SOBRE LOS DÍAS ANIMALES DE KEILA VALL DE LA VILLE. Violeta Rojo

Publicado el

portada-los-dias-animalesSubir un pie, empujarse sobre la roca, sostenerse, usar las manos para agarrar impulso, subir el otro pie. Hay piedras filosas, cristalitos que rompen la piel, hay que usar lo que sea para aguantarse: grietas, fisuras, repisas. Quien se cae quizás no lo cuente.

Así de difíciles y arriesgados son los días animales de Julia, alias Pájaro, alias Princesa. No es fácil vivirlos. Y es que escalar pudiera parecernos un ejercicio, aunque para Pájaro es fuga, viaje, aprendizaje, “Yo no sé que es, pero no es un deporte. Un viaje para hacer hasta donde se aguanta. Cada quien aprende como puede”.

Quizás Princesa escala porque en realidad lo que quiere es no estar aquí. Lo que quiere es irse de aquí sin irse. O quizás irse de aquí yéndose. No puede estar nunca quieta, tiene que moverse todo el tiempo, exigiéndose cada vez más. En la escalada se sufre: “La ley es simple: tienes que sentir algo. Si no, estás malgastando el tiempo”. Está el miedo al traspié, al mal fario, la sombra de la mala hora, porque “basta que pierdas el pulso para que se termine el viaje: ligamento (…) roto, tendinitis…, córneas carbonizadas. Dedos congelados. Explosión contra el planeta”. Escalar montañas es una forma de lograrlo. Para vivir así hay que fajarse: no comer, no menstruar, no pesar, cuerdas que aprietan, manos que se rompen, uñas que se astillan.  Julia tiene que dejar de ser lo que es y esforzarse más. El premio es subir, llegar arriba, coronar. Seguro que no parece mucho, pero hay algo absurdo en toda subida.  En realidad, quizás siempre es absurdo intentar lo que no todos pueden hacer.

Para Julia escalar montañas es también olvidar. ¿Quién puede pensar mientras sube, mientras se rasga las manos, mientras respira para no perder el resuello? Es mejor no reflexionar mucho, porque si lo haces quizás lo que te pase por la cabeza es que puedes caer. Y caer puede significar un hueso roto, un pie doblado, una cabeza reventada. Puede implicar que lo que quede de tú sea un despojo hecho polvo. Pensar también es recordar que hay cáncer, que la gente no está sino a ratos, en qué va pasar después.  Y  Pájaro está tan clara en que no quiere pensar que durante la subida solo respira y ni siquiera mira el paisaje, eso lo hace solo al coronar.

Como todo, el asunto puede ser visto desde una óptica espiritual: el camino es duro, el aprendizaje es complicado, pero tiene sus satisfacciones y mientras más fuerte es el asunto, más aprendes. Las manos de Pájaro primero se inflaman, se llenan de llagas, de ampollas que se romperán. Y eso es necesario para que se forme un callo. Ella necesita las cicatrices y los callos que enseña como trofeos porque demuestran su trabajo en la pared. El asunto es que mientras tenga más costurones y durezas podrá agarrarse mejor.

Y mientras más cicatrices tenga es más fácil que sobreviva. Eso quiere decir que el corazón también tiene que cicatrizar. Heridita a heridita se va haciendo un callo en el corazón ¿verdad? No, mentira, el corazón no se endurece, quizás solo se asusta. Y es que esta no es una historia de subir montañas, sino una historia de amor, o unas historias de amores, porque son muchos. No es solo el amor a Rafael, ese violento disparate infantil que nunca servirá para nada. Ella nunca asume el asunto como amor, lo suyo no son las abstracciones. Ella habla solo sobre lo concreto, lo específico, habla de las cuerdas, por ejemplo: “Si aprietas con mucha fuerza hacia la cuerda te caes. Si no presionas lo suficiente, si no le pones peso e intención, también. (…) Si te esfuerzas demasiado pierdes; si te aferras te caes”

Uno no sabe si Pájaro está hablando de la cuerda o de las relaciones. Y por eso dice que no se esfuerza, aunque sí lo hace, porque llega al fin del mundo buscando a Rafael; y quizás el escaparse sirve para no aferrarse a un bribón perdulario, porque esa sí es una caída.

También hay otro amor fortísimo, el amor a esa mamá fuerte y dulce, dura y leal, siempre criticando y mandando, que guardaba todo lo de su niña querida. Con ella tiene Princesa un lazo tan fuerte que debe fugarse por miedo a que le falte. Hay incluso amor a Carlos, a quien nunca llama padre, amor que se disfraza de indiferencia, de no contestar el correo aunque esté en el fin del mundo. Julia, alias Pájaro, alias Princesa, insiste que ama también la montaña, la escalada, el cambio, al otro ser que es cuando escala, pero en realidad la escalada es excusa para no vivir abajo como la gente normal. La montaña es refugio para no pensar en la vida corriente. Excusa y refugio no es amor, es evasión. Aunque quizás evasión es otro nombre para el amor.

Y arriba lo qué hace, dice,  es  “abrir bien los ojos y escuchar la paz”. La paz que Pájaro no encuentra nunca, por eso debe subir y destrozarse las manos, exigirle a los músculos. Por eso hay que pirarse siempre para “Recargar, limpiar la mirada”. Permanecer no le da paz, la paz es artificio que se disfraza moviéndose, yéndose a otro lado, a otra altura, a otro país, a otro continente.

Ella también tiene gente que la rodea, aunque “solo hay personajes secundarios en esta historia”. Pero es que Pájaro piensa que “Las personas comprimen. Obligan. Restringen.” Y en su historia hay amigos, hay conocidos, hay gente que se encuentra, hay amantes eventuales y constantes, hay familia real y de escalada. Pero en el grupito que remonta no hay compasión, si alguien se queda en el camino, se queda. El que puede subir sube y el quedado espera solito, con la pierna rota y sin ayuda. A la vuelta se le auxilia y acompaña, pero no puede impedir el ascenso. La gente está y no está. Juntos juntos, o juntos separados. A veces se pierden, se caen, se mueren, estallan en la caída como una patilla.  Y es que nada es estable, ni la gente, ni las relaciones, ni los amores, ni los amantes, ni la ropa, ni el equipo. En los viajes se sabe con qué se sale y no qué se traerá de vuelta. El equipaje se va quedando, el equipo se va perdiendo, o se regala a quien lo necesita, o se deja porque pesa, o alguien lo roba. Y los amantes, los amores y los amigos también se pierden y se intercambian. A la vuelta no se sabe si la gente va a volver o se perderá en una grieta de la cumbre.

Pero aunque la montaña y la escalada son una constante, y parecen solidez y fortaleza, en realidad no son raigambre. Las montañas siempre están y estarán allí, pero no son consistencia. Quizás nada permanece, con la excepción de la casa de su mamá, tan  duradera y permanente que meses después de su muerte sigue sin tocarla porque en cada rincón encontrará vestigios de lo fue, lo que debió ser, de lo que nunca será o lo que podría haber sido sin tanta escabullida. Julia piensa que debe ocuparse de esa casa, que lo hará, que seguro que tomará decisiones. Pero lo que hace es escalar otra montaña más alta que la anterior. Porque mientras más suba, más olvidará que hay muerte, que hay cáncer, que hay abandono, que hay desamor, que hay que volver.

Y estas subidas, estas huidas, solo se pueden contar con elipsis. Esta historia se cuenta de elipsis en elipsis. Yendo de una cumbre a otra, sin continuidad aparente, porque la única es ella escalando montañas y huyendo. El resto va desapareciendo porque caen pedazos de roca, la gente se muere, pierde la memoria, no se ven nunca más.

Y pasan cosas terribles: hay mujeres golpeadas por celos, hay mujeres violadas por sinvergüenzas y hay mujeres asesinadas yendo de viaje espiritual. La vida no es fácil. Da miedo.  Quizás es por eso que Julia sube montañas.

Y así Julia, alias Pájaro, alias Princesa va de Caracas a Sacramento a Berkeley a Mérida a la Gran Sabana a Dehli a Katmandú a Lima. De Choroní a Palolem. Va de Indian Rocks al Capitán a la Guairita a Yosemite a la Sierra Nevada a Red Rocks al Everest.  Y siempre hay magnesio, siempre hay un porro, siempre se come mal, siempre se vomita, siempre hay alguien nuevo y se busca a alguien viejo. Siempre hay alguien en Caracas preguntando donde estás.

Ella no piensa mucho en la sociedad, la política, los conflictos. Venezuela es una referencia general pero demoledora: “en mi país las cosas se desmoronan sin dolientes”. Y Caracas es un susto “Si las cosas son de quien las usa (…) ahora Caracas es de los delincuentes. Los caraqueños no la usan sino para lo mínimo: para la supervivencia. Para ganarse el pan, los reales del día a día. De noche se quedan guardados, no vaya a ser que el pan que se ganan se quede tieso, sin nadie que se lo coma. Viven en el terror.”

Pero eso es todo lo que se observa del rededor. Porque mirar con más atención duele, asusta. Es mejor dedicarse solo a escalar, ese ejercicio en que “cada pisada es pasado” y en la subida se llega a otro lado y allí no se puede mirar para atrás. El atrás, el pasado, el presente son desasosiego, es mejor huir hacia adelante.

Hasta que la travesía termina, lo que había que aprender se aprende, y ya Julia, alias Pájaro, alias Princesa tiene que volver. Pero vuelve siendo otra, como suele suceder en los viajes.  “Volver intacta es como no haber ido a ninguna parte”.

Por eso se terminan los días animales, porque ya la quebraron o se quebró, o se perdió o se encontró. Ahora ya no hace falta salir ni apartarse más. Llega el tiempo de quedarse. Llega la circunstancia de escribir lo que será una magnífica novela llamada Los días animales.

© All rights reserved Violeta Rojo

Violeta Rojo  (Caracas, Venezuela) Profesora titular en la Universidad Simón Bolívar, Caracas. Profesora invitada en la Universidad del Comahue (Argentina), Universidad de los Andes (Mérida) y Universidad Central de Venezuela.

Doctora en Letras y Magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar); Licenciada en Letras (Universidad Central de Venezuela). Research Fellow Kingston University (Reino Unido) 2000-2001. Individuo correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ha publicado: La lectura de minificción (Santiago de Chile: Ediciones Sherezade, 2016); Liberándose de la tiranía de los géneros y otros ensayos sobre minificción (Lima, Micrópolis, 2015); (con Kira Kariakin y Virginia Riquelme) Cien mujeres contra la violencia de género (Caracas, Fundavag, 2015); Mínima Expresión. Una muestra de la minificción venezolana (Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, 2009); Breve manual (ampliado) para reconocer minicuentos (Caracas, Equinoccio, 2009); (con Héctor Abad Faciolince y Carlos Leáñez Aristumuño) Antología de la novísima narrativa breve hispanoamericana (Caracas: Grijalbo/Unión Latina, 2008); Teresa Carreño (Caracas, Biblioteca Biográfica Venezolana, 2005);  El minicuento en Venezuela (Bogotá. Universidad Pedagógica Nacional, 2004 y 2007); Breve manual para reconocer minicuentos (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 1997 y Caracas: Fundarte/Equinoccio, 1996).

Contacto: vrojo@usb.ve

Comments

SOBRE LOS DÍAS ANIMALES DE KEILA VALL DE LA VILLE. Violeta Rojo

Leave a Reply

Translate »