TORERA DE LAS AGUAS. Rubén Manuel Rivera Calderón

I

Mientras nuestras sombras

tejen y destejen un manto de complicadas caricias

nuestros cuerpos permanecen,

a la vista de todos,

sin tocarse.

 

II

Respirarte en mi mano,

tomar de tus cejas su calma

o montarme en ellas para jugar con sus crines blandas.

Dispararme este poema en la sien

y hacer de mi suicidio un crimen perfecto:

“Murió de poesía natural”.

Pero no sustituir con estas frases vacías

al momento en que abren tus piernas cerca de mi oído

para que escuche el romper de las olas.

 

III

Cuántas veces una respuesta sin preguntas,

un verbo en presente, triste, sin oídos.

Por eso aquella tarde venías lenta,

contando las mordidas de arena que la playa te daba;

por eso el desafío:

“A ver si puedes arar en mi piel

con tu yunta de sal”.

No, aquella tarde hasta el mar te quedó chico:

avergonzado se replegó en sus abismos esperando un descuido.

El descuido, torera de las aguas,

de que siempre te acentúas

en la penúltima ola.

 

IV

Pero yo camino para atrás, como los cangrejos.

Mi estupidez

azul, desparramada,

se disuelve con esa otra estupidez

más azul y desparramada del mar.

 

Voy caminando hacia atrás

y mi rostro,

el de la espalda,

me desdice, se deslinda del paisaje, es tierra triste;

mientras el otro

ve cómo el horizonte devora nubes,

y ríe, ríe, ¡ríe!;

hasta que pare labios

y llueve sangre

riendo, riendo más, hasta la muerte.

Soy el cangrejo

que fuera del agua

se come por dentro.

 

V

Abandoné mis manos a la suerte que les depara tu cuerpo:

el mar es un destino,

ocasionalmente un beso.

Con los ojos llenos de distancia,

como si no supieras construir castillos en la arena

o jugar con tu pelota de sol,

sacaste las palabras de lo hondo.

Y el sol, hecho trenza,

quebró con su grito tu cintura.

 

VI

No hubo despedida,

simplemente enmudecimos

para escuchar cómo se alejaban nuestros pasos;

con la esperanza de oírlos

al otro lado del mundo.

 

VII

Qué grande se ve el mar desde que te fuiste:

creció para adentro.

Como si fuera una piedra

me tomaste entre tus dedos,

pediste un deseo

y me lanzaste al mar.

Todavía lo recuerdo… ibas sobre las olas,

erguida,

con el pecho abierto.

Quise gritar: ¡Usa tu capote, torera de las aguas!;

pero me ahogué en mi propio horizonte indeciso.

Cuando vengo de nuevo

a la playa de tu adiós encharcado,

me pregunto ¿cuál fue tu deseo?

 

VIII

Desde este acantilado

las gaviotas parecen un cuerpo que se hunde entre las olas.

Y uno se va, se pierde, huye con la marea;

pero la marea sólo logra aprisionar entre sus manos

a un par de ojos inyectados de infinito.

 

IX

Por fin mi cuerpo, casi lago, casi espejo,

decidió romperse,

Antes de que me caiga encima la tristeza, como peste,

llévate contigo mis ojos

a donde no exista el llanto

que aquí la humedad

me va a pudrir el alma.

 

X

Los herederos de Adán no caímos del cielo,

el cielo se nos cayó encima.

Por eso cuando nos acercamos a un lago

para ver nuestro rostro reflejado en las aguas,

un mono se burla de nosotros,

al otro lado del espejo.

 

XI

Hay muchas maneras de caer,

pero la forma en que esta lluvia ha caído,

de una nube sin cielo,

de un cielo sin Dios,

de un Dios sin fieles,

me aniquila.

 

 

XII

El mar, a labio vivo, recorre mi memoria

y mis dientes dan con la insalvable distancia,

el límite de la carne,

el tú y el yo,

y la medida del agua y las ganas y la ventanilla del alma

se empaña,

impidiéndome ver el mar

que permanece aparte y se ríe,

como adolescente que ha perdido

una mano en sus bolsillos.

 

XIII

Vino a visitarme tu mano

y rompió la noche con una piedra.

Pequeñas sombras volaron en todas direcciones;

encontraron mi cuerpo.

No me importa que la lluvia negra casi lo haya deshecho.

Sólo dime qué hago yo

con una noche quebrada dentro.

 

XIV

Y con el día

que ahora camina por mi espalda, triste,

y como un gato se acurruca y duerme.

 

© All rights reserved Rubén Manuel Rivera Calderón

 

RUBÉN MANUEL RIVERA CALDERÓN copiaRubén Manuel Rivera Calderón. Lic. en Letras Hispánicas por la UAM-I y Medalla al Mérito Académico (1997). Obtuvo en tres ocasiones el Premio Peninsular de Poesía “José Alán Gorosave” (1988, 1997 y 1998); recibió el Premio Estatal de Poesía Joven “La Paz 1992”; ganó los Juegos Florales “Margarito Sández Villarino, San José, 2000”, y en mayo de 2004, el Premio Estatal de Poesía “Ciudad de La Paz”. Publicó Torera de las aguas (UABCS-SEP, 1996), Marina. Viaje por un cuerpo en ocho cantos (UABCS, Praxis y Cuarto Creciente, 2004), La Casa de Cortés (ISC, 2004), Poemas sueltos (El celta miserable, 2009) y Tal vez un Himno (ISC/CONACULTA, 2010). 

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