REINTEGRARSE A LA EXISTENCIA. Isaí Moreno

El vals de los Monstruos. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018, 92 pp.

 

Lola Ancira es una narradora peculiar cuyo derrotero, por elección propia, la ha hecho recorrer los fascinantes derroteros del cuento, al que indistintamente me referiré aquí también como relato.

 

Es llamativa su pertenencia a un par de antípodas escriturales: en primer lugar su creación anterior,  Tusitala de óbitos, de corte ominoso y a veces numinoso en cuyas páginas homenajeaba a sus maestros literarios, y ahora esta obra de un realismo duro, deseosa de sepultar tres metros bajo tierra el libro anterior. El vals de los monstruos es una reunión de once cuentos malvados, donde los personajes se permiten la ejecución de actos que un purista de la conducta llamaría de mala fe, pero son, en realidad, mecanismos narrativos para llenar vacíos.

 

La monstruosidad, y léase aquí monstruo como algo digno de mostrarse, o que se nos muestra por invasión, es un mero pretexto para la escritura del vals que tenemos en las manos: la pretensión de este libro es la de suplantar todos los tratados de psicología teórica o experimental, psicoanálisis de tendencia freudiana o lacananiana, y, por qué no, de psiquiatría clínica. Atisbar en nuestras motivaciones más profundas orilla a quien narra a cruzar lindes peligrosos donde el lenguaje se ve obligado a pulsar a frecuencias que, sin destreza, acabarían en el desastre, aun cuando las narraciones de Lola Ancira sean de extensión moderada o breve, y mucho más porque ella pretende, hasta donde sus propios experimentos lo determinan, ceñirse a las normativas de un buen relato: 1. En todo relato, hay un personaje y una situación dramática. 2. En todo relato, hay un punto de no retorno. 3. En todo relato, hay desorden (esto, porque es el desorden el que detona el relato).

 

Un cuento es una alteración en el espacio-tiempo donde la introducción del desorden genera en el lector la interrogante obligada ¿ahora qué ocurrirá? En general, el cuento clásico, lo que quiera que signifique esa combinación de palabras, apunta a un objetivo fijo. En los cuentos de Ancira, el objetivo/meta no es algo definido en un punto del espacio-tiempo, antes bien resulta escurridizo y eso les hace merecedores del mote de contemporáneos: los blancos de El vals de los monstruos son siempre escurridizos. Uno desearía por comodidad acudir a los maestros, a Flannery o’Connor, a Truman Capote o a Ricardo Piglia para hablar del cuento en su generalidad, y dar un atisbo al florilegio personal de Lola Ancira, quien ha puesto en pause la factura de historias en escenarios de lo fantástico y cede a una obsesión por la belleza plástica de la crueldad, real o hiperreal o borrosa, pues es inevitable que en sus relatos nos parezca vernos a nosotros mismos distorsionados (vaya desilusión cuando comprobamos que más que una lente curvada, en este libro hay un espejo límpido al final de cada relato).

 

Los monstruos somos nosotros mismos. Pero, cuidado, no hay un carácter moralizante en este libro, de nuevo porque mostruo aquí no es un adjetivo calificativo sino el sujeto para un demostrativo, y, sí, hay también un asomo al goce de transgredir, al placer de cometer un ilícito en la página en blanco: el único permitido (hasta ahora) por las leyes de los hombres. De estos relatos, llama poderosamente mi atención que en cada uno la autora no escatima en generar los puntos de no retorno antes citados para sus personajes, por ejemplo en Vindicta o Satélites. Más aún, Lola Ancira parece tener la convicción de lanzarse a un abismo, sabedora de que en el trayecto gravitacional convertirá la caída en descenso elegante. Puedo apostar a que ella no dispara flechas hacia su blanco, antes bien lo vuelve adrede un móvil impredecible, lo que da necesariamente a sus cuentos el cometido de volverse proyectiles inteligentes.

 

El vals de los monstruos, es sin exagerar un libro necesario en este siglo de nuevas inquisiciones, donde nos ronda en círculos la dictadura de lo políticamente correcto. El mal que llevamos en nosotros mismos, la pulsión que tiene tan sólo la página en blanco como único lugar para concretarse, remite a esas palabras de George Bataille en su época freudiana:

 

[…] todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y desde allí puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia.

 

Ancira sabe que emprender la tarea de una narrativa donde los instintos se vuelven el espacio requiere de sutileza antes que de tremendismo, y del hallazgo del lenguaje propicio y propiciador de la libertad para el mal. Insisto, la libertad para el mal, ejercida por los monstruos que somos, es posible en el mundo y es posible en el arte: en el arte puede concretarse en una de sus facetas llamada Literatura: en el mundo, sería un quebrantamiento digno de la prisión.

 

Leer este libro me hizo volver a la lectura de Tusitala de óbitos en busca de pistas guía hacia el andamiaje narrativo de Ancira. El relato Cosmogonía de parafilias de su primer cuentario preconiza el mundo y la temática de El vals de los monstruos, señala, a mi juicio, los vectores narrativos de esta artista, que se lanza a esa exploración del precipicio en nuestras entrañas. Un riesgo de narrar abismos, o espacios límbicos, es la pérdida del control. Sin embargo, la virtud de Lola Ancira es que, tomándose mayores libertades al trazar la estructura de su segundo libro de relatos, consigue historias que transcurren como si se contasen ellas mismas (a favor de su autora, para liberarla de todo posible cargo), tal como ocurre con En el oriente se encendió esta guerra, una historia de falsos autómatas y gemelos y trampas y traición.

 

Ya que un libro de relatos permite la libertad de postular nuestros favoritos, citaré el ya mencionado En el oriente se encendió esta guerra, además del par contiguo Tres lunares y Mónos como magníficas piezas donde la autora tomó su teclado, o quizá su bolígrafo, y con gran paciencia se encargó de ir perpetrando el ilícito de la escritura, pero también el hallazgo de la belleza al lado de sus criaturas, que son respectivamente una adolescente amante de las muñecas y una joven voyeur, que a partir de las lecturas del objeto de su deseo construye una vida imaginaria, idílica, perfecta, mientras piensa en la mutilación de los pies de su amada si no son hermosos. En Tres lunares está, creo, la premisa de los relatos en todo el libro:

 

Descubrió que la sensación de fragilidad de un ser a total disposición de sus manías llenaba un gran vacío.

 

Tres lunares es un cuento sobre la soledad y Mónos lo es sobre el deseo de la perfección: ambas, en amalgama, conforman la madre de todos los monstruos.

 

¿Cuál monstruo de los invocados en este vals es el lector que abrirá el libro? No hay de qué preocuparse, porque nadie juzga aquí, ni los narradores de estas historias ni la autora: antes bien, éstas reflejan, en el fondo, una profunda humanidad. Los personajes convocados aquí no son seres deformes, en la calle no nos volveríamos a verlos con aversión u horror pues en su alma hay fragilidad e incluso pureza. Esos monstruos taciturnos, acaso amables en el sentido de la palabra amar, giran en derredor nuestro: conforman un carrusel, una danza cuya ley es es la del ciclo y la repetición: porque los monstruos se reciclan y nosotros nos reciclamos en ellos.

 

© All rights reserved Isaí Moreno

Isaí Moreno (Ciudad de México, 1967). Se formó en matemáticas, física y literatura. Ha publicado las novelas Pisot (Premio Juan Rulfo a Primera Novela 1999) y Adicción (2004). El suicidio de una mariposa fue finalista del Premio Rejadorada de Novela Breve 2008 en Valladolid, España. Es profesor- investigador en la carrera de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y colabora con cuentos y crónicas en revistas literarias y suplementos culturales, entre ellos La Tempestad, Lado B, Letras Libres, Nexos, Tierra Adentro, etc.. Desde 2012 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su sitio de Twitter es: @isaimoreno.

 

 

 

 

 

 

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