TREINTA AÑOS SIN BORGES. Luis Benítez (*)

…lo que se entendía aún por cultura cuando mi generación entró a la escuela o a la universidad y la abigarrada materia que la ha sustituido, una adulteración que parece haberse realizado con facilidad, en la aquiescencia general.”

(Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo)

Nacido el 24 de agosto de 1899, en Buenos Aires, el 14 de junio de 1986 -en Ginebra, Suiza- falleció a consecuencia de un cáncer hepático a los 86 años.

Entre ambas fechas se extendió la vida de uno de los mayores hombres de letras del siglo XX. Sectores de la academia, siempre propensos a las comparaciones, sea para exaltar o para disminuir –una acción suele acompañar a la otra- aventuran que en condición de “cuarto jinete” podría sumarse el nombre de Borges a la tradicional trilogía de las cumbres más altas de esa centuria: Franz Kafka, James Joyce y Marcel Proust. Los cartógrafos de las letras no se ponen de acuerdo con esta propuesta, en todo caso bastante inútil, y donde se juegan, como siempre, factores extraliterarios.

El hecho de que Borges sea latinoamericano arrastra inevitablemente tras de sí toda una red de reivindicaciones en este sentido, pese a que en muchas ocasiones el mismo autor haya tenido sus reservas en cuanto a la satisfacción que le provocaba su origen. En la edición del 12 de junio del corriente año, el diario Perfil, de Buenos Aires (ver: http://www.perfil.com/cultura/Me-hubiese-gustado-ser-suizo-20160612-0018.html), publicó una entrevista realizada a Borges por Jean-Paul Enthoven -el editor y periodista francés nacido en Argelia- nunca antes publicada en castellano, declara el medio,  y realizada pocos meses antes de la muerte del argentino, quien manifiesta literalmente en ella: “Me hubiese gustado ser suizo”.

Ningún escritor dice algo inocentemente, y Borges tampoco. Todo está cargado de intención en un discurso, inconsciente o conscientemente; en el caso de un autor –un experto en el uso de las palabras- el segundo adverbio exacerba su sentido convenientemente. Al respecto, consta gracias a mil ejemplos posibles de mencionar que Borges era un muy diestro conversador y lo que jurídicamente se llama “un hábil declarante”. Una declaración como la citada es un gran golpe de efecto, del mismo modo que lo fueron –y repetidamente- sus afirmaciones acerca de personajes como Augusto Pinochet, Juan Domingo Perón, Eva Duarte, Federico García Lorca o los miembros de la dictadura militar que ensombreció los 7 años de horrenda suerte a los que sobrevivió la Argentina. Amén de otro de sus tópicos favoritos, sus pullas acerca de por qué no recibió jamás el Premio Nobel (que tampoco le dieron a Kafka ni a Joyce ni a Proust). La pregunta sobre Borges y el Nobel era esperada, casi obligada, en cualquier entrevista que le hicieran.

Estos gestos/juegos de provocación, bien estudiados, los insertaba Borges en una construcción verbal plagada de citas, referencias, apelaciones a la iconografía literaria universal que con tanta destreza sabía manejar, para encarnar, ante sus interlocutores, una suerte de compendio cultural; era la voz de la cultura occidental la que figuradamente hablaba y él se asignaba implícitamente un papel de oráculo de esta, recalcando insistentemente su modestia, su condición de no digno de los elogios y consideraciones que se le hacían. Asimismo, con su elección de los temas y de las maneras convenientes de tratarlos, Borges nos estaba señalando cómo debíamos entenderlo a él y sus propias obras, desde qué perspectiva y no otra. El mejor publicista de sí mismo, como también lo fueron Oscar Wilde y el Dr. Samuel Johnson, por citar dos ejemplos apenas y de autores a los que Borges admiraba.

Esa condición de pertenecer a una cultura global, que se extiende allende las fronteras nacionales, ubica al autor en un sitial ambicionado por muchos; dejar de ser el “mejor de tierra adentro” para convertirse en “uno de los mejores, fronteras afuera”, en el caso de Borges y bastante tempranamente, contó con el aval imprescindible de los legitimadores correspondientes. Ya antes de que Borges recibiera en 1961 el consagratorio Prix International Formentor –compartido con Samuel Beckett, nada más ni nada menos- por su obra “Ficciones”, una figura del peso y de la talla de Roger Callois se lamentaba de que Borges hubiese nacido en Sudamérica, entendiéndolo como “un europeo en el exilio”. Y todo esto sucedía mucho antes de la tan celebrada “globalización”, mucho antes de ella.

Desde entonces las décadas pasaron, como es su inveterada costumbre, y con jugarretas o sin ellas, de todas formas Borges accedió a su “insólito destino latinoamericano”: ser una de las voces mayores, un clásico inimitable; todas las ponderaciones son posibles de manifestar y, en gran medida, justas.

El mundo donde él vivió y murió ha cambiado mucho. En casi nada se parece al suyo y, además, se ha incrementado un factor que ya estaba en desarrollo hacia el final de su vida: lo efímero de los reconocimientos, la breve actualidad de estos. En tiempos de Borges, todavía muchas de las famas duraban décadas y algunas, muy pocas, ya habían perdurado por siglos. Hoy, en el lábil hoy, se aceleró la conversión del presente en pasado y en la “civilización del espectáculo”, tan deplorada por Mario Vargas Llosa, eso equivale al olvido.

¿Cuánto sobrevivirá Borges al fenómeno? ¿Cuánto el mismo Vargas Llosa? La pregunta es inútil, porque ya ¿Borges? la contestó en un soneto del cual se cuestiona su autoría –un juego de mentiras y verdades que tendría que haberle gustado- y que elijo justamente por esa causa:

Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.

 

Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y el término. (…)

 

No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre.

Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.

(Aquí. Hoy, fragmento)

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(*) Autor del ensayo biográfico: “Borges, la tiniebla y la gloria” (Ediciones Lea, Buenos Aires, 2004).

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Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay

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