OFELIA Y LAS FLORES. Rodolfo Martínez Sotomayor

 

a Graciela Ayala

 

Ofelia se adentró en el mundo de las flores, había crecido su inquietud por las ixoras, desde que unas extrañas manchas negras comenzaron a brotar en sus pétalos.  Tomó su viejo manual de botánica, y a la vez que hojeaba las páginas del libro, su mente procuraba encontrar la causa mística que hizo posible aquella desgracia.  Siempre la muerte se antepone a la belleza, la vida es una incesante lucha por hacerla prevalecer, pensó, mientras dejaba deslizar sus ojos por los párrafos del libro donde explicaba las formas de cuidar a las ixoras de cualquier enfermedad.

Sólo lograron sacarla de su embeleso los ruidos, el estentóreo sonido de una guagua al detenerse frente a su casa, seguido por una señal acústica irresistible, una sirena que escapaba   de la antigua cervecería cercana y anunciaba el cese de un día laboral.  Su corazón comenzó a sentir las huellas del cansancio.  Ofelia se percató del agravamiento de su fatiga, y decidió entrar en la casa buscando una posible mejoría.  Se acostó en su cama intentando alcanzar la paz con un libro de Turgueniev.  De esta forma, pensaba, su hija no se daría cuenta de su estado, y no sería ella la causa de su aflicción.  Ofelia era así, a veces le exasperaba su espíritu exageradamente sensitivo, su razón se inclinaba por el camino fácil de una queja, de una palabra que expresara la necesidad de un cuidado fuera de lo normal, pero finalmente, jamás era capaz de confesar una inquietud por profunda que fuera, siempre que ésta representara una conmoción para alguien.

Ahora los ruidos llegaban a su cuarto en forma de voces, un tenue murmullo que lentamente la iba alejando de su lectura, en la sala su hija hablaba con un vecino el mismo tema de siempre, la política en aquel país ocupaba un amplio espacio en la vida de la gente; ella prefería darle más tiempo a la belleza, y era por eso que amaba a las flores.

El recuerdo de éstas la llevaron a darse cuenta que su corazón palpitaba de forma más estable y era ya la hora de regresar a su jardín. ¿Para qué cuidarse tanto?, pensó, después de todo, el tiempo trae consigo la pérdida de la salud y es inútil todo esfuerzo terrenal por detener el descenso precipitado de la vida.  Tomando esta doctrina como ideal, salió de su cuarto sin el temor de una nueva recaída, pero otro obstáculo surgió al encuentro de su empeño; el vecino con quien hablaba su hija hizo ademanes efusivos de alegría al ver a Ofelia, quien no pudiendo evitar una respuesta cortés, tuvo necesidad de posponer su viaje por una charla imprevista.

Hay seres que irradian cierto magnetismo al hablar, que aún cuando no se documenten con largos detalles verbales, atraen por el solo hecho de lo que cuentan, con el tiempo se convierten en símbolos o leyendas vivientes en el pequeño rincón del mundo que abarcan; Ofelia formaba parte de esos seres y era por esto que su vecino no dejó escapar la oportunidad de asimilar los detalles de su relato, real o imaginario que lo hiciera romper en un breve espacio de tiempo la letanía de los días.

El viejo vecino seguía con los ojos cada movimiento de las manos de Ofelia, sus dedos eran largos y delgados, sus gestos displicentes hacían olvidar, al verlos, las huellas de los años sobre la piel; el espacio se poblaba otra vez de amigos comunes ya lejanos o perdidos para siempre, de costumbres olvidadas en una juventud consumida por el tiempo, retornando con el poder de la palabra que acentuaba una especie de nostalgia eufórica por el pasado… hablaba de las malas consecuencias de los hechos juzgando a las conductas humanas negativas y no a los portadores de ella, insistiendo en que el amor a las flores era la mejor fórmula para curar todo mal pensamiento, para olvidar toda mala acción… cada casa en este país debería tener un jardín, decía, los hombres, consumiendo su ímpetu en crear, olvidarían en este esfuerzo su afán destructivo, tendríamos entonces un país envidiable.

La despedida fue un alivio para Ofelia, su hija regresaba al trabajo después de una escala en la casa durante la hora del almuerzo, su vecino partía junto a ella, mientras que Ofelia, tenía ahora la oportunidad de volver al patio.  Sintió sofoco buscando en un armario la jardinera con la que tornaría a su labor inconclusa.  Se detuvo a contemplar las figuras chinas de jade que desbordaban la parte superior de aquel antiguo mueble de madera, en medio de estas, una vieja foto en blanco y negro permanecía quieta recordándole la impiedad del tiempo; aquellos ojos la miraban a través de los años como un cuerpo lejano e inexistente, era ella con los hombros desnudos en ese gesto inocente de rebeldía con el que ponía punto final a su adolescencia, unas flores enormes brotaban como broches naturales que salieran de su pecho, sus ojos grandes parecían contemplarla ahora desde otra dimensión, una insinuante alegría se descubría en sus labios entreabiertos, era la alegría de vivir, era la imagen perdida de la juventud.  Se acercó al espejo y comenzó a mirar lentamente los detalles de su cara, cada línea en la piel o una arruga antes desconocida, era un motivo para el asombro, paso a paso le iba pareciendo que se veía a sí misma como quien se detiene a contemplar un rostro ajeno.  Nunca nos vemos como creemos que somos, debe ser por eso que ya no me gustan los espejos.

Pensó que ya no era la misma Ofelia de antes, una vez había sido fuerte, podía resistir la crudeza de los días, ahora sólo le quedaba el amor para combatir al mundo; el refugio donde almacenaba la energía vital para su lucha, era su jardín, allí, junto al olor de las murallas, a la tierra húmeda y a la hierba llena de rocío, junto a todo aquel paisaje enajenante, su pequeño mundo de acacias y helechos, de surcos coloridos y aromáticos, entre los que quería consumir las últimas horas de su vida.

Con la regadera llena de agua caminó hasta el lugar de las murallas, finalmente el esfuerzo por hacerlas florecer, había rendido sus frutos, miró a las orquídeas y sintió alegría, al descubrir que crecía una más sobre el tronco de un viejo arbusto.  El sonido de un avión que cruzaba a baja altura se iba haciendo más agudo por segundos, pensó que le resultaba imposible librarse de los ruidos, que había nacido antes que culminara el primer decenio del siglo, y el mundo creció junto a ella aniquilando el sosiego, llenando el espacio de sirenas que quebraban la calma, de trastos inservibles que rompían la comunión del hombre con el silencio y las flores.  Volvió al sitio donde estaban las ixoras, le pareció descubrir tristeza en aquella palidez que tenían.  La voz de su hija al regresar le llegó de improviso ¡Otra vez con las ixoras, mamá!, ya te he dicho que tanta preocupación te hace daño.

Es que tengo un pacto con ellas, el precio de su vida será el de mi muerte.

¡Mamá! ¡Por Dios! no digas esas cosas tétricas que se te ocurren.

El sonido de voces convertido en gritos, interrumpió el diálogo.  Ambas miraron al punto del que nacían.  Una guagua estaba detenida en medio de la carretera junto a su casa.  Tres jóvenes golpeaban a otro, a la vez que la multitud, desde el interior de la guagua, decía improperios sin cesar.  Un policía sobre una moto miraba el hecho con gesto indiferente.  Ofelia sintió aún mayor sobre ella el peso de sus ochenta años, allí estaban las rosas mirando el espectáculo, tenía la necesidad de cubrirlas, de impedir que se contaminaran con un detalle turbio del paisaje, como lo eran aquellos gestos de violencia innecesaria.  Su hija, percatándose del peligro de ese escándalo para el debilitado corazón de su madre, se internó junto a ella en la sala e intentó alejarla, haciendo alusión a las flores, de la sensación amarga por haber presenciado aquel hecho.

Al día siguiente Ofelia se despertó temprano, más bien se encontraba en un estado de vigilia, cuando vio a su hija marcharse al trabajo.  Después de incorporarse con dificultad, buscó la salida al patio, como quien intenta respirar en medio de una extraña sensación de asfixia; su hija le había hablado el día anterior sobre unos lirios blancos que pondría en el cantero al lado de las rosas.  Su emoción aumentó, al imaginar con la alegría que crecerían al lado de otras plantas de similar atractivo.  Amanecía, mientras ella divisaba la claridad que como un telón de luz iba descubriendo  poco a poco su jardín.  Intentaba retener en sus ojos los colores del día, cada paso grave lo sentía, como una despedida de su universo de flores, las orquídeas acariciaban sus manos ya ajadas por los años, el olor de las murallas llegaba a sus pulmones, haciendo menos dolorosa la debilidad de su aspirar, y allí estaban las ixoras, con sus pétalos ya marchitos, recordándole que la belleza no es eterna.

La hija de Ofelia regresaba a su casa aquella tarde, llevando en sus manos blancos lirios, se detuvo junto a la cerca del portal con un gesto de asombro, las ixoras que parecían marchitarse de forma irremediable, florecían más blancas aún que en sus tiempos de gloria, y las manchas negras habían desaparecido de forma misteriosa.  Un extraño temor cayó sobre su ánimo, al recordar las frases de su madre, temor que la hizo soltar las flores y correr a todo dar hacia su cuarto…

Al llegar y poseída por un pánico enorme de quien teme enfrentarse a lo inevitable, abrió la puerta tímidamente, miró sobre la cama, y quedó atónita frente a la visión de un ramo de ixoras marchitas sobre las sábanas.  Apenas tenía fuerzas para sostenerse en pie, sus nervios nublaban el espacio donde debía estar la razón, cuando una voz, sirviendo de preludio a la presencia de Ofelia, la hizo volver de repente a un estado de paz.

¡Mira hija!, decía, sosteniendo en sus manos más flores marchitas, mi viejo vecino me trajo nuevas ixoras, y las he plantado donde estaban las otras, que ya no tenían remedio.  Su hija, se acercó a ella para abrazarla, convencida de que ahora, como nunca, había penetrado sin quererlo, en el extraño mundo de Ofelia y las flores.

© All rights reserved Rodolfo Martínez Sotomayor

rodolfomartinezsotomayorRodolfo Martínez Sotomayor (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.

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