MI X. Jorge Santa Cruz

Así lucía. Así me hacia creer—o le di lugar a dudas. Todo tiene lugar a dudas en mi, a todo le doy la oportunidad y así dejé el placer entrar por la ventana de este 21 piso. Las dudas se concretaron cuando la desvestí. Las dudas ya no eran dudas. Ya no son dudas. 

Mi X me saqueó quien es ella hoy en mí. Ella sabe donde ir, que oír y leer, que escuchar, que apreciar, que saborear y como, gracias al saqueo; ahora trabaja con un objetivo, el que no transcenderá. Ella sabe más ahora porque no le hice caso a mis dudas. 

Mi X y el área de la Avenida de Brickell me dieron un lugar para escribir, como también un mar de dudas cuando no pude escribir más. Allí nacieron mis novelas Burrowing for Abyss y Jamás Será. Allí por poco no crecen. 

Mis dudas encontraron nicho en los elevadores del The Plaza on Brickell. Ellos me enseñaron los perros más feos con dueñas de cuellos lizos, pero años que no pudieron burlar con caras tan amargadas de lo mismo—de ascensores que bajan dinero robado de otros países. Aquí no se vive: los restaurantes cierran temprano y si tomas una copa a las 3 p.m. interactuaras con la cara antipática de la barman—luchando para pagar su próxima cirugía del tip. 

Todas estas mujeres de semicírculos dibujados y de líneas desgrasadas no obedecen al código genético que nos une—o la selección natural que se ajusta mi creencia. El futuro de la humanidad no tiene apariencia bella, por lo menos no lo tendrán al nacer, ya que los hijos no serán hijos de la compatibilidad de la belleza natural. El código ha sido burlado.  

Para que hablar de mi X, sin una dentadura completamente natural, senos que colgarían hasta su cintura si no fuese por esos viajes a Latinoamérica en busca de un bisturí, una cintura con más marcas alrededor de las caderas que una línea discontinua—todo esto fue descubierto con el desgano de su luz ante la noche, cuando la ciudad, la de tu alma, me hizo una seña al ponerla a dormir con tanto maquillaje tan temprano. 

Así que me encerraba en una esquina del apartamento a la hora de escribir—el lugar más céntrico de todo Miami—lo que siempre he buscado, lo que todo escritor desearía: una burbuja en el cielo con el Downtown de Miami a mi izquierda y la bahía de Biscayne a mi derecha. El apartamento de paredes de cristales. Desde allí, me enamoré de una isla a lo lejos, que no tiene nombre y es del tamaño de mi cuarto. No quise ni nombrarla, ni proclamarla mía. No quise ni tocarla, como a los pies de mi X—estaba perdido en ese código artificial que en ella se pregunto tanta veces por que le profesaba tanto amor a sus pies. 

No saben de nada, y si no fuera por las cirugías—para hablar claro—, no tendrían en que gastar el dinero. 

Quizás por eso, en Borruwing for Abyss, el apartamento del 21—como nos referíamos con mis amigos— lo detonan. En Jamás Será, Brickell es una ruina. 

Mientras tanto espero que disfrutes de tu estética solitaria. Hasta que no expandas tus noches con goce y no te apague el poco consumo metropolitano, solo hasta entonces te daré minutos antes que amanezca. No es una condena, pero sabes que me escondo del sol sobre esa isla, donde acaricio tus pies cuando porque no estás, mientras tu desgasta tus años para que otros los repare. Mientras tanto, mientras sigas luciendo así, no serás más que mi X.  

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Jorge Santa CruzJorge Santa Cruz es habanero. Graduado de periodismo en la Florida International University, escribe novelas de ficción (no lineares) tanto en español como en inglés. Su website es www.jscruz.me

 

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