NI TEMPRANO NI TARDE. Omar González

En el año que salí de la escuela secundaria tenía la impresión –acaso no del todo superada hoy día pese a los muchos años que han pasado— que no era un tipo con suerte. O, al menos, yo le achaqué entonces a la suerte, a la mala suerte, por supuesto, tres cosas negativas.

En primer lugar, no haber aprobado el examen final de trigonometría, lo cual me remitía, de nuevo, luego de diez meses de padecerla, a la materia que más detestaba. En segundo lugar, mala suerte también, al hecho de que finalmente la recurrente crisis económica que golpeaba entonces al país, hubiera obligado a mis padres a comunicarme, sin anestesia alguna, que me iban a cambiar a una escuela pública pues ya no había forma de seguir pagando las cuotas de la escuela privada, “o no por el momento” dijo mi padre, como si al decirlo abrigara una esperanza de mejora en su modesta imprenta en la que escaseaba ya el trabajo y, en tercer lugar, pero bien pudo ser entonces el primero: el que Magali Cisneros me hubiera rechazado como su acompañante en el –ahora lo veo así— ridículo baile de graduación que el Colegio de San Juan Bautista organizaba cada año a precio de oro para así obtener más ingresos y finalmente terminar de construir el que en su momento sería, como lo fue, el moderno complejo educativo que yo no alcancé a conocer.

Las semanas y los meses que siguieron me curaron de lo curable y a saber; del desprecio de Magali Cisneros luego de una buena cantidad de llamadas telefónicas que nunca contestó a partir de los pretextos más baladíes que la historia de la telefonía residencial conozca: no está…salió con sus padres, fue a ver a sus primas a Monterrey…está esquiando en la bahía.

El extraordinario de trigonometría terminó de curarme de lo que amenazaba convertirse en el Síndrome Cisneros. Durante cinco semanas y en particular la previa al examen de regularización quede sometido al más draconiano programa de preparación que un reprobado en esa materia pudiera recordar. Diariamente, incluyendo sábados y domingos resolví, tres, cinco, siete, nueve…incontables decenas de problemas y ejercicios de las más variadas y complejas características. ¡Ah, nadie ama más las matemáticas que el reprobado!

Soñé con senos, tangentes, secantes, cosecantes, exponentes, incógnitas, despejes. Quien después del examen me hubiera hablado de ello me habría dado motivo suficiente para armar una revuelta callejera y una visita modelo todo incluido a la comisaría del barrio.

Finalmente salir del San Juan Bautista no resultó tan doloroso como pude suponer en otro momento luego de nueve años en sus aulas si no incluyo ni el preescolar ni la guardería. En suma, me curé de lo curable pues hasta los incurables tienen cura, incluso cinco minutos antes de la muerte, según leí en una prueba de galera a los textos de Pedro Bonifacio Palacios que un cliente le encargo a mi padre.

La cura final llegó cuando mis padres me inscribieron en la Cruz Gálvez, la escuela pública de la ciudad que, me enteré después, no seguía al pie de la letra los programas oficiales y propiciaba en cambio un aire de libertad y tolerancia que hoy todavía extraño.

La recepción en la Cruz Gálvez no pudo ser mejor. A las dos y media de la tarde –la hora de ingreso del turno vespertino era a las dos pm— nos pidieron salir del salón de clases para llevarnos al Auditorio y el director, sin preámbulo alguno salvo el “buenas tardes” que retumbó en las paredes, fue directo al punto de la reunión:

–Bienvenidos a su escuela. La puerta principal está siempre abierta para entrar y salir cuando así lo decidan. Nadie estará aquí a la fuerza ni obligado. Esta es una escuela, su escuela, no una correccional. Las faltas a clases se contabilizan por cada profesor y ya sabrán con el número de ellas que pierden todos sus derechos en cada materia y hasta con cuántas tienen derecho al examen final.

Tomó un respiro para concluir:

–Afuera del auditorio en el tablero de avisos hemos colocado los horarios de clase y el número de faltas a que tienen derecho por cada materia. Hoy no habrá clases y la escuela permanecerá abierta hasta las ocho y media de la noche. Pueden irse o quedarse. Buenas tardes.

Yo me quedé a conocer la escuela. Muchas veces, cuando la Cruz Gálvez era para mí un edificio referencial, al pasar frente a su fachada, fuera caminando o a bordo de un colectivo había tenido deseos de entrar para conocer lo que su exterior anunciaba. Una construcción antigua con un portón de madera labrada con el escudo de armas de los Cruz Gálvez, la familia a la que debía su existencia ya para entonces más que centenaria. Balcones de madera hacia la avenida por la cual se accedía a la escuela, ventanas empersianadas en caoba. Su interior lo empecé a conocer el primer día que realmente tuve clases: Un patio principal, rectangular y con enormes araucarias estratégicamente colocadas en cada esquina; el pasillo principal con sus seis arcos de medio punto daba a ese patio con su fuente en el centro y dos o tres bancas. Al fondo del patio una cafetería pequeña y acogedora cerraba el paisaje.

Detrás del primer edificio de salones, hacia el poniente, había dos canchas para la práctica del basquetbol y dos para la del voleibol y al fondo de las instalaciones el impresionante tapete verde para la práctica del fútbol cada sábado en los torneos intramuros y zonales del año escolar.

Luego de mi recorrido fui hacia el tablero de avisos a copiar en una libreta de pasta verde que todavía conservo, el horario de clases de mi grupo. El H1A. De dos a seis de la tarde de lunes a viernes debía repartir mis esfuerzos entre la Geometría Analítica del profesor Lehmann, la Física de Mosqueira, la Química de Robledo y la Lengua Nacional de Leonor Acevedo. De seis a ocho y media el horario solo indicaba Seminarios. Me inscribí en el de Literatura.

A mis espaldas alguien también tomaba nota. Era, lo supe después, Alicia Lombardo, la hija réproba del antiguo líder de uno de tres sindicatos de estibadores del puerto. Cuando dos años antes el puerto había requisado por el gobierno federal, el padre de Alicia, lo supe esa noche en casa por boca de mi padre, maniobró para ser nombrado director general de la empresa que sustituyó a los sindicatos y creó el propio; se dice que así, mediante esa maniobra que no pocos tacharon de ruin, Santiago Lombardo incrementó las cifras de su ya inmensa fortuna.

A partir de la esa tarde y durante las de los tres años siguientes que habríamos de vivir en la Cruz Gálvez, la Lombardo y yo –como empecé a llamarla la tercera semana de clases— transitamos por todos o casi todos los estados de una juventud que avanzaba a tientas en sus primeras permisividades excepto el romance oficial y a ojos vistos.

Para estricto consumo privado de nuestra relación la Lombardo estaba enamorada –acaso nada más encaprichada— con el profesor del Seminario de Literatura. Se llamaba Héctor Fábregas y guardaba un leve parecido con el escritor Carlos Fuentes –alto, perfectamente bien peinado siempre; el bigote empezaba a ser cano y algunos hilos de plata sobresalían en sus sienes—.  De más está decir, pero acaso sea necesario hacerlo, que el seminario de Fábregas registró en esos tres años el cien por ciento de las asistencias de la Lombardo y por supuesto las mías. Fue Fábregas quien desveló para mí la lujosa pirotecnia escritural de Fuentes que fue, durante años, la prosa de mi admiración y mi envidia; la calma, el gozo y el dolor de la de José Emilio Pacheco que andando los años tanta paz me traería; el erotismo espejeante a veces y mortuorio otras tantas de Villaurrutia  y la elegancia sin par de Alfonso Reyes.

Cuando a finales de los años noventa del siglo pasado salí de la Facultad de Letras –debiste estudiar mejor Historia me dijo el otro día Emilio Croce— me recibí con una tesis sobre La ciudad como escenario en La región más transparente de Carlos Fuentes que un ya no tan joven Héctor Fábregas me dirigió en su condición de para entonces profesor de la Facultad de Letras.

De la Lombardo nada supe cuando dejamos luego de tres años la Cruz Gálvez excepto que se iba a vivir a Estados Unidos –porque en este país ya no se puede vivir si no veo a Fábregas— me dijo. La verdad como siempre era otra. Su padre, concluidas las funciones del gobierno que lo encumbró para luego abandonarlo a su suerte concluido el primer trienio de la requisa coincidente con el fin del sexenio, sorteó con trabajos una acusación de peculado, otra de fraude y alguna otra más que sus antiguos seguidores enderezaron en su contra y debió exiliarse, de manera dorada, eso sí, no sin antes producir una declaración contundente por lacónica y casi propia de cualquier tránsfuga: “hijos de puta”, les dijo a los reporteros que lo perseguían a paso acelerado rumbo a una de las salas de abordar del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México con destino a Denver, en Colorado. Nunca supe con exactitud a quienes se refería: si a los reporteros que lo perseguían o a quienes habiendo sido sus leales ahora lo acusaban o a quienes lo habían abandonado a su suerte en medio de la típica purga de fin de gestión que cada seis o doce años el país conocía y que mi padre solía resumir en la máxima lampedusiana.

Regresé al puerto seis años después de graduarme en la Facultad de Letras invitado a dar una conferencia sobre Carlos Fuentes en ocasión de uno de los tantos homenajes que el país le rendía. Al otro día presentarían mi primer libro de cuentos en una actividad paralela a la semana de homenajes y en el marco de la tradicional feria del libro dedicada ese año a Fuentes.

Fuentes, como no necesariamente yo había supuesto, llego puntualmente a la conferencia –finalmente parte de su homenaje— y al día siguiente, de manera intempestiva como entendía entonces que también podía ser Fuentes, llegó a la presentación de mi libro y leyó un texto laudatorio que mucho le agradecí y terminamos la noche cantando boleros y brindando largamente como los náufragos de la vida y de las letras que no podíamos ser. Él por su obra, yo, por su inesperado aval.

Junto con nosotros, Alicia Lombardo bebió también hasta el hartazgo. Su cara, y más que su cara su cuerpo, y más que su cuerpo el tatuaje en su tobillo izquierdo había sido lo primero que vi al llegar a la presentación de mi libro. Estaba sentada en primera fila y no la recordé como era en los años de la Cruz Gálvez; esto es, la vi como en realidad era: la exacta simetría de su cuerpo, saludando expansiva y feliz; fumando unos cigarrillos blancos de la brasa al filtro como el nácar de sus uñas postizas; fundido su cuerpo en el ajustadísimo traje de una pieza, sin gota de grasa en el cuerpo, esclava, supuse, del trote, el gimnasio  y la dieta rigurosa; con el tatuaje de una media luna en el tobillo de su pierna izquierda y la aristocrática terminación de sus pies brillantes por no sé qué extraña magia de la luz.

Al calor de las copas Fuentes prometió dedicarle su próxima novela y yo me prometí acostarme con ella esa misma noche si es que la noche nos alcanzaba.

La mañana siguiente amanecimos juntos la Lombardo y yo. Estábamos exhaustos, victimas los dos de una resaca impresionante pero henchidos de un placer largamente aplazado, ávidos, lo supe entonces, de recuperar los años perdidos; de volver una y otra vez a buscar nuestros cuerpos sin más límite que nuestras ganas de juntarnos, repegarnos, hartarnos de nuestros sudores, gozarnos y gozar de esa savia vital largamente contenida.

Lo que debió ser el desayuno de esa nueva mañana devino comida con una mezcla de cervezas, vinos, sopas de pescado, mariscos en todas sus variantes… Terminé preguntándole por Héctor Fábregas.

No existe –me dijo— La verdad es que mi verdadero antojo eras tú, agregó. Insistí: ¿Y Fábregas? Fábregas era algo imposible, volvió a responder. ¿Pues no que se parecía a Fuentes? ¡Eso lo inventaste tú!

La Lombardo y yo nos quedamos diez días más en el puerto luego de reordenar ambos compromisos menores cancelados con un enjambre de disculpas y posposiciones diseminadas aquí, allá y en todas partes. Al onceavo día volamos a la capital del país. Ella siguió hacia Estados Unidos para apenas llegar a tiempo de ver morir al viejo Santiago Lombardo víctima de enfisema terminal.

A mí me ofrecieron impartir un seminario de literatura contemporánea en una universidad del caribe mexicano y decidí hacer efectivo el año sabático que había decidido tomar para sentarme a escribir nuevas historias. Todo se conjugó entonces, pienso ahora, que ni temprano ni tarde.

Imparto un seminario de literatura contemporánea –cualquier cosa que eso signifique les digo siempre a mis alumnos— de lunes a viernes de 10 de la mañana a 12 del día aunque casi siempre se prolonga en la cafetería de la universidad. Cierro esa parte de la jornada en el comedor de profesores, camino luego por el campus mientras observo el mar y regreso a mi cubículo para trabajar hasta las siete u ocho de la noche.

Los sábados camino a la playa y dejo ir la vista y las emociones en el azul insuperable del caribe. Me tomo algunas cervezas con los pescadores o los lancheros que de tarde en tarde me abren las puertas de sus cabañas y regreso finalmente al condominio que renté a unas cuadras de la universidad.

A veces, como ahora, pienso en la Lombardo y aquellos años de libertad y tolerancia en la Cruz Gálvez; en nuestros días, en nuestros diez escasos días en otro puerto tan distinto a éste y pienso entonces que ésa es, precisamente, la novela, el texto que le debo a Héctor Fábregas, mi maestro, mi amigo, mi paciente editor.

© All rights reserved Omar González García

Omar González García Nació en Veracruz, México, en 1962. Publica desde hace cuatro años la columna Anaquel en diversos medios de Oaxaca y en La Jornada-Veracruz reseñas sobre libros.

twitter: @Pagina23Anaquel

 

Leave a Reply