TIJERAS QUE NO Y OTROS POEMAS. María Ángeles Pérez López

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[Tijeras que no]

 

Tijeras que soñaron con ser llaves

acercan su metal hasta la llama

y lloran aleación incandescente,

el filo en que florecen las heridas

sobre el silbido agudo del acero.

En su silueta par, en su desdoble

de dedos que saltaron por el aro

como animales tristes y obedientes,

las tijeras se niegan al destino

de amputar la memoria de la lana

y el cordón que nos ata a los relámpagos.

 

Ellas cortaron días y raíces,

el estupor carnoso en las cerezas

con su gota de luz para encender

la boca de los pájaros, el hilo

que sostiene prendidas las palabras

dignidad, avellana, compañero

y el vientre del pescado en que se oxida

la llave de los vientos y el fulgor.

Tijeras que cortaron los mechones

de pelo de los niños en la inclusa

y el fino filamento del wolframio

que amparaba la noche de zozobra.

Tijeras que no quieren ser tijeras

y acercan hasta el fuego su pesar

para romperse ardiendo contra el yunque

y al disolver su nombre en los rescoldos,

abrir el corazón y sus ventanas.

 

(de Fiebre y compasión de los metales)

 

 

[Correas]

 

Correas que sujetan las palabras

a la rueda inflexible de la boca,

grilletes de decir y no decir.

 

El óxido violenta las encías,

las bóvedas oscuras de la sed.

En el temor se enferman las vocales.

Hay luz muy sucia en el mandil del tiempo,

moscas sobre los zocos de la ira,

grumos de desamparo en cada litro

de leche almacenada en los arcones

con que asciende el umbral de la pobreza.

 

Formas de expiación, desgarraduras,

ganchos de carnicero que desangran

pulmones sonrosados de animal

–uno es Oriente, el otro es Occidente–.

Cada animal conoce su dolor,

es inocente siempre en su dolor.

Y con su gota espesa y pegajosa

la tierra fertiliza los manzanos,

la fruta que también es inocente.

 

Sin embargo, al morder y al escribir

letras de aire en su cuerpo malherido,

la boca deja un rastro de semillas.

Omnívora y febril, también elige

pedirle compasión a los metales,

pedir a los grilletes que liberen

su presa con un tajo del puñal

que brilla como un sol inesperado.

Que las correas suelten las palabras.

Que sean compasivos los metales.

 

(de Fiebre y compasión de los metales)

 

[En el aire, la piedra]

 

En el aire, la piedra ya no duele.

Cuando rueda, recorre con violencia

la edad que se camina hasta ser bronce

y transforma en herida cada lasca.

 

Limadura, fracción con que el lenguaje

despedaza la piedra en sus dos sílabas

como vocablo hendido y estilete

que afila la humildad de la derrota

para ofrecer la dádiva del miedo,

la floración solar del sacrificio.

 

Piedra cuchillo, caracola de aire

que encierra los sonidos de la tribu

en el tambor solemne de la guerra,

en la angustia y pezuña de animal,

en la desesperada turbación

con la que Gaza sangra por sus cifras.

 

Sin embargo, la piedra se resiste.

No está dispuesta a ser domesticada.

Hay en su corazón un alto pájaro.

Hay en ella arrecifes, elefantes,

caminos y escaleras, soliloquios,

las circunvoluciones, el destino,

el álgebra, la luz de las estrellas,

el abrazo de Abel y de Caín.

 

Hay en su corazón un alto pájaro.

Cuando vuela en el aire, ya no duele.

 

(de Fiebre y compasión de los metales)

© All rights reserved María Ángeles Pérez López

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. Valladolid, 1967. Poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografía del desastre (1997), La sola materia (Premio Tardor, 1998), Carnalidad del frío (Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, 2000), La ausente (2004), Atavío y puñal (2012) y Fiebre y compasión de los metales (2016). También ha publicado las plaquettes El ángel de la ira (1999) y Pasión vertical (2007).

Diversas antologías suyas han sido editadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Están en prensa una antología de su obra en Cuba y otra en Italia.

Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, hija adoptiva de Fontiveros y miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros, el pueblo natal de San Juan de la Cruz.

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