores no daban avisos de estar enterados de la situación. Desnudo, Eugenio comenzó a correr despavorido por la calle. Sus cartas se quedaron sin entregar. Él no se daba cuenta todavía, pero varios edificios de su zona comenzaban a apagar sus luces. Necesitaban la información contenida en esas cartas para poder dar continuidad a su trabajo. Nunca nadie le explicó a Eugenio la importancia de su tarea. Estaban en crisis, pero nadie podía entender qué pasaba exactamente. Un día comenzaron a llegar, sin orden, muchos como Eugenio, no tenían una morada ni instrucciones perfectamente definidas, como alguna vez las tuvo él. Al no tener un hogar definido, empezaron a acampar en las calles. De Eugenio, después de varios días, nada se sabía.

Los relevos que habían llegado provocaron un espantoso caos que poco a poco fue ganando más y más zonas. Las luces de varios edificios estaban apagadas. Los habitantes de aquel universo no estaban capacitados aún para responder al conflicto, no habían sido entrenados.

Cuando conocí a Alma quedé maravillada por su personalidad. Me pareció una mujer sin igual, no sé decir qué me gustó más, si el calor de sus palabras o el brillo de sus pensamientos. Exactamente cuándo comenzó este decaer suyo, tampoco lo sé. Sólo sé que de pronto, un día, dejó de leer y hasta olvidó fumar. Luego, poco a poco, día a día, comencé a ver cambios repentinos en ella. Un día olvidó de plano quién era yo, al siguiente ya no supo contestarme ni en qué día vivía. Los doctores dijeron que el Alzheimer es una enfermedad degenerativa, que no tiene cura y que avanza irremediablemente sin que se pueda hacer nada. Hoy Alma es como una niña frágil, un ser dulce que de pronto sólo recuerda lo mucho que le gustan los chocolates y que es capaz de comerse una caja entera.

Hay quien dice que los seres humanos podemos curarnos gracias a nuestra mente.

tubosCarolina Estrada es escritora y editora. Desde Atónita penumbra, un breviario de poesía editado por Ediciones El Caballito, no ha vuelto a publicar otra obra. Actualmente trabaja por su cuenta en la edición de contenidos escritos. Es mexicana de nacimiento y también de alma, tiene 28 años. Actualmente escribe en www.carolinaeg.com  y en Twitter pía como @carolinaeg

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