MEDEAS. Silvia Arazi

Publicado el

Estoy sentado en el jardín de mi casa, solo.

Son las ocho de la noche de un martes caluroso de marzo. En esta época del año me gusta sentarme un rato en el jardín al volver del trabajo. Hay un silencio especial, los árboles se ponen azules, y esas flores, que Isabel llamaba Dama de Noche, exhalan un perfume intenso como el de una mujer que se prepara para ir a una fiesta. Nuestra gata Albertina se refriega contra mi pantalón mientras yo miro fotos.

Esa mujer con pelo castaño y zapatillas de tenis que ven en la foto es Isabel. El hombre que está parado a su lado y sonríe, soy yo. Albertina apoya sus patas blancas sobre mis rodillas y se estira para poder mirar la fotografía. Creo que mi gata sabe lo que pienso. Esa chica castaña, menuda y con esos ojos increíblemente expresivos, es Isabel. O mejor dicho, era. Si miran con atención esa cara, podrán ver en ella cierta cualidad mutable; como si estuviera constituida de una sustancia que le permite desarmarse y volverse a armar en un diseño diferente.

¿Cuándo fue que Isabel comenzó a cambiar?

El lunes empiezo, dijo un día. Yo le dije está bien, pensando que se trataba de algo sin importancia, aunque lo más probable es que en ese momento no pensara en nada. Estaba demasiado acostumbrado a escucharle decir esas palabras. Empiezo el lunes podía significar cualquier cosa: desde el comienzo de la inefable dieta de la luna hasta una de sus amenazas típicas. Las amenazas típicas de mi mujer tenían que ver con empezar el lunes a tirar mis papeles del escritorio o mi colección de discos de vinilo alemán. El lunes empiezo a tirar, decía ella con su notable capacidad de síntesis. Pero esta vez no era ese furor por el orden que ataca a las mujeres de tanto en tanto, ni una dieta nueva lo que la había llevado a decirme lo del lunes.

Era otra cosa.

—Empiezo teatro —dijo sentándose en el borde de la cama. Cerré el libro que estaba leyendo.

—¿Qué? —pregunté, asombrado. Albertina también la miró. (Es notable la presencia de Albertina en los momentos claves de nuestro matrimonio.)
—Teatro —repetí. No podía imaginar a Isabel estudiando teatro, exhibiéndose gritando y llorando delante de treinta personas.

—Me lo sugirió Santillán —dijo mientras acariciaba a la gata—. Me dijo que sería beneficioso para mi cosa fóbica, y además es fundamental que encuentre algo mío, un espacio propio, que sea sólo mío.

No sé por qué, pero cuando dijo lo del espacio propio me clavó una mirada del tipo Daga En El Pecho. Yo resistí la daga todo el tiempo que pude y contesté impasible:

—Me parece bien.

—Santillán me sugirió que empiece lo antes posible —dijo.

Cuando me habló de la sugerencia de Santillán, supe que lo suyo era una decisión irrevocable. Las sugerencias de su terapeuta se parecían a las sugerencias de la Policía Federal Argentina: sin opción.

Al volver de su primera clase se plantó en el medio del living y dijo:

—Sergio.

Dejó el bolso sobre la mesa y se sentó sin dejar de mirarme con una especie de éxtasis purísimo.

—No sabés qué genial fue la clase de teatro.

Se soltó el pelo y se lo peinó con los dedos. Tenía puesto un suéter mío que le quedaba enorme. Apoyó las piernas extendidas sobre una silla y prendió un cigarrillo.

—Fue maravillosa —repetía, moviendo la cabeza de un lado al otro—. Nunca creí que yo pudiera hacer algo así. Me sentí libre, feliz… Estoy harta de mi aislamiento. Me dijo Santillán que ya era hora de que expulse mis miedos de una vez por todas. Y hoy, por primera vez, sentí que puedo… Vos te das cuenta de lo importante que eso para mí.

—Ahá. Tiráme un cigarrillo.

—Lo increíble es que me integré enseguida con el grupo.

—Cuántos son.

—Seremos… unos quince, más o menos.

—Y qué hicieron en la clase… ¿Shakespeare?

—Si pensás ironizar no hablo más.

—Para nada, me interesa.

—Bueno, primero hicimos ejercicios de relajación y de respiración, y después un trabajo para conectarte con el compañero.

—De qué tipo.

—El ejercicio del árbol y el reptil. Te explico: uno de nosotros hace de árbol, y el otro repta.

—No entiendo.

—Mientras el árbol se queda parado, sin hacer nada, el reptil —Isabel dibujó un espiral hacia arriba con la mano—, repta… se enrosca en el otro, ¿te das cuenta?

—Sí. ¿Y vos qué eras?

—Árbol.

—Entiendo —dije huyendo hacia la cocina.

 

Al principio los cambios fueron mínimos, imperceptibles: algunas palabras nuevas, algunos gestos que nunca le había visto antes. Después fue el tema de la alimentación. Nuestra alacena se pobló de mijo, de cebada, de arroz, de avena, de trigo burgol. Al poco tiempo Isabel cambió la disposición de los muebles, los cuadros, las cortinas del living y llenó la casa de palmeras y palmeritas. Súbitamente se hizo lectora de la obra de Beckett y furiosa defensora de la estética de Win Wenders. Pero nada le gustaba más que pasarse horas hablando de las distintas lecturas de El Sacrificio, de Andrei Tarkovsky.

Creo que empecé a preocuparme el día en que Isabel se cambió el color de pelo. Tengo la convicción de que hay profundas y misteriosas razones en el hecho de que una mujer se cambie su color de pelo. Cuando entró en casa agitando su flamante cabeza de color limón supe que algo serio estaba pasando.

Me explicó sus razones con una teoría rarísima acerca del pelo castaño.

—Lo estuve charlando con Santillán durante la última sesión de terapia —dijo—. Ser castaña toda la vida tiene que ver básicamente con el miedo: miedo al riesgo. Es como estar en punto muerto, mirando la vida desde un rincón. No es lo mismo ser castaña que tener el pelo negro, ser rubia o pelirroja. De chica me moría de envidia cuando veía a mi prima Susana con su pelo colorado fuego y esas terribles minifaldas. Sin embargo, yo siempre ahí… castaña y con el primer botón de la blusa cerrado. Castaña y discreta como una maestra ciruela.

Después de la teoría del pelo castaño, Isabel se me acercó. Se sentó sobre mí con las piernas abiertas y comenzó a besarme apasionadamente. No sé por qué, pero me sentía raro, lejos de mí, como si fuéramos actores representando una escena de amor para alguna telenovela venezolana.

Me llevó a la cama y me sacó la ropa. Me pidió que la esperara unos segundos y volvió vestida con un vaporoso camisón largo que jamás le había conocido, y dos velas blancas. Mientras encendía las velas y las ubicaba estratégicamente en el piso, me dijo algo que no recuerdo bien acerca del sexo y la energía sexual. Dijo algo así como que era una energía exquisita y sutil, generalmente malgastada.

Se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas y, tomándome de las manos, dijo en voz baja:

—Ahora respiremos juntos, Sergio. Inhalemos y exhalemos como partes de un solo cuerpo.

—Estás loca, Isabel.

—No te cierres, Sergio. Hagamos la prueba.

Mientras respirábamos al unísono, yo me sentía embriagado. Tal vez fuera por la irrealidad de la escena, por la luz de las velas que le prestaban un temblor dorado a todas las cosas, o por el perfume de la Dama de Noche de nuestro jardín. Yo inhalaba y exhalaba con esa mujer a quien un largo mechón de pelo amarillo le tapaba un ojo. El otro, me miraba entrecerrado por una mística sensualidad.

Tuvimos algunas sesiones nocturnas de encuentros tántricos; la Rubia Sacerdotisa me parecía sexy y encantadora, pero el juego estaba empezando a aburrirme. Cuando se lo dije tuvimos una áspera conversación acerca del significado del acto amoroso.

Las cosas se agravaron cuando los compañeros de teatro de Isabel vinieron a ensayar a casa. Al principio una vez por semana; después dos. Había que reforzar los ensayos, decían, porque tenían que aprender una obra para un festival de Teatro Off (lo llamaban así, igual que al insecticida). La pieza que iban a representar era la Medea de Anouilh en versión libre de Teresa Linares Frers, la profesora de teatro de Isabel. La acción, en la versión de Teresa Linares Frers, transcurría en la época actual. Utilizaban música compuesta por Gurdjeff y el personaje de Medea estaba desdoblado en cuatro. Isabel era una de las Medeas, la otra era una cubana: Mizaida (hola, chico, cómo es que tú estaaaaás…, me decía con un acento cálido como el de un bananero); la tercera era una flaquita con una expresión de miedo perenne. La cuarta Medea, era un hombre: Aníbal. Todas ellas representaban diferentes yoes de la protagonista, y Aníbal, simbolizaba su parte masculina.

Cuando tenía ensayo me encerraba en mi escritorio, pero mi trabajo se veía interrumpido repetidas veces por gritos y susurros, risas, o por larguísimos monólogos trágicos. Le pedí a Isabel que trataran de buscar otro lugar para ensayar. Necesito silencio para trabajar, le dije. Me respondió que este proyecto era muy importante para su crecimiento personal y que el estudio de Teresa Linares Frers estaba ocupado por el momento. Finalmente, se decidió que ensayarían los jueves en casa y los lunes en el departamento de Mizaida.

 

Un jueves yo estaba leyendo en mi habitación. Tenía sed. En realidad, bastaba con ir hasta la cocina y abrir la heladera, pero me frenaba un poco el hecho de que para llegar hasta allí debía atravesar el living y las Medeas. Tomé coraje. En ese momento mi mujer estaba parada con las piernas abiertas y los brazos en alto:

—Escucho mi odio… ¡Oh, fuerza perdida…! ¿Qué había hecho de mí, nodriza, con sus grandes manos calientes? Bastó que entrara en el palacio de mi padre y que posara una mano en mí. Diez años han pasado y la mano de Jasón me abandona. ¿He soñado? Soy yo, Medea… (En este punto la Medea Aníbal, que estaba arrastrándose por debajo de la mesa ratona, la toma de los tobillos.) ¡Ya no aquella mujer apegada al olor de un hombre! —gritó Isabel—, ¡aquella perra aguardando acostada! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza!, me arden las mejillas.

La flaquita con cara de miedo perenne movía la pelvis y la cabeza como si fuera presa de terribles convulsiones. Isabel se abrazó a ella y entraron en una especie de danza frenética.

La Medea Aníbal tomó la palabra:

—¡Amputada!… Oh, sol, si es cierto que vengo de ti. ¿Por qué me has hecho amputada? ¿Por qué me has hecho mujer? ¿Por qué estos senos, esta debilidad, esta herida abierta en el centro de mí misma? ¿No hubiera sido hermoso el…?

En ese momento reparé en la Medea Mizaida. La cubana fumaba con boquilla, sus largas botas rojas apoyadas sobre el sillón. Dos botas rojas sobre mi sillón.

—Hola, chico, cómo es que tú estaaaaás —dijo al verme.

—Me sentiría mucho mejor si sacaras los pies de mi sillón —dijo mi voz.

Las Medeas me miraron con los ojos en llamas.

—Además —dije mirando a mi mujer—, ya son las dos de la mañana.

Cuando Isabel vino a acostarse se sacó la ropa sin encender la luz. Prendió un cigarrillo y se sentó en la cama.

—Lo que hiciste me pareció horrible —dijo—. Una falta de respeto total. Una falta de respeto hacia mí, hacia mis compañeros, y hacia mi trabajo.

—Perdón, pero acá el que trabaja soy yo, y son casi las tres de la mañana.

—Es notable que nunca le des la menor importancia a cualquier actividad que yo inicio. Para vos sólo cuenta lo tuyo. Es más importante encontrar la palabrita justa para uno de tus seminarios acerca del bla, bla, bla del discurso histórico, o descubrir cuál era la alimentación de los Cipriantos, que cualquier otra cosa. No tenés idea de lo que pasa, ni de quien soy. Y lo peor de todo es que tampoco te importa.

Me senté en la cama y yo también encendí un cigarrillo. Isabel siguió hablando:

—Vos estás convencido de que los planetas giran alrededor tuyo: como si la costura del mundo estuviera en el centro de tu cuerpo. Fijáte la manera en que te referiste al asunto de los pies de Mizaida sobre el sillón. No dijiste: sacá los pies del sillón, ni sacá los pies de nuestro sillón, no; el señor, dueño del universo, dijo: sacá los pies de mi sillón.

—Vos sabés bien que no quise decir eso.

—No sé si eso fue lo que quisiste decir, pero sí sé qué fue lo que dijiste. Realmente, la escena me pareció patética, Sergio. Es increíble cómo te las arreglás para boicotear todos mis proyectos, para denigrarlos. Pero yo cambié; te aseguro que ya no soy la chica dependiente y asustada que vos conociste. Estaba cansada de sentirme mal delante de tus amigos, de sentirme la tonta de al lado.

—Ya sé que cambiaste, Isabel, y no podría decir que para bien. A veces me pregunto si fue Santillán o esa loca de la cubana los que te llenaron la cabeza.

—Te pido por favor que no ofendas a la gente que quiero.

Nuestros cigarrillos encendidos se alzaban en la oscuridad como dos fusiles.

—Además, sabés una cosa… —siguió diciendo—. Aunque no lo creas me da pena que no puedas pensar que los cambios se deban a un crecimiento mío. ¿No te parece que eso de decir que una amiga me llena la cabeza, es casi el lugar de un hombre básico?

—Ya deberías saber que en muchos aspectos yo soy lo que vos llamás un hombre básico. Y que me siento muy feliz de serlo.

Isabel se enderezó contra el respaldo de la cama, su voz se puso opaca. Me dijo una y otra vez que estaba harta, que yo era un egoísta, un vanidoso, una persona rígida, cerrada, aburrida, un egoísta (sí, lo de egoísta lo repitió varias veces), que le parecía poco creativo en la cama, que ya no teníamos intereses en común y que pensaba que nuestro matrimonio estaba terminado.

Yo me enderecé contra el respaldo de la cama, le dije una y otra vez que estaba harto, que pensaba que se estaba volviendo loca, que el pelo rubio le quedaba espantoso, que Teresa Linares Frers y sus compañeros de teatro eran unos tilingos con veleidades de talento, que los ejercicios tántricos me parecían una payasada, que su cambio me parecía lamentable, que ya no teníamos intereses en común, y que pensaba que nuestro matrimonio estaba terminado.

Apagamos los cigarrillos, nos acostamos y nos quedamos en silencio, dándonos la espalda.

Después me dijo que le parecía mejor irse por un tiempo a lo de Mizaida, hasta encontrar un departamento donde vivir.

Le dije que me parecía bien.

 

La gata está dormida a mis pies con su carita blanca apoyada sobre mi zapato izquierdo, los ojos alargados como los de una china que duerme. Me sirvo una copa de vino chileno que traje de mi último viaje. Albertina se despierta y me mira fijo, con esos ojos suyos. Voy hasta la cocina a buscar leche para ella. Tal vez lo que veo en sus ojos no sea más que hambre.

Cuando le sirvo su comida, se abalanza sobre el plato y mueve la cabeza. Parece sonreír con sus bigotes húmedos. Me sirvo otra copa y pienso en Isabel.

Desde que nos separamos, hace más de dos meses, no volvimos a vernos. Solía mirarla cocinar desde este lugar del jardín. Me gustaba mirar su perfil, su pelo, su suave y conocida belleza doméstica. Pienso que a esta hora se debe estar preparando para la función en el teatro. Ayer me encontré casualmente con Mizaida por la calle. Me contó que la versión de Medea de Teresa Linares Frers es —para mi sorpresa— un éxito, y el trabajo de Isabel fue especialmente elogiado por la crítica. Me invitó calurosamente a ver la función y me dijo que Isabel se pondría muy contenta de verme. Le dije que por el momento no me iba a ser posible porque estaba ocupadísimo preparando un seminario. Cuando nos despedimos, Mizaida me comentó al pasar que Isabel había vuelto a su color de pelo.

La gata se para ahora sobre una de las fotos y mira fijamente a Isabel. Pienso que la extraña un poco, la pobre. En cuanto a lo del teatro, no sé, tal vez vaya una de estas noches.

© All rights reserved Silvia Arazi

SILVIA ARAZI. (Argentina 1956). Es narradora, poeta y cantante.  Su  libro de relatos “Qué temprano anochece”  obtuvo el Premio Julio Cortázar de narrativa breve. Su  primera novela “La maestra de canto” , fue traducida al alemán y al holandés, llevada al cine en el 2013 por Ariel Broitman y recientemente reeditada en 2017.  En poesía publicó: “Claudine y la casa de piedra” y  “La medianera, una novelita haiku”  (Segundo Premio otorgado por el Fondo Nacional de las Artes). Acaba de publicarse su primer libro para público infantil “La familia Cubierto”. Acaba de publicar la novela “El niño de pocas palabras”  y en breve “La separación” Actualmente reside en Buenos Aires (Argentina) y en Colonia del Sacramento (Uruguay).

Contacto: silviarazi@hotmail.com

Fotografía:   Marie Cirer

 

Leave a Reply

Translate »