METRÓPLIS. CULTURA… Y MUERTE A TRAVÉS DEL ÉXITO. Eduard Reboll

Independientemente que hayas nacido en un pueblo o una villa, cualquiera de nosotros pertenecemos a una ciudad de cualquier país del mundo. Sea por su acercamiento a tu lugar de origen o, simplemente, porque eres un habitante donde desarrollas tu trabajo, tu ocio o tu vida familiar. Si has nacido en ella, es decir, si has construido en tu niñez un mundo de fantasías junto a una calle, has jugado a muñecas en el balcón con la vecina de abajo o simplemente un partido de futbol con dos latas de tomate como portería… entonces habrás vivido su evolución: el crecimiento del barrio, la mejora de una plaza con más bancos de madera, el parque con más flora y árboles nativos, las casas o edificios insólitos que dan singularidad a tu lugar de nacimiento o, simplemente, la venida de gente nueva de distintos países, formarán parte de ti.

Cada urbe tiene su poética en sí misma que la hace única y distinta de sus contiguas en este pequeño universo llamado Tierra. Su arquitectura y las sombras que crea al mediodía. Sus monumentos. El público infantil que la habita con juguetes y preguntas. Las peluquerías, tiendas de ropa o alimentos. Cafeterías, bares y restaurantes propios que crean cuadros humanos de sus habitantes ejerciendo uno de los dos verbos más primitivos utilizados en grupo: comer y beber. Los ancianos arremolinados en sus respectivas sillas tomando el sol en invierno. Transeúntes cruzando el paso cebra y acelerando su marcha -algunos- para no llegar tarde a su oficina. Avenidas y paseos interminables. Los bañistas, cuando el mar forma parte del paisaje. O la excursión por el monte cercano, cuando tu ciudad está en el interior del país. La catedral, el museo de arte clásico o el más contemporáneo. Las iglesias, mezquitas, sinagogas, o templos religiosos que acogen al Supremo o la espiritualidad que, por el hecho de ser sujetos, llevamos inherentes en nuestro ser hasta la muerte.

La ciudad de las personas. La ciudad de los animales de compañía; la del gato en el tejado o el ladrar hacia la nada de tu perro en una acera. Las fuentes, el agua de mar o la del río que la cruza. El mercado, el supermercado, los centros comerciales de principios de este siglo. Los automóviles bajo el tráfico de regreso a casa, la ciudad de los barrios. Fotografías humanas de un espacio que uno lleva bajo sí, allá donde vaya. Tu ciudad; la mía, la que visitas en tu periodo de vacaciones o la nueva donde ahora estás ubicado huyendo de la miseria o la dictadura que ejercita tu país donde has emigrado.

Quién no juega a medir su tamaño bajo la Torre Eiffel en París mientras contempla lo férreo de su estructura y el azul del aire. Acercarse al Támesis junto a los pequeños barcos mercantes y atravesar la metrópoli de Battery Sea a Canary Warf. Coger el transbordador para trasladarte a Ellis Island por el Hudson, sólo para averiguar el origen de tus antepasados en EE.UU. Pasearte cerca de la catedral de México y contemplar la grandeza del Zócalo ondeando su inmensa bandera tricolor en el centro. El Caribe desde el malecón de la Habana, acercarse a la brisa y a su espuma mientras el claxon de los bici-taxis llaman a los turistas.

La sensación de creer que Ben-Hur está corriendo con su carroza de caballos blancos delante de ti junto a Mesala, en el anfiteatro de Roma o simplemente arrodillarse en la inmensa alfombra roja de la mezquita del príncipe Suleyman en Instanbul para cumplir el precepto a la caída del día.

Ciudades de atracción y vida cotidiana que las singularizan según sus costumbres y cultura ancestral. Según su historia, su desarrollo económico o incluso… lo decrépito de su hoy.

Una vez trazada las líneas de su cultura, vayamos al punto dos. La muerte.

¿Puede morir una ciudad? Sin duda, desde la destrucción hay ejemplos a lo largo de la historia. Desde la incógnita de Troya en Turquía, Memphis en Egipto, Babilonia en Irak, Petra en Jordania o sin ir más lejos la destrucción de Berlín en la II Guerra Mundial. ¿Hay otras causas? Sí, el éxito. Este calificativo también puede arruinar una urbe como icono. Lo está haciendo hoy el turismo desmesurado con espacios tan acogedores como lo ha sido Lisboa u Oporto. Aquellos hermosos tranvías, por ejemplo, ya no recorren los montículos desde su función originaria. Van llenos de hombres y mujeres con gorritos y gafas de sol vomitando onomatopeyas como Uauuu… interesting mientras se hacen un selfie. Pasa con el París de hoy y su incendiada Notre Dame como atracción lúgubre y las colas kilométricas para subir a la Torre Eiffel. El Nueva York de la Estatua de La libertad y su gentío imparable desde Wall street. No hablemos de la sitiada Venecia y su mito romántico ahogado por la muchedumbre arropada en mil góndolas. La Roma de los hábitos negros en la calle y los obispos de cualquier diócesis del mundo, queriendo entender el por qué Dios le acerca su índice a Adán completamente desnudo en la Capilla Sixtina. Sus innumerables autocares, cerca de la Plaza San Pedro. El Papa congregando infinidad de fieles en sus homilías.

 

Hoy a 41º C/105º F, Barcelona es un cúmulo de maletas por doquier. Aquella iglesia que mi abuelo me decía que su gracia radicaba en que no iban a finalizar jamás las obras: hoy es, nunca mejor dicho, un santuario de hombres y mujeres con manga corta y sombreros para cubrirse del sol. Es decir, una Pública Familia que ha perdido lo holístico y el misterio de su arquitectura. Las Ramblas ha menospreciado su origen de paseo y bien pudiéramos compararlo con un Macy’s de objetos turísticos. El barrio gótico, un Disneyworld de menor calidad que el de Orlando… yo voy a seguir hacia el cementerio.

Apliquemos en nuestras próximas vacaciones el turismo sostenible urbano que intenta modificar el impacto ambiental y dar sentido a tu viaje. Introduzcamos el concepto de turismo solidario para que a la vez que disfrutamos de la estancia, un tercero se beneficie de tu visita.

Hagamos que prevalezca la vida sostenible para que el éxito no incite, a que la ciudad donde resides o hayas nacido, se encuentre pronto bajo un epitafio imborrable sobre un mármol.

Recuerden, no solo una guerra puede destruir un territorio también el éxito bajo su ego puede convertir una ciudad en un cadáver.

Amén.

 

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

 

 

 

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