SOBRE RÍOS DE CENIZA DE FÉLIX TERRONES. Sophie Canal

No hablaré del libro de Félix buscando objetividad. Es que tengo con Félix  y su libro, una muy curiosa relación. Ese tipo de relación que hace de la lectura un viaje personal dentro del viaje literario. Tiene que ver con mirarse al espejo. Es que Félix es mi reflejo del otro lado. Peruano en Francia, versus francesa en Perú. Aprendiz sentimental, profesor escritor en la universidad de Tours, ciudad donde yo estudié y que nadie conoce. Y yo hice exactamente lo mismo en Lima, ciudad  improbable que lo vio nacer y adolecer.

Hace poco, Félix casi me obligó a presentar su última novela Ríos de ceniza en la FIL de Lima, cuando yo justo alistaba maletas para irme a Francia. Acepté postergar el evento y aproveché un Vannes-Paris  en tren rápido para hundirme en sus ríos. Justo cuando estaba en el capítulo que habla sobre la cultura de huelgas que nosotros los franceses tenemos, huelgas que paralizaron el año universitario del narrador como lector de español, para el TGV en la estación de Rennes por las protestas de agricultores bretones. Están quemando verduras y otras coliflores en los rieles y no se viajará hasta que se den nuevas órdenes. Cierro la tapa de mi computadora para bajarme y participar en la indignación general de los veraneantes, cuando al subir y volver a mi lectura, la computadora también deja de obedecer. Muere mi disco duro sin recuperación posible de datos en ese mismo instante y con él toda esperanza de avanzar en los Ríos de ceniza. Muerte sin remedio. Por lo menos es el diagnóstico que me da el técnico de computadoras francés, en 15 minutos y a cambio de 25 euros. Entonces, esperaré que hagan milagros de resucitación en Lima por 100 soles. Pero aun así no puedo entrar en Ríos de cenizas. Una mano invisible parece impedirme el hundimiento anhelado. Hay que corregir 60 exámenes, cuidar a un hijo, cocinar, enseñar, etc. Sin hablar de los obstáculos tentaculares interiores: no sé por qué me inmerjo con tanta resistencia en esas casi 300 páginas, ¿será que actúan en mí como las aguas turbias del rio Loire que pasa por la ciudad de Tours, río conocido como el más peligroso de Francia tanto por la velocidad de sus corrientes como por sus arenas movedizas?  ¿Al igual que el narrador he dejado tantas horas y lágrimas en esas aguas, que ahora me costará refugiarme junto a él “en ese último reducto posible, el de la memoria, el insomne rio de cenizas”? Es que toda confrontación con el espejo pide coraje. Uno se encuentra más feo, y estúpido bajo ciertas luces y ángulos. El espejo de la memoria tiene su mirada propia.

Entonces de puntillas entraré. El rio Loire está helado. Y creo que -¿lo habrá hecho a propósito Félix?- los movimientos que actúan en su novela imitan los remolinos imprescindibles del rio, abarcando cualquier parte de la historia como una roca, un pedazo de tierra, una rama, un árbol, hasta un perro caído luchando contra la corriente para regresar a tierra firme. Pero lo único que no se puede hacer en el Loire, es ir a contra corriente. A medida de que uno lucha, se hunde más. Entonces hay que dejarse llevar por el río que se lleva todo: para empezar  las relaciones amorosas que van quebrándose antes de realmente haber empezado. A Sophie, la estudiante alegre, la francesita luz, con quien se hubiera podido desarrollar algo parecido a la integración feliz, pero que termina aniquilada por la constante comparación con Cécile, la chica sombra, la “pie negra”, la infelizmente casada, la madre atormentada. La figura obsesiva de Cécile actúa como las arenas movedizas del Loire, comiéndose lentamente al narrador a medida que se agita para poseerla. Remite a los amores de Horacio y la Maga en Rayuela, todo terminando en una historia a lo Rocamadour, cuando un niño tiene que ser sacrificado para que muera la falsa ilusión del amor.

Las aguas turbias del río también terminan comiéndose las ilusiones del escritor naciente. Se comen al estudiante petulante de La Católica que se despedía con desprecio y vanidad del  improbable escritor cajamarquino Paulo Santa Apolonia Puga que nunca salió de su ciudad natal para hacer literatura cosmopolita; se comen al aspirante escritor que mataba el tiempo cazando francesitas alrededor de la Place Plumereau (plaza estudiantil emblemática de la cuidad de Tours) y que solo atraía a africanos y latino americanos más o menos avanzados en su proceso de aculturación; el río sigue también comiéndose la novela que se escribió, el manuscrito que se mandó pero que los editores tardan en aceptar, que banalizan con cartas impersonales y estilo formal, que humillan el talento literario, que hasta proponen editar a cuenta de autor, peor premio de consuelo para él que aún cree en el mito que “para ser escritor hay que salir del país”, cruzar el charco, es más, vivir en Francia, reino de la literatura.

Cuando el manuscrito inútil se convierte en cenizas y la novela las diluye en sus remolinos, se termina de morir el sentimiento de identidad nacional: el exiliado se vuelve apátrida. Se siente como el viajero que ha perdido su pasaporte en el extranjero, ya no tiene con qué justificarse, no solo en este país o en cualquier otro sino en la vida misma. “El exiliado tiene una relación, en particular con su lugar de origen y lo interpela y evoca, pero sobre todo lo reinventa con sus palabras, la imaginación y el recuerdo, que acortan las distancias y le permiten sentirse cerca; el apátrida, en cambio, no pertenece a ningún país, pues en ningún sitio lo esperan ni reconocen, ninguna tierra lo reclama; al contrario, esa tierra a la que creía pertenecer le cerró sus fronteras para siempre, sin más posibilidades que un regreso, pero no como quien se fue, sino como un individuo nuevo y diferente. Ya que mi ingreso al único país que me interesaba -el de la literatura- había sido negado por las aduanas editoriales lo único que me quedaba era errar sin destino ni memoria”. Y de apátrida a paria, la distancia es corta, “encerrado en la libertad de no ser nadie ni de haber elegido ser algo, en un país, un idioma y una historia que no eran los suyos, no le reconocían ni él reconocía”. Yacemos ya en lo más profundo del Rio.

Pero al tocar fondo, las ilusiones toman otro rumbo que en la novela de Balzac. En este último caso, las ilusiones del protagonista Lucien de Rubempré chocan contra la figura del diablo, el misterioso cura español de nombre Carlos Herrera que le propone una vida de lujo a contra de su libertad. En el caso de Ríos de ceniza las ilusiones chocan contra la figura paterna salvadora, la luz debajo de las aguas suicidas, la del escritor Paul Celan. “¿Existía un artista que hubiese declinado con más constancia y ferocidad todas las posibilidades que le entregaba ese errar sin rumbo hasta la literatura?”. Figura emblemática del exilio en todas sus facetas (hasta de su propio nombre e idioma), Celan es la figura luminosa, redentora, ¿crística?, que actúa sobre el narrador y a su vez sobre el lector, al igual que la lámpara de nombre Ingleborg Bachmann que había  guiado al escritor rumano hasta su muerte. La literatura salva.

Si bien la novela cuenta la historia de un fracaso a la manera de Balzac en Las ilusiones perdidas, es mediante su forma que Rios de ceniza narra la historia de un éxito. La estructura tripartida (3 partes para cada uno de los 3 capítulos) funciona en apariencia como una dialéctica griega que intenta ordenar el caos del naufragio fluvial. Y es allí donde el autor logra mejor la fusión europea latinoamericana en una suerte de reinterpretación de la estructura de Rayuela de Cortázar. En Rayuela como en Rios de ceniza, cada una de las 3 partes describe una porción de la vida del personaje principal. “Del lado de allá” describe la vida en Paris del exiliado Oliveira y su relación con la Maga; “Del lado de acá” habla sobre su vida en Argentina, versus Perú. Talita-Sophie, le recuerda constantemente a la Maga-Cécile: es su reflejo. El lector aprende que la búsqueda de Horacio es interminable, como la del narrador de Ríos de cenizas. Y “de otros lados” son capítulos prescindibles, escritos de otros autores y de Morelli. Ponen al descubierto la parte más lúdica y experimental de Cortázar, como se pueden hallar dentro de Rios de ceniza, pequeñas perlas escondidas que son reflexiones del narrador sobre temas como Paul Celan, la identidad, la expatriación, los espacios, la sociedad francesa, hasta los diccionarios, que matizan de europeas las energías salvajes latinoamericanas que recorren la historia.

La epifanía, entonces llega una vez más de y por la literatura. No es porque le dan el trabajo soñado en la universidad de Lyon que se salva el narrador; tampoco porque se muda a otra ciudad francesa más grande y acercándose al Paris idealizado; tampoco porque se libera de relaciones amorosas dañinas, es porque escribirá una novela en la que todos sus personajes serán exiliados. Lo cual no quiere decir en un nuevo lugar, sino exiliados de la vida, la única forma de ser exiliado”. Y esta novela, la tenemos entre manos.

© All rights reserved Sophie Canal

FOTO  SOPHIE CANALSophie Canal Nació en Francia en 1967 pero radica en el Perú desde hace diecisiete años enseñando filosofía en el Colegio Franco-Peruano. Ha escrito tres novelas, una obra de teatro, cuentos y reseñas. En el 2005, crea junto a tres amigos peruanos el sello editorial Matalamanga. Ha publicado críticas sobre literatura, filosofía y poesía en revistas como Resonancias, Letralia y el Buen Salvaje. Cuentos suyos aparecen en antologías de Altazor.

Publicó su primer trabajo literario en español titulado “Geometría del Deseo” (Borrador Editores, 2012) compuesto de catorce capítulos independientes en género pero que forman un todo con un factor común: el deseo.  Una nueva edición de este libro acaba de salir en México con el sello Cuadrivio y se puede encontrar en ebook (cuadrivio.com).

Leave a Reply