POETAS HABLEMOS DE ECONOMÍA. Luis Benítez

Poetas y cuentistas en un mundo de novela

Ni en la Feria del Libro de Frankfurt, ni en la de Guadalajara, ni en la London Book Fair, es posible colocar los derechos de un autor de poesía o cuentos, a menos que éste sea tan prestigioso que su nombre sirva para engalanar el catálogo editorial, aunque en ventas no brille en absoluto. El secreto a voces es que ni la poesía ni los cuentos de autores de la generación intermedia venden lo que venden las novelas de los consagrados, el género de mayor consumo. Sin embargo, los libros de cuentos y los poemarios se siguen editando, a escala mundial, gracias a las pequeñas tiradas y a las pequeñas editoriales, que han encontrado un segmento no ambicionado por los pulpos de la industria.

Entre consagrados e intermedios ya con público propio, no se consigue más de un 15% de la torta de Excel para el sector. Bien, para el 85% restante, el mercado –que nada desperdicia, como la naturaleza tampoco lo hace- ha inventado otra posibilidad. Ha tenido que invertir los términos, pues para concretarla quien habitualmente cobra debe pagar y quien generalmente compra ni siquiera se entera de la existencia del producto. Nos referimos al método de la edición pagada por el autor, quinientos ejemplares que no le dan entrada en los comentarios de los mass-media, reservados para los productos de los anunciantes, y que no posibilitan contacto alguno con el gran público, para que –alguna vez- se interese por una futura obra del autor. Y que, además, obliga a la convivencia (forzada por el mismo rigor que afecta a todos, talentosos o no) entre páginas de mérito y engendros que pasaron por la encuadernación simplemente porque sus temerarios autores o sus madres reunieron el dinero suficiente para que así sucediera.

En todo el mundo, esta plataforma editorial que no aspira a ganar sino a perder, iguala o supera a la comercial en cantidad de títulos y frecuencia de publicación. El ISBN no siempre registra todos estos títulos, lo que torna difícil contabilizar su market share, su participación en el mercado, pero está allí, lista para engullir los bocadillos que las grandes bocas no desean: una montaña de comida, por cuenta y cargo de los autores, que no figura completa en las PCs de las asociaciones de editores.

Curiosamente, en EE.UU. y Europa este tipo de edición recibe un nombre informal poco halagüeño: se la llama vanity press, porque se subraya que sólo sirve para repartir libros entre parientes y amigos, amén de entre colegas y amateurs. En realidad, sus mejores títulos sirven para otra cosa: para mantener viva la circulación de textos que mañana pueden o no encontrar la miel que destilan la TV y los grandes diarios, pero que son la médula de la literatura de un país. Emile Cioran, el amargado y lúcido viejo que consideraba una maldición haber nacido, lo sabía muy bien: “cuando quiero conocer la literatura de un país, busco primero a sus autores de segunda línea”, decía el gran rumano… que escribía en francés.

Pagando por un sueño

Para los criterios del mainstream estadounidense y europeo, la edición por vanity press no sólo no cuenta, sino que hasta es un dato desfavorable a la hora de formarse una opinión sobre el autor.

Para los ambientes literarios de cada localidad –específicamente, para los periféricos al núcleo de los elegidos por la varita mágica del marketing editorial- el juicio es mucho más benigno, principalmente porque al nivel de ellos intervienen otros factores. El primero es que,  fuera de los contados escritores –todos ellos de novelas o ensayos- que viven o podrían vivir sólo de los derechos de autor en cada país, el resto es potencial cliente de una vanity press, y lo ha sido, lo es o lo será, si es que desea ver impresos sus versos o sus prosas con alguna continuidad. El segundo motivo es que el estricto código no impreso del mundo de tinta y celulosa indica que, entre vanity presses, se debe obrar con discriminación: puedes pagar por tu edición para seguir circulando –aunque sea por circuito cerrado- pero fíjate muy bien dónde depositas tus ahorros. No son lo mismo tal o cual sello y el hecho de elegir este o aquel, ya indica de qué tribu o clan eres. Hay vanity presses despreciables, donde publica la chusma irredenta, justamente porque no sabe, y hay otras cool ones, que los iniciados distinguen por la elaborada “imagen de empresa” -de escala liliputiense en cuanto a números contables, comparada con las del mundo comercial- pero tan celosamente cuidada como lo hacen con la suya las líderes de bienes y servicios.

Sin embargo, despreciables o cool publishers, las vanity corren riesgos actualmente, porque a ellas también las tocan los factores que conmueven al mundo, aunque no hayan volcado sus modestas ganancias en inversiones de riesgo de la bolsa de New York o de Tokio. Es que también el mercado de commodities a escala mundial está alterado por el tsunami financiero y el rubro insumos y servicios de terceros es el punto débil de las vanity presses, antes de que los libros que ellas producen se topen con los siguientes escollos: la falta de prensa y las dificultades de distribución. De hecho, en diversos puntos del globo varias de las cool ones han paralizado prácticamente su plan editorial, pese a tener postulantes para la temporada, porque los aumentos en el costo del papel hacen preferible devolver los adelantos de los autores antes que seguir con el proyecto de sus libros.

Los números son simples y las especulaciones financieras, también: las compras de papel y otros insumos realizadas por las pequeñas editoriales se concretan a precio prácticamente minorista, más caro que el mayorista –con su agregado de privilegios tales como descuentos especiales, formas de pago diferidas y demás- vigente para la demanda de insumos que tiene un gran grupo editorial. Si nos referimos a América Latina, por ejemplo,  según los tipos de cambio locales aumentó el “papel para poesía” porcentualmente más que el dólar y el euro, sumado a ello que ciertas calidades de papel deben ser importadas, lo que encarece más todavía esa materia prima. Agregar: el parque industrial local es obsoleto en muchos casos, tanto el de las papeleras como el de las imprentas, y ello impide bajar costos a las vanity por ese lado. ¿Se verá más claro, ahora, cómo la realidad se las ingenia para conspirar contra la lírica no sólo metafísicamente hablando?

E-books: la tentación electrónica contra la virtuosa celulosa

El poeta y el narrador breve son bastante conservadores, todavía: no terminan de digerir la revolución de Internet hasta sus últimas consecuencias, y para ellos, un libro está hecho de papel, tinta e hilo. Los libros electrónicos –aunque hayan aprendido de sus sobrinos de siete años a enviar poemas y cuentos a todo el mundo- no son para muchos de ellos una opción al costo incrementado del impreso, en la tirada clásica de 500 ejemplares, de 64/80 páginas, tapa a modestos dos colores, puestos en una caja grande y pesada y “buena suerte tenga mi amigo”. Las diferencias con el virtual son grandes; en España, gracias a una mayor convivencia con la posmodernidad y una cuota de desempleo del 25,8 %, el e-book está ganando cada vez más adeptos: de igual cantidad de páginas virtuales que el impreso latinoamericano que acabamos de detallar, se debe abonar por él un valor que parte de los 50/90 euros (según el sello editorial de que se trate)  más impuestos, y queda colocado en el éter electrónico ad aeternitatem.

POD: ¿una mortaja a medida?

Otra variante de las vanity está pidiendo su cuota de market share: se trata de las impresiones a demanda – Print on Demand, POD, por sus siglas en inglés- que posibilitan al autor falto de recursos suficientes para acceder a los ambicionados 500 ejemplares mandar imprimir lo suyo a partir de 50 ó 100 libritos. En proporción, el POD es caro: 100 ejemplares cuestan como 200 ó 250 de los impresos por medio millar, pero algo es algo. La moderna impresión digital mejorada reforzó esta estrategia de urgencia, pero queda claro que los alcances del POD son aun más limitados que los que brinda el  tradicional modus operandi de las vanity. Desde luego, el servicio de distribución del POD no existe, pero se compensa esa carencia con la falla característica de las vanity presses: los libros editados por éstas tampoco alcanzan la vidriera de las librerías.

¿No todo está perdido?

Pese a todas las abrumadoras desventajas y obstáculos que hemos recorrido -apenas a vuelo de pájaro- en los poco alentadores párrafos anteriores, debemos volver sobre un aspecto que enunciamos al principio: esta gran masa de títulos que se siguen publicando contra viento y marea constituye el mayor porcentaje de volúmenes editados anualmente. Ello hace que la literatura con pretensión de tal circule ampliamente por los caminos que traza, como puede, este fenómeno editorial que, pese a los inconvenientes citados, no hace otra cosa que crecer y crecer, conforme más y más puertas se les cierran a los autores en los circuitos tradicionales. Esta aparente paradoja tiene su correlato en circunstancias más que curiosas, a las que colabora la crisis general de capitalismo originada en noviembre de 2008 y de cuya salida todos parecemos muy distantes –pese a los tímidos enunciados gubernamentales que, de tanto en tanto, surgen para dar ánimos a los más crédulos-. De hecho, algunas  pequeñas y medianas editoriales de Europa, Estados Unidos y América Latina han visto incrementadas sus ganancias desde 2009, no sin altibajos, naturalmente, en un mercado tan oscilante como es el literario. La razón de este fenómeno sorprendente y disperso es una consecuencia directa de la crisis económica. Sucedió que los grandes grupos editoriales se vieron obligados a disminuir sus enormes gastos anuales y para ello, entre otras medidas, optaron por la consabida reducción de personal, recorte de gastos y la eliminación de los planes de negocios “no rentables” a la escala de sus exigencias. Esto último implicó la cancelación o no renovación de contratos con autores que, si bien tenían un nivel de lectores fieles para cada lanzamiento de sus obras, no vendían lo suficiente como para justificar que se les siguiera destinando el apoyo de un gran grupo editor, que obtendría más ganancia destinando ese mismo nivel de gastos de promoción, prensa, marketing, etc., a reforzar el posicionamiento en el mercado de los best sellers: en tiempos difíciles, apuntar a la ganancias seguras y desdeñar las de riesgo y aquellas que son muy pequeñas como para seguir prestándoles atención, tal esta filosofía repetida que se pone en ejecución cuando los tiempos aprietan.

La decisión anterior originó que aquellos autores de medianas y pequeñas ventas –siempre, para la escala ambicionada por los grandes grupos editores- buscaran nuevos sellos editoriales para sus producciones y como seguían teniendo fieles lectores (lo que se llama en la jerga empresarial una “clientela cautiva”) se los llevaron con ellos a esas pequeñas y medianas editoriales, que vieron así reforzadas inesperadamente sus ganancias con la incorporación de estos títulos desdeñados por sus colegas de mayor monta. Otra diferencia abismal entre los grandes grupos editores actuales y sus colegas medianos y pequeños es que estos últimos, por sus mismas características operativas (baja inversión, reducida estructura empresaria, etc.) se ven obligados, para sobrevivir, a arriesgar medidamente con la edición de nuevos o todavía no masivamente conocidos autores, ya que el acceso a la millonaria compra de derechos de los best sellers –gracias a Dios- les está vedada. En este riesgo que deben correr las pequeñas y medianas editoriales se puede vislumbrar una “salida al mar” posible para una selección del enorme volumen de títulos disponible en los circuitos no mercantiles de la producción literaria. Es una ventana angosta, sin duda, muy estrecha, pero una ventana al fin para aquellos autores que pretendan recorrer otros caminos que los ya conocidos. Sin embargo, veremos que también el mundo editorial carece de ángeles en este segmento y que el panorama a futuro –un futuro no muy lejano, pues ya se está gestando en el presente, como siempre acostumbra hacerlo el porvenir- ofrecerá otros inconvenientes.

Pero de ello nos ocuparemos luego, en este mismo lugar.

¿Y a ti, qué te parece?

Luis BenítezLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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