SOBRE “LA SALVAJE INOCENCIA DE ZOÉ VALDÉS”. José Abreu Felippe

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No creo que se haya tratado en la literatura cubana el mundo de la adolescencia con la frescura, la naturalidad y la fuerza con que lo hace Zoé Valdés (La Habana, 1959) en La salvaje inocencia (Verbum, 2018). No me viene a la mente ningún título que se le pueda aproximar ni de lejos. Tal vez, a primera vista, la clave esté en que la exitosa autora de La nada cotidiana escribe con libertad desde la libertad.

Esta novela nos narra parte de la vida de Disirée Fe, entre 1978 y 1980, en primera persona. Es una muchacha de 16 años quien nos la cuenta, empezando por un recuerdo prenatal, cuando “llevaba ya alrededor de unos ochos meses en el vientre materno”. Y lo que recuerda es nada más y nada menos que un encuentro sexual, a lo salvaje, entre sus padres.

Estructurada como una pieza musical, el ritmo se mueve en varios registros que van de la ligereza de una bagatela, pasando por el arrebato, la libertad creadora de un impromptu, para seguir con un estudio o un nocturno que evoca la placidez de la noche en una cabaña cerca del mar, el romper de las olas, el romanticismo de un lied, hasta el estruendo sudoroso de un concierto de rock prohibido o un poema sinfónico, siempre todo mecido por el mar porque el mar es indisoluble, no se puede separar de los ojos de esta muchacha de andar y pensar inquieto.

Ella se pasea por una ciudad que conoce muy bien, nombra sus calles caminadas con desesperación, siempre en busca de algo, de saciar algo, el hambre, la sed o el deseo. Una ciudad donde encuentra, aquí o allá, todavía rescoldos de una antigua majestuosidad, definitivamente a bolina. Va a la escuela donde debe practicar para sobrevivir, aunque sea un poco, al igual que la mayoría de sus amigos y amigas, la doble moral, la máscara, porque sabe que, como escribió el poeta: “si no te ocupas de política, la política se ocupará de ti”. Ella vive con su madre, más adelante nos enteramos de lo que pasó con el padre, y de las razones que la mueven a actuar de la manera que lo hace. Tiene un novio y trata de pasarla bien en medio del hambre, de añorar la llegada de la pipa para cargar el agua, del bañarse con el cubo y el jarrito, de acicalarse con el mismo perfume que todas usan, y de vez en cuando disfrutar con la música y la oscuridad de uno de los pocos clubes nocturnos que aún recuerdan La Habana de antes de 1968, el año de la Ofensiva de Revolucionaria, donde clausuraron hasta los puestos de fritas e intervinieron los escasos negocios que aún quedaban. Cuando la vida pasó de gris a oscuro total.

Entonces el novio la deja, lo que resultó una bendición porque en medio del dolor y la desesperación, conoce a Otto, que cambiaría su vida. Un muchacho algo mayor que ella que también vivía solo con la madre, cerca del mar. Su padre llevaba unos años exiliado en los Estados Unidos, pero en una cabañita, en el patio de su casa, le había dejado lo que vendría a ser un puente hacia el conocimiento de un mundo, desconocido para Desirée. Allí estaban, en su colección de discos, las voces de cantantes que ella jamás había escuchado, artistas que habían sido borrados de la memoria nacional, como Olga Guillot, sencillamente porque habían elegido vivir libres en cualquier otro sitio.

Otto le descubre un mundo nuevo, la hace partícipe y ella se siente en las nubes. Porque, como si fuera poco, Otto en un joven atractivo y lentamente se enamora de él. Y hacen el amor y ven –descubren, comprueban–, que era bueno. Las descripciones de los encuentros sexuales están narradas con una naturalidad tal, que las palabras acuden y se colocan en su justa posición sin asperezas. La fogosidad de los cuerpos es exaltada con el ímpetu de la juventud. Salvaje e inocente a la vez. Bestial y divina. Esta novela, una de las mejores que he leído de Zoé Valdés, rezuma algo que es muy difícil de alcanzar, una espléndida –y también furiosa–, autenticidad.

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