NAGARI ENTREVISTA AL PERIODISTA Y ESCRITOR ARGENTINO DIEGO FONSECA.

Diego Fonseca - Fotografía ©Guacamole Project/FNP
Diego Fonseca – Fotografía ©Guacamole Project/FNP
Diego Fonseca Nació en Argentina en 1970. Periodista desde 1989. Fue reportero especializado en política y editor de economía y finanzas. 
 
Es editor asociado de la revista de crónicas Etiqueta Negra y se desempeñó como editor general para América Latina de AméricaEconomía, la principal revista latinoamericana de economía y negocios, y como editor adjunto deMercadoCórdoba, en Argentina. Sus textos han sido publicados en diversos medios internacionales, como GatopardoExpansiónDomingo/El Universal Emeequis de México; El Malpensante SoHo, en Colombia; Orsai, en España; Página/12, en Argentina; BNAmericas, de Chile; y Prodavinci, de Venezuela, entre otros. 
 
Diego fue creador y director de la revista de crónicas de L&S Lúk y ha asesorado y dirige proyectos de comunicación y periodismo digital en Estados Unidos, México, Argentina, Chile y Perú. Fue productor de radio y TV de los ciclos Objetivos Al fin y al cabo, distinguidos con los premios Martín Fierro en Argentina. 
 
En no-ficción, ha publicado Joseph Stiglitz detiene el tiempo Sam no es mi tío: veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano; su trabajo en ficción incluye los libros de relatos y cuentos South Beach, El último comunista de Miami El azar y los héroes.  
 
Licenciado en comunicación por la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, Diego tiene un MBA del Instituto de Empresa Business School, de Madrid, y estudios en posgrado en Georgetown University y en INCAE Business School de Costa Rica. Es profesor visitante de FLACSO Ecuador.
Actualmente radica en Washington D.C.

Sam no es mi tíoNagari. ¿Qué surge primero la crónica o el periodismo?

Diego Fonseca. Hace seiscientos años, los primeros señores que glosaron estas tierras, su gente, sus historias —o sea, un descubrimiento: una noticia— se llamaron cronistas. Según el historiador Christian Duverger Bernal Díaz del Castillo fue el primer cronista y también el primero en utilizar la figura del seudónimo: Duverger afirma que la “Historia verdadera” fue, en realidad, escrita por Hernán Cortés, un hombre que requiere de una revisita de la crónica y del periodismo histórico, una lectura en profundidad. Por otro lado, el primer registro de un periódico data del 1600, en Alemania. En ningún caso se trataba de lo que conocemos como periodismo hoy, con su pretensión de objetividad. Bajo esa lectura, la mirada subjetiva del cronista, la carnadura ideológica del que contaba las cosas a medida que sucedían, siguiendo el tiempo, el chronos, precede al periodismo moderno. Contar desde donde uno está parado es lo que hacemos desde el momento en que nos erguimos.

Nagari. ¿Qué escritores han influido tu obra como cronista?

Diego Fonseca. La lista es demasiado amplia: Cheever, Carver, Baricco, medio New Yorker, Talese, Hersey, Nicanor Parra, De Luca, Malcom, Gladwell, Tomás Eloy Martínez, Arlt… Si alguien recortara esos nombres y dijera “este tipo reconoce estas influencias” estaría en lo cierto pero apenas como apariencia general. Hace poco bromeaba con que, cada vez que me preguntan por mis influencias como mejunjeador de palabras, selecciono un libro de los estantes 1, 3 y 5 del tramo izquierdo de la biblioteca del estudio y uno de los estantes 2, 4 y 6 del tramo derecho. Eso dice que en mis aleatorias influencias entrarán cuentos, biografías, novelas, ensayos y, con suerte, algo de poesía. Además, serán tanto textos que he leído como otros que leeré y un grupo que —seamos honestos— jamás tocaré. ¿Cómo se puede encontrar algo tan claro en la definición del estilo como una influencia precisa? Seguro que es posible, pero a mí me resulta difícil. Me gustan demasiadas cosas y, entre muchas que no me gustan completas, me gustan tramos, párrafos, frases. Si una influencia ha hecho su trabajo bien, ya no se nota: es el limo de nuestro estilo.

Nagari. ¿Qué ha significado para ti ser editor asociado de la revista Etiqueta Negra?

Diego Fonseca. Un gran gusto. Y es un gusto que se cuenta mejor de este modo. Con Julio (Villanueva Chang) nos conocimos por 2003 en Ciudad de México. Julio había ido a dictar un taller y tiempo antes yo había pasado por Lima y encontrado EN en el aeropuerto. La compré para leerla en el avión pero me senté a leerla con un café mientras esperaba el abordaje: la terminé antes de embarcar. Me dejó una especie de excitación científica, como si hubiera hallado el genoma de algo. Le escribí a Julio al llegar a México, le dije que era un colega —yo entonces dirigía AméricaEconomía— y, cuando nos conocimos en el DF, nos pusimos a intercambiar músicas —que fue poco: coincidíamos en gustos, teníamos discos similares— y a prometernos que haríamos algo juntos. A Julio le había gustado una mini-crónica mía sobre la globalización arriba de un avión entre Lima y Cusco. Bien, nunca hicimos nada juntos y debieron pasar ocho años para volvernos a ver, y, cuando eso sucedió, en Nueva York, Julio me propuso que me sumara como editor asociado. Él volvía a dirigir la revista después de un tiempo fuera y yo en esos días andaba buscando algo que me divirtiera —o sea, otra complicación— y acepté. Si respondo con esta historia es porque esta historia es la mejor respuesta: participar de EN es un viaje a ninguna parte, como llegar a un avión y enterarte recién a punto de abordar cuál es tu destino, y que no te importe. Lo que cuenta es el viaje, no el final. Y en EN, editar y escribir es eso: un largo viaje con compañía entre redactor y editor. EN tiene un gran equipo de gente y el mayor de los méritos de un medio de periodismo narrativo: ha sido y es una escuela para muchos.

Nagari. Tu historia personal ha sido la de un emigrante ¿cómo ha moldeado esta experiencia tu labor como periodista y cronista?

Diego Fonseca. No sé si hay alguien que pueda afirmar, seguro de toda certeza, “soy este y seré este hasta el final”. Creo que todos somos migrantes de por vida. Me da la impresión de que, más allá de algunos valores esenciales, somos sujetos en permanente transición. Esa sensación de desacomodo constante, de no pertenecer, me parece que auspicia miradas menos dogmáticas y más abiertas. Si uno se descentra, si deja de ponerse a sí mismo como juez, puede observar cosas nuevas incluso donde vive. A mi, todavía, me aburre pensar igual todo el tiempo. Eso prueba que el viaje siempre está dentro de uno, y eso es la posibilidad de tener una mirada distinta de los hechos cotidianos. El gran beneficio de rozarse con otras culturas es la ruptura etnocéntrica, la certeza de nuestras creencias. Hay algo de Unamuno en eso. Un cronista —un periodista, un escritor— que no sabe salir de su yo, fracasa. Es imposible no hablar desde nuestras subjetividades —claro, por aquello de la objetivación de la creencia, de que en nuestros productos estamos nosotros— pero la materia central de nuestro trabajo es siempre la alteridad; el otro es la prioridad.   

Nagari. Es un hecho que las formas convencionales de acceder a la información periodística se han visto modificadas por la Internet. ¿Consideras que esto ha dado lugar a que el periodista sea haya vuelto protagonista de las propias historias que busca difundir?

Diego Fonseca. No sé si el acceso que facilita internet determina el protagonismo del autor, no veo la línea lógica. Hace poco leía un reportaje que recordaba que desde tiempos remotos lo que hacen las personas es contar su propia historia, o la de otros con su voz. En el fondo, aun en la historia de otros, hablamos de nosotros. Otro asunto es que el autor sea el personaje central de la historia. En esos casos, como editor y escritor llamo a un asunto de criterio. Si es sustancial a la historia, adelante. Si no lo es, mejor que permanezca ajeno. Convertirse en el centro de la historia en una crónica que no llama tu protagonismo es un ejercicio ególatra, no un ejercicio narrativo necesario. Prefiero la presencia ajena, que el autor sea tácito, que, otra vez, la historia sea el otro. Hace pocos días (Mario) Vargas Llosa citaba a Flaubert en una hermosa pieza sobre el trabajo de Leila Guerriero: que el creador, como dios, esté en todas partes pero visible en ninguna.

Nagari. En su libro The Case for Books, Robert Darnton compartía su experiencia como periodista en la cual ciertas noticias como la muerte de un hombre afroamericano vs la de un hombre blanco no merece cobertura ¿la crisis actual de los medios tradicionales da pie a que historias que anteriormente no tenían espacio puedan contar con una mayor difusión?

Diego Fonseca. No es tanto la crisis de los medios tradicionales como la oferta de nuevas plataformas. Hoy en internet puede publicar quien quiera, con revistas y medios en general o en su propio blog. Si tiene talento, alguien lo descubrirá. Sí, los medios tradicionales no publican mucha crónica y mucha de la que publican es un frankenstein, lo que creen que es la crónica. Me parece que es un problema de acercamiento metodológico, que hasta excede a los editores. La mayoría de los periódicos, si por eso entendemos medios tradicionales, operan en América Latina sobre el día a día. Una crónica requiere, en cambio, que el autor tenga tiempo para trabajar los lugares, las historias, la documentación. No es imposible, claro. También es un asunto de elección personal: si quiero que mi carrera prospere marcando diferencia con mis colegas de redacción que se quedan con la producción diaria, tal vez deba invertir mi tiempo personal en producir el material. Lo vi hace nada en The Arizona Republic, cuando el autor de historias de migración, que escribe a menudo, subió la historia de una familia dividida por la deportación en tres partes: largo formato puro en un periódico. Dentro o fuera del medio tradicional, las ofertas existen pero es cuestión de golpear con el producto adecuado. Y para eso, primero, hay que tener el producto o una idea muy bien trabajada para vender. ¿Quién decía que el único lugar donde éxito viene antes que trabajo es en el diccionario? La crónica exige que dediques mucho tiempo a pre-producir y elaborar una tesis antes de sentarte y exige calentar largo la silla para tener algo que sea vendible. Yo suelo soltar la mayoría de mis textos en el segundo borrador y sé que después de eso me quedan dos o tres versiones más por celo. Alberto Salcedo Ramos recordaba que en una charla algunos jóvenes se quejaban de que no hay dónde publicar. Él quiso saber si tenían algo escrito, y le dijeron que no, que sólo la idea de un tema. El punto es: escriban, la calidad suele hallar su camino. No se publica por arte de magia: se publica porque el trabajo perfecciona el oficio para contar. No somos magos sino escritores.

Joseph Stiglitz detiene el tiempoNagari. ¿Cuál es el papel que juegan para ti las redes sociales más allá de la difusión de la propia obra?

Diego Fonseca. Múltiples. Son espacios de circulación y, por lo tanto, de abasto. Veo a Facebook como la plaza y a Twitter como el bar: en las plazas hay más mezclas mientras que los bares son territorios donde proliferan más los grupos. En ambos casos, producen y recirculan muchos datos e información. Por la limitación de espacio, Twitter es más útil para compartir información y como escenario de galanteo aforístico. Yo tomo al tuit y al post como razonamientos de adultos y los considero opiniones personalísimas, en especial entre las figuras públicas. Especialmente en el caso de Twitter, y merece toda una lectura, no sé si por la velocidad o porque opera una escisión de la conciencia o por qué, mucha gente dice cosas que luego lamenta. Internet puede ser virtual pero participa de la esfera pública. Más Facebook que Twitter me han servido como gatillos para historias, pues la gente expone casos y hechos. Hay, también, una función comunitaria invaluable. No tengo que recordar los casos de la revolución egipcia o el 11-M de Madrid para validar el peso de las redes sociales. Sin ir más lejos, cuando perseguían a Dzhokhar Tsarnaev, el menor de los hermanos que atacaron el maratón de Boston, la policía se enfadaba con la prensa porque adelantaban sus movimientos por Twitter. Una historia de The New Yorker compartida por Jon Lee Anderson obtiene de inmediato “like”, comentarios, reproducciones y eso auspicia que sea leída por gente que puede no ser parte del grupo de suscriptores de la revista. Cuando ves a una activista de los Dreamers como Erika Andiola pedir a menudo a sus 5,000 seguidores que circulen información para detener una deportación o reunir firmas para la reforma migratoria, estás presenciando una pequeña muestra de activismo social. Twitter no sirve para debatir pero yo he hallado en ocasiones conversaciones más estimulantes en Facebook que en una redacción o el ámbito donde arreglamos el mundo, los bares.

Nagari. Si uno lee tu obra y estoy pensando en libros como Sam no es mi tío, Joseph Stiglitz detiene el tiempo o uno de tus más recientes como es el caso del Último comunista en Miami encontramos temas que son una constante como la migración, la desigualdad ¿Consideras que el español es el vehículo adecuado para difundir estos mensajes dentro de los Estados Unidos o también existe el proyecto de traducir estas obras al inglés?

Diego Fonseca. El español es el adecuado para quienes hablan en español, pero si quieres audiencias mayores —y creo que todos las buscamos—, hoy el camino es el inglés. Me encantaría que se traduzcan, claro. El otro asunto es ampliar la lectoría en español. Creo que será progresivo. Ahora, no sé qué español será, pues en una sociedad de formación cultural anglo el sincretismo lingüístico está creando una especie nueva, otro animal lingüístico cuyo ADN todavía no está claro. Es natural, por otro lado, porque si el valor de un lenguaje, su capacidad de decir, está en el uso, nada más basta mirar el español de hace 500 años y el actual para notar que también son animales disímiles así pertenezcan al mismo tronco lingüístico.

Nagari. Tus textos tienen una fuerte carga autocrítica que no resulta muy común, estoy pensando por ejemplo en tu artículo Cómo compra un progre ¿es ésto una disciplina al momento de escribir o surge de forma espontánea?

Diego Fonseca. Todo periodista y cronista —todo escritor— es una persona muy corriente: la misma fisiología, la misma cantidad de sangre que el verdulero de la esquina. Metemos la pata a menudo: es lo que nos define como humanos. Por lo tanto, cuando encaras una historia, te pasa lo que pasa a muchos: estás seguro de ciertas cosas, dudas de otras, te equivocas en algunas interpretaciones. El contrato de lectoría, digo yo, exige que te humanices si vas a narrar en primera persona. Entonces, si yo soy protagonista del texto, la autocrítica es, si quieres, una decisión ética antes que metodológica: si el texto me implica a mí, debo mostrar mis errores y vacilaciones. Por lo demás, soy bastante autocrítico y casi siempre no me gusta lo que escribo. Si algo tengo sobre mis textos es cariño y peros. Hay mucho de obsesivo, que lo soy. Me baño siempre del mismo modo, me visto siempre del mismo modo, sé dónde debe ir cada cosa en mi escritorio, y no me gusta que las cosas se hagan a medias. Por supuesto, a veces bajo la guardia. Hace nada volví a escuchar una entrevista en PBS a David Foster Wallace donde recordaba que, si tu fidelidad al perfeccionismo es muy elevada, nunca harás nada. Pues eso, después de la autocrítica debe venir la búsqueda del mejor modo de contar las cosas y, finalmente, cerrar los ojos: enviar el texto, dejarlo ir, releerlo poco y nada para no redescubrirse las torpezas. El precio de la autocrítica es que a veces debes decir basta para hacer algo más.

Nagari. En tu libro El Último comunista de Miami somos testigos de una sociedad miamense bajo la lupa de la burbuja inflacionaria, visto a la distancia ¿Cuál es ahora el Miami que se encuentra en tu memoria y el que a la distancia eres testigo ahora?

El último comunista de MiamiDiego Fonseca. Bueno, “El último…” es una reedición de “South Beach” corregida, recortada y con un relato nuevo, y como es un libro de ficción me ha permitido modificar cosas. Es la ventaja de la ficción: tiene las puertas abiertas a mucho juego. La no ficción es caminar en un pasillo con puertas con luces rojas: debes mantenerte en el pasillo de los hechos, pues tras esas lámparas, hay un desvío a la invención. Con esto quiero decir que mi lectura periodística difiere de la ficcional. En ese plano, Miami todavía no levantó cabeza por completo de la crisis; especialmente el mercado inmobiliario está tratando de sacar el excedente de unidades y todavía no está claro si eso será en los próximos tres o cinco o más años. Pero la gente vive más allá de la crisis y Miami es una ciudad muy vibrante que sabe cómo cerrar puertas con focos rojos. No tengo dudas de que resurgirá con más brío.

Nagari. Para finalizar dos preguntas una en serio y otra un poco a broma.

¿Cuál es el próximo proyecto de Diego Fonseca?

Diego Fonseca. En este instante, trabajo en la edición de un libro con cronistas veteranos en el que miramos América Latina a cuarenta años del golpe de Pinochet en Chile. Estoy terminando el primer borrador de un libro de no ficción sobre migrantes y millonarios, dos vidas paralelas, que viven en el mismo edificio que yo, en Washington. Después de la publicación como ebooks de “Joseph Stiglitz…” y ahora de “El último comunista..”, en breve sale a la venta, en papel y electrónico en Estados Unidos y Canadá, “El azar y los héroes”, que recupera parte del material de “South Beach” y también incorpora material nuevo.

Nagari. Y como argentino si ya tienen, Reina, Papa, Ídolos del Football, el Hombre Más Interesante del Mundo ¿Cuál es tu predicción respecto a la próxima frontera por alcanzar por parte de alguno de tus compatriotas?

Diego Fonseca. Dada esa enumeración, nuestro destino manifiesto parece ser la dominación universal. Somos marcianos, por si no lo sabían. Y fracasaremos.

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