MIAMI BLUE: Alberto II. Xalbador García

Compartí con el viejo algunas palabras agonizantes entre ron y habanos. Eran auténticos, me aseguró. Al barbero que se los compraba se había dedicado por años a traficarlos desde la fábrica H. Upmann del Cerro, en La Habana. Por las tardes de heridas naranjas en el cielo de Miami fumábamos en el balcón del segundo piso que daba a la calle. Sabíamos que eran las horas de tregua.

A lo lejos, la noche iba devorando la ciudad, mientras los dos podíamos disfrutar el armisticio compartiendo la extraña sensación de la compañía. Como yo, Alberto era un sobreviviente de un país bañado por la desgracia. Salimos huyendo, no para salvarnos, sino para retrasar la agonía. El olor a tabaco y la ensoñación de la lengua, al ser rozada por el alcohol, subrayaban la pasividad de la espera. Ya vendrán, recordaba Alberto. Ya vendrán por nosotros. La frase se le volvió mantra en las noches en que se le fugaba el sueño.

A su partida había un rumor de nostalgia por esas tardes. A diferencia con los otros viejos, la repulsión hacia Alberto estaba matizada por la conciencia de compartir la espera de las sombras. Tal vez por la cercanía dejé sin revisar sus cosas algunas semanas. Las despedidas toman formas insospechadas. Me dediqué a los libros y a las páginas de Jaia con las que ella había formado la Antología de los Insomnes. Las visitas de Lucía empezaron a hacerse rutinarias, con toda la insipidez que tiene el sexo cuando se vuelve habitual, y Angie no dejaba de buscarme para intercambiar mariguana por la información de los hondureños que, me aseguraba, cada semana hablaban más sobre mí.

Me laceraba el automatismo de los miserables. Se volvió un fardo el tiempo recortado por las necesidades diarias que eran las mismas del día anterior y del día anterior. Posiblemente Alberto podría salvarme del derrumbe cotidiano. El sondeo de su intimidad trajo la lobreguez a mi propio piso. La fascinación y el asombro que existen en la impureza siempre asustan al principio. Luego ese malestar se va volviendo incómodo y por último soportable. Pensé que las fotografías de los niños en su álbum familiar correspondían a los nietos de Alberto hasta que llegué a los recortes de los periódicos.

En las notas de El Nuevo Herald se hablaba de la colonia de depredadores sexuales que el condado de Miami-Dade había establecido bajo el puente de Julia Tutlle. Cada uno de los exconvictos llevaba un grillete electrónico en la pierna que le permitía a las autoridades vigilarlos durante el toque de queda: no podían abandonar el campamento entre las 10 de la noche y las 6 de la mañana. Durante años las casas de campaña empezaron a incrementarse y fue necesario trasladar la colonia a una zona industrial cercana a Hialeah.

Era complicado mantener la dignidad en la pequeña población donde no contaban con agua potable y, en sus primeros años, ni siquiera había letrinas. Los depredadores sexuales vivían restricciones absolutas. Si pretendían mudarse tenían que hallar una residencia a 300 metros de distancia de escuelas, kindergarten o paradas de autobuses. Por la normatividad me sorprendió que Alberto pudiera haber vivido por años en nuestro edificio, tan cercano a escuelas y con una parada de autobús casi enfrente. En la página “Miami Dade County Sexual Offender & Predator Search” (https://gisweb.miamidade.gov/sexoffenders/) se presenta un mapa donde pueden rastrearse muy fácilmente a los infelices cuya existencia está asfixiada por el grillete.

La fotografía de Alberto caía sobre el 1553 South West 16th Avenue. Nada se hablaba de los delitos cometidos, como tampoco de su peligrosidad. La imagen mostraba a un anciano rubio, de ojos almendra y cabello apenas susurrado en una calvicie llevada dignamente durante las últimas décadas. A diferencia de lo que plantean las teorías decimonónicas, es lascivo comprobar que la maldad no tiene características faciales. El engaño es su máxima proeza. En las pupilas de Alberto nunca logré ver las sombras a pesar de que las sombras siempre habían estado en nosotros. Las suyas, lo llevaban a compilar retratos de los niños que Alberto había elegido como presa.

© All rights reserved Xalbador Garcia

XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan). 
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).

Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la CulturPoesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años. 
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra

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