Nefertiti y los zombis 6. Endiablado gato callejero. Dolors Fernández

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Domingo por la mañana. Por fin la luz. Venturoso día primaveral que rompe el maleficio del  frío. Uno de esos que obligan a contemplar el cielo aunque  no haya nada que esperar. Un acto reflejo para muchos, no para ella.

-¿Eres tú Nef? –La interpelada asiente.─ Te hubiera reconocido entre un millón. Me encanta tu pelo, es auténtico. ─Ella le dedica una sonrisa imperceptible y retrocede. Él la mira, no comprende.

─¿Qué pasa, Nef? ─Está desconcertado. Cree haberse equivocado y empieza a sentir vergüenza─. ¿No eres tú? Habíamos quedado aquí… Lo siento, lo siento, perdona, te he confundido… ─balbucea y está a punto de irse─.

─Ni lo sueñes, Carl, no te vas.

─¡Ah, eres tú, Nef! ─responde con alegría el hombre, todavía joven pero bastante mayor que la muchacha.

─Ven, sígueme ─Y él la sigue. Se adentran en un macizo de flores a través de un estrecho pasillo que separa las rosas amarillas de las rosas. La redundancia aquí es inevitable.

La muchacha, más delgada que el hombre, pasa sin llegar a tocar las flores ni las espinas. Son rosas de pétalos amplios y carnosos, aterciopelados, que requieren de tallos enhiestos como astas de banderas. Las espinas puntiagudas jalonan desde el suelo la esbeltez de las rosas y las protegen. Al seguirla, el hombre se las clava en la napa negra. Un abrigo de piel para alguien que se cree Keanu Reeves en Matrix. Carl nota los enganchones y presiente los arañazos, aunque aún no lleguen a lastimarle la piel. Prevé  el deterioro de su prenda favorita y lo lamenta. Ahora nota un pinchazo en la mano, otro en la muñeca. Se mira la zona lastimada y advierte puntos de sangre. “¡Joder, malditas espinas!”, se queja en voz muy baja. Son heridas soportables. “Todavía”, piensa Nef, y sigue avanzando por la rosaleda a paso más rápido. Carl recuerda las palabras de su madre: “El amor duele, hijo”, cuando el padre le castigaba con el cinturón. Y era cierto que dolía. Pero no es amor lo que él anda buscando.

-Nef, ¿dónde vas? Esto es una locura, por aquí no llegaremos a ningún sitio. –El hombre empieza a jadear. Ha acelerado el paso para no perder a la muchacha y eso hace que se arañe más, que sienta dardos sobre la piel.─ Espérame, vas muy rápido. ¡JODER, basta ya! ¡No doy ni un paso más!

Entonces siente una cuchilla sobre el cuello y ya no sabe qué pensar. El pánico le previene para que no se mueva. Su cuerpo se tensiona, se yergue más aún y sus cervicales dibujan una línea perpendicular contra el azul del cielo. No hay nadie más en la rosaleda. ¿Quién habría de entrar en aquel matorral de espinas?

El estilete acaba por pincharle el cuello, solo un rasguño superficial, y él sigue sin entender. Solo advierte un hilo de sangre que resbala desde su garganta con lentitud. Intenta defenderse pero si baja la cabeza siente que se le clava más. El peligro le paraliza y el olor de las rosas empieza a marearle. Alguien le avisa de que no mueva la cabeza ni las manos. Ni se le ocurra. Es una voz de mujer. Solo puede ser Nef pero a cuento de qué. “No haría más que empeorar las cosas y eso no es lo que queremos, ¿verdad, Carl?” Permanece quieto, sin responder. No tiene otra opción o eso cree. Nota con una certeza cada vez más insoportable que miríadas de agujas le desgarran la piel de la cara, de las manos, de los brazos, pero debe seguir soportando. Se siente en peligro. Como cuando era niño, sabe que en cualquier momento puede morir.

-Por favor, Nef –apenas logra articular. Pero ella le insta a mantener silencio con un “¡Calla!” rotundo. Entonces le asesta el golpe de gracia. En el cuello. No puede ser de otro modo. Carl comienza a sangrar a través de la herida. Es un tajo alargado, profundo, inmisericorde. “¿Cómo lo ha hecho?”, piensa Carl durante una décima de segundo.  Algunos borbotones de sangre después el hombre se desploma.

Carl cae al suelo sin importarle que su cuerpo rebote sobre flores olorosas y agujas en forma de espinas. Nef se escabulle. Su estilete no es otra cosa que una navaja de  cazador. ¿Dónde la ha conseguido? Ya no se acuerda. El hombre ha sido tan torpe… La  corpulencia de Carl le ha impedido salvarse. En cambio a ella… Sonríe satisfecha y con su gran lengua morada se relame por el éxito.

Recoge la navaja y la limpia con la camisa de Carl. Acto seguido la cierra y se la guarda. El arma apenas deja marca en el amplio bolsillo lateral de su pantalón de corte militar.

Nef puede ser como un gato, escabullirse por cualquier rincón. La muchacha es como un  endiablado gato callejero pero mucho más fiero.

© All rights reserved Dolors Fernández

Dolors Fernández (Barcelona, 1968) se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona en 1992.

Es autora del poemario Mi corazón mordido por tus labios, editado por La Marca Negra Ediciones en marzo de 2017.

Autora bilingüe (castellano y catalán), ha obtenido diversos premios literarios en las modalidades de relato y poesía.

Asimismo, ha colaborado con poemas, relatos breves, entrevistas y crítica literaria en diversas publicaciones, como el suplemento cultural del diario catalán El Punt Avui y en las revistas de creación literaria Azharanía (Castellón), Tànit (Baix Llobregat, Barcelona), Nagari (Miami) y Almiar (Madrid).

También ha participado en numerosas antologías sobre poesía y relato breve.

twitter: @sibilinda

 

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