MIAMI BLUE: ESTELA. Xalbador García

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Vivía en el último departamento del primer piso. Su ventana permitía ver el crecimiento de la vegetación del patio trasero, ahí donde los mosquitos de zica se acumulaban alrededor del cuarto de servicio. La blancura de su piel se tornaba transparente por los años, dejando ver las venas marchitándose a cada hora.

Estela se paraba frente a la ventana. Veía a Angie fumar mariguana. Veía a los hondureños tras de la cerca recibiendo clientes en su casa, mientras escuchaban canciones de Vicente Fernández o Juan Gabriel. Veía a Lucía llorando en la mesa de jardín, roída y degradante, luego de haberme visitado. Veía cuando yo llegaba a lavar mi ropa y entonces salía a saludarme de casualidad.

Me dijo que era cubana, que había vivido muchos años en México con su marido mexicano. Son muy fuertes y trabajadores ustedes. Se trataba del primer halago que escuchaba sobre los mexicanos desde que había llegado a Miami. Su argumentación me parecía una pendejada que alimentaba mi desprecio por la figura de Estela. Pero tenía que convencerla de contarme todo lo que viera sobre los hondureños. Me hice su amigo.

Me contó sobre la sombra de ese esposo que imaginaba como un charro al estilo Jorge Negrete, cuando en realidad había sido un obeso y feo chofer de camiones en Toluca que la golpeaba día tras día. Llegaba a su casa y la cosía a puñetazos en el rostro. Estela estaba impedida para cerrar bien la boca por las fracturas que padeció en las mandíbulas. No había rastro de belleza ni de juventud en aquella piel, desteñida y blanca, que andaba en búsqueda de los más próximos para contarles una historia de amor que nunca existió.

Por las constantes lesiones tuvo que huir de México rumbo a Estados Unidos, donde hace más de 20 años había encontrado las delicias de la ley de ajuste. Dos hijos le sobrevivían con el marido en México, pero nunca los había vuelto a ver. Tenía miedo de volver, me confesó una noche de tequilas. La pérdida de dos países, de dos hijos, le impedían conciliar el sueño por las noches. Contra la desesperación del insomnio, cocinaba comida mexicana. El sabor del picante atenuaba su doble exilio.

Por las mañanas tocaba a mi puerta con un plato de chilaquiles con queso y crema centroamericana. Me convidaba el desayuno porque le recordaba a sus hijos, a una tierra donde los muertos viven más tranquilos que los vivos; porque le recordaba la promesa de una vida al lado de un hombre bueno, como aparece en la películas mexicanas con las que creció en La Habana.

Le agradecía respetuoso y siempre la invitaba a pasar. Sabía que nunca aceptaría entrar al departamento de un hombre soltero. Otras épocas, otras costumbres. Cuando se marchaba Estela, inmediatamente tomaba el plato y lo tiraba en la bolsa de plástico negra donde también había depositado jeringas y ligas de los clientes. Me causaba repugnancia pensar que esas manos, nutridas por los años de pobreza, podrían haber preparado algo que tuviera que comerme. Tan sólo hay algo peor que la miseria, y es el olvido. En Estela se conjugaban las dos. Sus hijos la habían olvidado, su familia en Cuba la había olvido, su marido la había olvidado, porque desde hace 20 años vivía con su nueva mujer y sus nuevos hijos en Toluca, el lugar de donde Estela había salido para salvar su rostro y los sueños.

¿Te gustó el platillo? Sí, Estela, me gustó mucho, pero ya no te molestes en convidarme la comida que hagas, que me estoy poniendo gordo. No te preocupes, mexicano, que yo disfruto cocinar sabiendo que por lo menos hago feliz a una persona en el mundo con mis manos. Veía las venas, los dedos delgados, las uñas largas con rastro de mierda. La ventana, Estela, la ventana. No se te olvide que debes estar atenta al barrio. Ese es el mayor favor que puedes hacerme. Y entraba a su departamento y ahí se quedaba mirando el tiempo irse opacando por las tardes.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan). 
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo. 
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años. 
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog vientre de cabra

 

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