OTRA VEZ PENÉLOPE. Liesel Díaz

Le cambiaron el peinado: soltaron sus crespos atados con lazos azules y el toque moderno le viene muy bien. “Hay que hacer trampas al tiempo” -le dijeron y tiró su bolso de piel marrón y tomó otro enorme y lleno de presillas de un dorado insolente. Los zapatos de tacón y el vestido de domingo se quedaron en un paquete en el baño del andén: en su lugar sandalias rosa, falda y chaqueta. Los brazos con pulsos de colores y uno de aquellos aretes brillando en su nariz romadizada,  ahora más que nunca. Por más que quiso encontrarse en los espejos, solo logró asustarse. Quién soy -preguntó a la chica que se ocupa de pintar sus uñas de un color de carnaval… No me reconocerá… – afirmó a punto de llorar.

El equipo esconde las cámaras detrás de los enormes ventanales del viejo andén. Treinta años es mucho tiempo para esperar intacta -le dijeron con seguridad y les creyó.

El enorme reloj vuelve otra vez,  minuto a minuto a gastarse, casi se borran las cinco. Ahora Penélope, fuma, uno tras otro cigarrillos mentolados que saca del bolso moderno. Tose, nerviosa y moviendo las piernas cruzadas debajo de la falda de colores. Parezco una gitana,  no me reconocerá – piensa y se levanta… el banco aquel ha terminado pareciéndose a la otra Penélope, su madera ociosa bosteza de recuerdos, día a día, bajo la lluvia, sereno, inviernos crudos. Pasa un tren y no se detiene y así, los días y los meses y los años desfilando por el banco que fue… y del que ahora, despegada se encuentra  parecida.

Una bocanada de humo, con los espirales que aprendió con los viajeros que le acompañaron en el andén aquel. Y recuerda rostros que envejecieron, y cuántos se asombran que no tenga canas, que su rostro terso le proteja la historia, que el alma triste no se le escape por los botones de la chaqueta de mezclilla gastada.Tararea una canción y siente el ojo  de la cámara persiguiéndole, como en una película de su propia vida. Se agacha y toca un riel, frío… deja su mano allí para escuchar con sus dedos el abrazo prometido. De pronto se estremece, busca los indiscretos cómplices y les suplica con un gesto que no salgan, se aproxima el primer tren en mucho tiempo… y quizá esta vez, el final  sea otro.

Se detiene y está vacío, abandona el bolso y sube, recorre los vagones: revisa incluso debajo de los asientos, repasa las palabras que le dirá si le encuentra como en el  guión de su propia vida. Olvida su nombre, se atormenta y gime, siente la luz de la cámara y la multitud silenciosa persiguiéndole. Gime y se mira las manos… curiosamente son manos viejas y apresura el paso, no quiere que le coloque el anillo en dedos tan delgados y grises, corre y grita, buscándole. El ultimo vagón, un  hombre de espaldas, sentado en silencio… Eres tú – dice en su oído – la voz sale de su boca como de otra, rasgada y temblorosa, el anciano le mira, sonríe y le hace sitio a su lado… una anciana voltea el rostro, se despide de las cámaras, del tiempo colapsado en el reloj, se acomoda su vestido de domingo y sus besos en el bolso de piel marrón.. Y entrelaza las manos como de pergamino con las del esperado amante…

El tren prosigue la marcha de siglos y en el andén… una chica de falda larga, da una entrevista ligera sin soltar el cigarrillo moderno…

 

Liesel DíazLiesel Díaz Nació el 8 de julio 1965 en La Habana Cuba, al llegar a Miami hace 20 años colaboró con el semanario “Éxito” Actualmente trabaja en FIU. Ha publicado 3 libros dos de ellos de relatos y el ultimo una novela erotica. Los libros “Decreto de amor”, “Oniria Intemporal I”, “Confesiones de Rita, la madama” 

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