MUJER DE MAÍZ. Xalbador García

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I

 

Tenía 10 años y unos ojos donde se habían quedado estancadas dos lunas siamesas. Su cabello era negro y liso, lo supe tiempo después, porque de niña siempre la veía con trenzas. De su piel nacía el recuerdo de la suavidad y la perversión de la noche. Olía a maíz. Me le acercaba despacio, sin que lo notara, para percibir su aroma. Posiblemente fue la primera vez que conocí el deseo.

Emilia me llevaba a comer tacos acorazados sobre la calle No reelección, afuera del Pasaje Tajonar. Mujeres provenientes de las comunidades indígenas del sur de Morelos tendían su puesto en la banqueta. Arroz, guisado, salsa de aguacate y dos tortillas hechas a mano pueden salvar del infierno a cualquiera. En ese entonces yo tenía tal vez cuatro o cinco años. Esa niña me doblaba la edad. Hija de alguna de aquellas mujeres, me acariciaba el rostro o me daba palmaditas en el cabello.

Yo trataba de aproximarme al olor a maíz tierno que se escondía bajo su falda, a veces roja, en otras ocasiones azul. Nunca le vi las piernas o no lo recuerdo, pero siempre las pensaba con la misma fragancia. Me gustaba creerlo. Posiblemente fue la primera vez que conocí el deseo y también el misterio que guarda cualquier cuerpo de mujer.

 

II

 

Años después en el camión de la ruta cuatro volví a verla. No pasaba de los diecinueve. Iba de acompañante de un microbusero joven e imbécil. Me lo pareció así, porque en ese momento quería ser él. Tomarla del brazo, acariciarle el vientre mientras subía el pasaje, rozar una de sus nalgas como por descuido y que ella sonriera. La música a todo volumen. Creo que se escuchaba una guaracha. Quise partirle la madre por culero y por envidia.

Ella ya no usaba trenzas. Sólo un pantalón de mezclilla verde, entallado, que combinaba con una blusa corta y unas zapatillas igual de vulgares. Estaba sentada en el asiento justo detrás del chofer, para que él pudiera seguir con su ritual de manos sin esforzarse demasiado. Me le acerqué justificado por el sobrecupo del camión. Casi cuatro cuadras antes de bajarme, pude tenerla a mi lado. Mi uniforme de secundaria acentuaba la inocencia del acto. Toqué su cabello y percibí el rumor de su cuello. No olía a maíz, sino más bien a un perfume demasiado dulce, barato, que me mareó. Ni siquiera pude masturbarme esa tarde, cuando regresé a casa, y traté de recordarla. El tiempo no es más que pudrición con olor a tedio.

 

III

 

Con algunos amigos, ya en los primeros años de la universidad, caminábamos por Aragón y León, para ver a las prostitutas de la zona. Algunas tenían un encanto perverso en sus rostros, donde guardaban los vestigios de una niñez apenas abandonada. Otras invitaban al libertinaje con atuendos sucios de tan extravagantes. Las más sonreían como por encargo. Nada decían, ninguna propuesta, sólo estaban ahí paradas sosteniendo el tiempo con sus cuerpos en renta.

La vi, entre otras putitas, carcajeándose. No podía tener más de 25 años. Fumaba y reía. No miraba a los clientes. Su cuerpo había cambiado, pero aún recordaba rasgos de su delgadez. Su mayor mérito, o el que ella se esforzaba en subrayar, eran unas caderas relucientes, resultado de por lo menos un parto. Morena, desinhibida, con zapatillas rojas que le quedaban chicas. Desee verla desnuda a media mañana. Cuando intenté acercarme, pasó un hombre gordo y viejo en un Cadillac y se la llevó. Quise pensar una maldición contra la pinche vida, pero sólo me concentré en sus labios y en su carne de oro. Nunca pude saber si aún conservaba el olor a maíz.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo.
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años.
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra

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