POLEN MORTAL By Stephen Oliver Traducción al español Sergio Badilla Castillo con la colaboración de Roger Hickin 2015

Sionismo

para portar el gen cultural ––

¡O el muy brillante destino del elegido!

El niño hace rebotar una pelota que cae al barro

al otro lado de la alambrada;

las pisadas son paradójicas en un campo minado.

Su corazón late de prisa como un detector de metales,

lentamente, la pelota amarilla rueda hasta detenerse.

Propuesta: para avanzar en un territorio ancestral,

o retornar a la tierra blanda y familiar,

un viaje de tranco inverso. Su ojo

contrae la tierra a desierto.

 

 

Vuelves a la estupa, anualmente,

a buscar tu regreso. Deseas

volver como un ciervo del bosque, pero

ese ciervo se ha extinguido. La estupa es una roca

en la que tus sueños sucumben,

cada año, –– devuelves eso que

no tienes. Mientras tanto, en el

Occidente, bajo cielos rugosos y debajo de unos

cien capiteles ya no soñados

la feligresía baja súbitamente;

cada piedra, quieta, en un espacio

hueco dentro de un espacio cavado debajo.

 

 

Las piedras acumuladas. El suelo

nivelado y barrido. El primer cubículo

construido con paredes de cuatro ventanas,

una puerta abierta. Un hombre

sobre un peldaño de cara al mar. La Civilización

abierta para negocios. Pronto, el mármol

se elaboraría blando y cuadrado. La Idea

se mantiene inconmovible. La curiosidad

estimulaba el comercio, mientras que otros vendrían

conquistaron y luego se marcharon.

Ese primer paso que nunca se olvida se convirtió en

un trono –– el asiento de la historia.

 

 

“Con lo digital, no hay pasado”,

dice Jean-Luc Godard. De cualquier manera,

el botón es redundante. La Voz de Mando

es pensamiento –– el miedo profundo y sin futuro

como la historia, el deseo que apacigua que

se queda sin rasgos, no el tiempo desorganizado

lo que realmente es, tanto como una parte importante del

aliento de las estrellas como constancia de la roca.

La Sra. Heladería Móvil entreteje

su melodía dentro y fuera de los suburbios, una

caravana en busca de una ruta de comercio ––

a través de la aldea que nunca existió.

 

 

¿Cómo es posible que la isla flotante

se separe del horizonte en sueños? ––

su primera aparición, etérea,

pero de este mundo, una rueda suelta

del trinquete del mundo, fuera del tiempo,

montado encima de ella y habitada por

gente alucinada con un determinado

pensamiento teorémico; imponderables sublimes

por los cuales se accede a esta isla por la puerta

emplazada debajo mientras navegas sumergido.

Islas, un sueño de torres redondas!

la prisa repentina del agua bajo las carenas.

 

 

Asaltantes mediocres están al acecho.

Los dientes castañetean en el sueño, sueños pesados

con la emboscada. Los pedidos interceptados,

cifrados al estilo de la casa.

El literato es rastreado a través de

el ISBN hasta la tierra de nadie ––

el verbo robótico activado, es enviado

bajo una metáfora mordaz que se despliega

donde los árboles una vez estuvieron como

camuflaje. Las señales de su

búnker en el cerro son una turbina eólica. Las acusaciones

se derrumbaron en la noche. Durante meses él

escuchó un martilleo suave, mimético;

ellos fracasaron. No pudieron hacer recular el

tiempo en su tierra elegida.

 

 

El tiempo pasa – esa presión en

el espacio nuevamente, el regreso de los banales

jugueteando con el generador de energía ––

tanto trabajo sublime –– tendiendo trampas

a la oscuridad. El tiempo pasa ––

zarpas curvan y se enganchan –– cómo

la boca se sofoca con ceniza. Los pies se arrastran

mortecinos bajo las mazmorras. El tiempo pasa  ––

esa presión en el espacio una vez más –– una

nueva proclamación de la Ciudad Semiótica ––

este domo a la medida y

la luz del acuario, pulsando: a partir de ahora,

ninguna esquina que encubrir – ninguna zona

cedida a la sorpresa para cruzar de un salto.

 

 

Enorme, nuestra indiferencia se pone en cuclillas sin levadura

como el miedo, la sangre se contiene

dentro del metraje de las noticias. Los arqueólogos

evitan cavar en los desiertos debido a

las minas terrestres. Los camellos esperan que las dunas

se amontonen en crestas de arena –– revolotean las banderas azules

de vuelta al Fuerte Apache sobre

los camiones blancos y briosos (lo que se percibe

es el aroma del café). Un niño con un pie menos

pasa cojeando, va en busca de gangas,

una vida contra viento y marea –– humo a la deriva

sobre Manhattan, al otro lado del río Hudson

como la de una fogata de beduinos.

 

 

Circuito, en sentido derecho,

homenaje al sol –– como lo hicieron los antiguos

Celtas, los Escitas, también – anfitriones

de los Milesios en su última etapa hacia

Irlanda, como los primeros náufragos celtas ––

cuya tierra patria fue el Mar Negro,

la mano derecha hacia el centro;

y los memoraron en círculos de piedras.

¿Pero, homenajear al sol

pilar andante de fuego, con el infierno por corona?

La respiración del mundo y el misterio

termina aquí, en las entrañas de la tierra engullidos, dispersados

y enrojecidos de costa a costa.

 

 

Si las calles tuvieran adoquines

la sangre correría en harapos –– banderas

desgarradas para una revolución perdida. Calles

que suavemente se inclinan para drenar. El corte profundo,

y la sangre se despabila de su negrura,

aplastada como las bayas en las hendeduras

de un vagón, exuda su aceite

del féretro corporal –– hasta que la carne se convierte en

porcelana, la superficie ideal para la luna,

el hielo, el cielo de cristal biselado para esplender;

en los silencios profundos, como el abedul en la

oscuridad con bayoneta –– y las hojas por último

se asemejen a los billetes apilados

bajo la luz de la lámpara de turbina.

 

 

Un dibujante de Obras Públicas

pasó treinta años diseñando el Sistema de

Alcantarillado Reticular de la Ciudad

por el que él eventualmente anhelaba escapar ––

¡una obra maestra! Un perro de la pradera habría

estado orgulloso de aquello. Complejo de

cagaderas acentuadas, ángulos, descensos, compuertas,

bombas, zanjas, un sinfín de

arcos indoblegables, estanques de tratamiento entrando

a la luz del sol –– los arquitectos de Atenas

habrían estado orgullosos de eso.

Sólo en el papel –– ¡sin levantar una llana!

millas y millas y millas de lo mismo.

 

 

Pirra, tu pelo amarillo, cubierto de rocío,

fragante, doblemente coronado

de jazmín, recién sacado del enrejado

esta mañana –– tu nuevo amante aún no

ha llegado, sin aliento. Tus rabietas

son las tormentas del mar, que descorazonan

a ese viajero desprevenido –– tal vez

como sobreviviente, yo debo advertirle

sobre tu borrascosa lujuria, el no encontrará

refugio seguro en tus brazos! Esta nota

es evidencia suficiente –– de lo que he puesto por escrito

en contra de tu abrazo lúbrico.

 

Véase: la oda de Horacio, “Pirra”. I, v

 

 

Las llamas encima de la pared,

un show privado para los dioses, la ciudad

ardió durante tres días, en la noche, el humo

calentaba las estrellas. Los bosques lindantes

se movían con escudos –– el chirrido del mochuelo,

el aliento impaciente de un caballo –– el halcón

revolotea bajo un gallardete de la luna.

En el alba gris los hombres volvieron al norte.

Los druidas tallaron estos sucesos

en los troncos que conducen a la revelación del bosque

más profundo –– al silencio, al hechizo;

al Dios que se encuentra dentro de la piedra.

 

 

Una vez que la cuna de la civilización ––

ahora un crisol, una tormenta de arena de los tanques,

una batería de lanzacohetes

cada uno brilla como una estrella guía

se abalanza de golpe contra su lugar de nacimiento, los demonios de arena

saltan como derviches, las extremidades bailan la danza de la muerte,

los caballos se abaten a sí mismos ––

se destripan como un fuelle agotado.

Un mendigo (en harapos innominados) clama

a gritos o maldice a

la noche del desierto que es el refugio predilecto de los santos;

La Cruz y la Media Luna escupen fuego.

 

 

Cuarenta mil toneladas. Polvo

espacial, diamantes y zafiros, rebanadas

de luz, se recogen cada año en la tierra.

El polvo comparte el pan en nuestro planeta demasiado

polvoriento; en nuestro planeta dos veces polvoriento;

en nuestro planeta excesivamente polvoriento

a disposición del viento; el polvo

desmorona los glaciares. Desiertos desgarrados por la

las tormentas de arena devuelven las carcomas de dinosaurio,

carreteras que liberan polvo de neumáticos, vuestra

casa una cápsula del tiempo –– nuestra tierra inclinada

polvo abajo resignada a la decadencia.

 

 

Una luna giallo antico enmarcada

dentro de ruinas agrietadas. El país se encogió

en los bordes, como una tarjeta postal sucia.

Los álamos, son palos quebrados de pino,

cipreses. Plataneros polvorientos en carne viva

por tanques corroídos en la plaza del

mercado. Dos ambulancias dejadas de lado en

Kabul. Las montañas nevadas de la República

de Georgia [son un telón de fondo para algún

desolado campo de fútbol]. Unos hombres magros,

que portan lanzacohetes en sus hombros pasan,

sonrientes, hacia el lago escarchado.

 

 

‘La quiebra de las Naciones’

un caballo tose, como la historia lamenta

su propia muerte. ¿Qué fantasmas

incitan a estos disturbios? La memoria está muerta,

las banderas y las pancartas se diluyen

en las calzadas. El Oriente

es relicario; astillas de hueso y metralla

mezclada a diario. ¿Qué fantasmas

incitan a estos disturbios? La barbarie se cierne sobre

el triunfo de la inmediatez, la salida final

desde el Jardín del Edén, hace unos momentos

cargado de bombas, al canto del gallo.

 

 

Una línea lleva a un punto final

a dar un paseo, dijo Klee. Una línea

recta es el acto supremo de crueldad;

es la intención, sin tregua, la emboscada

y el juicio final; Alpha

y Omega, el principio y el fin,

(bala a la víctima), la ficha técnica,

un escuadrón de líneas;

los estratos del habla, una geología

del sonido, la hoja inclinada del horizonte

que ensangrienta al sol; es la gravedad

comprimida y la parábola que hace un disco,

es planicie de vida que parte hacia la nada ––

una lanza arrojada en una llanura al ponerse el sol.

 

 

Edificios fuera de la capa de la corteza,

hombros inclinados –– se apoyan, en contra del

cielo en el chiflado telón de fondo surrealista,

la bruma expresionista es un impacto entre

los escombros y los cascos moteados de seguridad

iluminados por una lámpara –– un motor siega a un infante,

afortunadamente, cadavérico, pero afligido; el polvo

aglomera cuevas repentinas a través de un

décimo piso aplastado a tierra, astroso,

enjaulado en hormigón armado. Las placas tectónicas

bloquean un instante los tambores de freno en la

la escala de Richter. Taiwán se desliza en el diente de un engranaje.

 

 

La generalización del Viejo Mundo

atrapada en la presteza del avión. ¡Mira hacia arriba!

El sonido suscita una memoria posterior.

Arrastrar el fracaso es violencia; ¡Oh vosotros,

que sufrís el destierro, la nutrición

atascada. Penuria est. La chusma es

ordinaria, una cosa aparte, el chacal

en recreo jugueteando con los diamantes del mundo,

su baba esplendente. La risa desparramada,

reducida a barro. De dónde

el bamboleo y el arco, el rugido de la sangre creció

hizo vibrar al primer paso –– antes de

la palabra, el viento en la palabra;

fue una arenga. En el principio.

 

 

Los directores corporativos en sus castillos hacen una cascada

de dinero en efectivo, silenciosos como un virus cibernético ––

lo invisible esconde causa y efecto,

la captación de acciones, mercadas en Japón a través de

Bielorrusia en cada patio trasero, donde

cae la sombra de una ciudad como una amenaza que se

cierne sobre el último cañón de la chimenea muerta,

ni siquiera la luna puede vaciar su

orinal de desechos de color amarillo y plata

que se desparrama en callejones que crepitan

con jeringas de plástico, condones usados,

trazas de sangre, que emponzoñan

el páramo de las autopistas y los rascacielos

Oh, los muertos resucitan en los ascensores cada noche

así como los fariseos irrumpieron en el templo.

 

 

¿Huellas para satélites?

Un viejo juego. Los mayas lo conocían;

configuraciones geográficas camufladas, mapas

de estrellas, bestiarios airosos, águila, llama,

laderas de montañas con lomo de bestia, de color blanco

Vía Láctea cubierta de guijarros blancos, una pasarela

ancestral. Mira hacia abajo o hacia arriba,

hacia atrás o hacia adelante. Extrañamente,

rotando nuestras opciones, ponderando probabilidades;

atrapado en el ciberespacio erizado

o en una cámara con ménsula de piedra.

De cualquier manera, te mareas.

Una vez es como siempre fue, siempre será:

Los Dioses salen a caminar por un sendero de estrellas.

 

 

¿Es el recuerdo ver de nuevo,

trozos antiguos, reorganizados, aparentemente?

Dejar ir de la nada lo sugiere ––

(como) el aire acondicionado, el zumbido del computador.

Esperando por nada. Ómfalos;

centro del mundo, nadir de la mente, siendo el punto

sobre el cual gira todo.

Persecución de papel de Dios. Ómfalos,

mente umbilical. Piedra hundida

al fondo del lago es la memoria,

encarnación. Salto de la mente antes de que el

instinto viera la eclipse oscura. El escudo del cielo.

Con su tachón de luna. A través de embalses ctónicos

el horizonte, apartado bruscamente.

 

 

Así ‘la Calva’ más dramática de la Tierra

(agujero de ozono) se ha reducido

a 15 millones de kilómetros cuadrados más sobre

la Antártida desde octubre de 2002. La contracción,

Big Time. Un año de lectura en

la reducción de los CFC no marca tendencia.

¿Es esta la hora feliz? ¿Menos recalcitrantes

con gas lacrimógeno? gel capilar en lugar de pelo

con laca. Vientos asmáticos rastrillan guijarros

en los valles secos del Ártico. Presidentes

y dictadores se enfrentan. Puritanismo

tribalismo. El Día del Juicio Final es un

asunto sindical. La vida es buena.

 

 

Yo quise extender mi mano hasta

el costado de la montaña.

Los romanos esperaban, los judíos morían.

Erigieron un altar de sacrificios,

tal como Abraham hizo con su Dios.

Una pequeña caverna, socavada en

la base de Massada. Mejor la muerte que

rendirse –– un acto de valentía

para vivir en contra de las probabilidades. Día

a día el peligro se renueva, el castigo

no disminuye ni se larga.

Para cada edad una nueva generación,

mayores armas para sondear el vacío.

 

 

Tus senos en el espejo,

naturaleza muerta de calabazas. Escudos tachonados.

La habitación de paredes blancas descascaradas,

flanqueada con contraventanas de madera abiertas

sobre el muelle de un pequeño puerto

el restaurador echó casualmente

la basura al Mediterráneo.

Una noche de espinas de pescado, colillas de cigarrillos,

bamboleada en una mancha oleaginosa. El Occidente,

en sombra, Antinoo anclado frente

al cabo, el motor fuera de borda silenciado,

dinamita explotando como un pulpo

bajo un banco de peces sumergidos.

 

 

La isla de Alcatraz no las ruinas minoicas.

La niebla mañanera cuelga su jardín

en el puente Golden Gate. Se vislumbran hombres

en la niebla espesa. ¿Niebla o cuerno de carnero?

Buques portacontenedores –– barcaza de guerra,

pasa por debajo con otra carga de

coches japoneses para deleitarse en las

autopistas. ‘Los heterosexuales son

codiciados’ dijiste. (O al menos eso

oí por casualidad). Siete meses bajo

tu techo en tu cama. Nunca llegué

a Texas –– Nunca visité la ruta 66.

Abandonado en mi isla, en lo profundo de

ese encierro solitario y lujurioso.

 

 

¿Qué llevan las palabras a la mente

edificios de paredes planas, muralla de acantilado, cataratas?

Cada emoción a su respectiva

estación y el clima. Edad significa era,

época, cada transformación física

que (nuestro) cuerpo lleva a cabo. Viaje

desde el pie hasta la impresión fósil, el único

aliento, vaho a relente.

Sombras de sangre un denso valle;

edificios descuidados, un viejo aserradero;

la sangre se adelgaza a icor de dioses. Me acerco

a ti como a un autocine. Evocación de

lo que nos falta, nos enrollamos en su bobina.

 

 

Puente con respaldo serpenteado perfila:

la ciudad, con tonos caliza, desplegado como una

galería de tiro. Desde Green

Point (redes fantasmales para cazar submarinos hasta Georges

Head) una V de gaviotas rápidamente ciñendo

la bahía; su superficie apretada,

alboroto.gris. Grano del viento. Yates

a la deriva, el golpe de las velas. Transbordadores a Manly,

el francobordo (verde amarillento) se desliza

entre las boyas salero de color blanco.

Problemas en el Paraíso? ¡Nunca!

Trueno primaveral no es ningún coche bomba.

 

 

Un cuadrante del cielo gira,

boca arriba, negro como el as de espadas.

Tanto como un Dios puede manipular

murmurando con la comisura de su boca.

Motas de estrellas, baba de nova. La rabia del

vacío se derrama, para fastidiar

interminablemente. Mirando hacia atrás

cualquier comienzo. Todo el tinglado

avanza hacia adelante, más allá de nuestros

mejores esfuerzos. Vivimos bajo un Niagra

de cascada de estrella, enormes ópticas dilatan el tiempo,

negritud como el terciopelo que se desliza sobre

el cromo. Sonidos de la nada

ensartados en una camiseta de luces.

 

 

Barril del sol, fieltro de arma,

plagada de nubes, se aplaca el resplandor

napoleónico. El sol es soldado

y héroe, después de todo; siempre en guardia

para trazar la última pose, perfilando

sus rayos a través del paisaje agradecido.

Montañas harapientas se yerguen para encontrarlo,

las llanuras inflan sus pechos, el mar

un carnaval de luz, los bloques de hielo

se erizan, los glaciares gruñen. El tiempo gira

en una moneda. El horizonte sacude su

colchoneta sucia sobre el paisaje urbano,

sobre el vidrio y las conspiraciones del hormigón ––

las autopistas queman sus fusibles en las noctepistas.

 

 

El cielo restregado exhibe una

primera mano de blanco que es realmente

deslucida, el calor del mediodía. Los pájaros

cambian por turnos. Las cosas se asientan.

Las sombras caen debajo de los aleros, nivel

a nivel. Melaleuca es una tormenta de nieve

de florescencias en un patio trasero.

Los aviones llegan de aquí y de allá;

los turistas, los heridos

y los muertos, los intercambiables

destinos de hoy. Un club nocturno explota

en un paraíso tropical. En la

estela encima de la estratosfera,

el miedo se desplaza alrededor del globo

como polen mortal.

 

 

El día combustible como un

club nocturno. Obras de destrucción

en grande, gestos rotundos. Una

explosión no es un redescubrimiento, es

volver sin guía a la

profunda torca de donde

emanan las risotadas del infierno. Una

succión hacia la nada; vacío

detrás de las máscaras gemelas de

luz y oscuridad. No repetición

sino continuidad. Pre-inicios.

Un punto preciso de la muerte

muerte en sí, no infinito sino

infinidad, el espectro del dolor.

 

 

La compresión de las abejas,

en forma de matorral, en circuitos cerrados de protones,

en un colchón de aire. Primavera!

Veo el medidor, su brillante tictac

con su extensión a prueba de fallos. ¿Quién lo puso

allí? este cilíndrico paquete conciso,

cables verdes y rojos que se extienden a

terminales ocultos –– Miro los números

titilar, el aire colmándose de calor

este objeto listo para detonar sin advertencia alguna,

un estallido, flash

de verde fílmico y la floración

demasiado rápida para aferrarla cuando salimos de nuestros

edificios a la carrera para verla.

 

 

El perfume hace visible al aire,

estacional; el otoño pone su largo

andamio de sombra bajo del humo de la

leña; el invierno huele a albañilería

húmeda; la primavera alza el tapón de

los olores suaves –– es algo

entre los quitamanchas o el jardín.

Sólo a altas horas de la noche son develados

los verdaderos secretos y los olores; el verano

los refuerza. El aroma es un mapa de un

antiguo viaje. Los poemas impresos constituyen

un sello de cada temporada

su mensaje es entregado y leído.

 

© All rights reserved Stephen Oliver

 

Stephen OliverStephen Oliver Lived in Australia for 20 years. Now NZ. His most recent book, Intercolonial, Puriri Press, Auckland, NZ (2013). A transtasman epic. Creative non-fiction and poems appear regularly in Antipodes: A Global Journal of Australian and New Zealand Literature. His work has been translated into German, Spanish, Chinese, Dutch and Russian. Forthcoming: poetry in Ghost Fishing: An Eco-Justice Poetry Anthology, edited by Melissa Tuckey, University of Georgia Press, 2016.

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