LEGADOS LITERARIOS: ¿Herederos vs lectores? Luis Benítez

La pregunta por el destino de las obras literarias luego de la desaparición física de sus autores vuelve a ocupar la primeras planas de la prensa cada vez que se da un conflicto entre aquellos que poseen o dicen poseer los derechos sobre ellas y la intención de los editores por difundirlas, lo que equivale simétricamente a comercializarlas. Pero más allá de los negocios, queda el sentido final de los hechos: que ser heredero de los derechos autorales otorga al mismo tiempo el de decidir cuándo y cómo permitir la lectura de las obras o bien negarle a los interesados todo acceso a estas.

Si bien estas reflexiones sobre el asunto fueron inspiradas por la lectura de un artículo acerca de las controversias entre la sobrina nieta de Federico García Lorca (1898-1936) y el Ministerio de Cultura de España, en torno a la supuesta posibilidad de venta de los archivos del célebre poeta, valorados por la casa Christie’s en la bonita suma de 20 millones de euros (*), fue otra la inmediata asociación de ideas que me produjo la noticia.

Rememoré de inmediato lo sucedido hace unas décadas, cuando falleció un famoso y extraordinario poeta, de una provincia argentina, por más datos. Su esposa primero y su empecinado hijo después, rechazaron una y otra vez las ofertas públicas y privadas hechas para adquirir los derechos de publicación de los escritos inéditos del occiso. La leyenda habla de un arcón repleto de manuscritos, sobre el cual la viuda se sentaba con toda su generosa anatomía, exigiendo una suma imposible de abonar por una universidad local o un particular, a cambio de su firma autorizante. Ya reunida en el destino final con el fallecido esta señora, vino a tomar la posta de cancerbero el primogénito, descrito como de no menos fiero talante que la ya desaparecida cónyuge del gran poeta. Muerto hace años el unigénito, nadie volvió a saber del enigmático arcón con los inéditos.

El otro lado de la moneda fue lo felizmente sucedido con los poemas de la extraordinaria Emily Elizabeth Dickinson (1830-1886), extravagante y genial autora estadounidense, quien en vida se enojó con el mejor amigo de su padre, nada menos que su connacional el escritor, filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson (1803-1882), porque este, consciente del genio de la entonces juvenil poetisa, se atrevió a copiar uno de sus poemas y enviarlo con recomendación de publicación  a un periódico de Boston. Al aparecer por la casa familiar el padre del trascendentalismo estadounidense con un ejemplar de la edición que contenía el poema de la joven, seguro de alegrarla con la novedad, su estupor fue mayúsculo al enfrentar a una encolerizada Emily, furiosa porque no deseaba que nadie, salvo ella, leyera sus magníficas composiciones. Encerrada prácticamente en su vivienda día y noche, la gran poeta envejeció y finalmente murió de nefritis muchos años después, sin que a menos que alguien implementara métodos semejantes a los desplegados por Emerson se lograra acceder a algunos pocos, muy pocos poemas de sus poemas en toda su vida. Pero en ocasiones la inexplicable trama de las causas y los efectos juega para el lado de los lectores. El mismo año de su fallecimiento a los 55 años de edad, la más pequeña de sus hermanas, Lavinia, dio con el escondite de la Dickinson y sus obras completas. No solamente se conjugó en este caso la curiosidad de alguien inteligente -para fortuna nuestra, que somos la posteridad de Lavinia y de Emily- con la capacidad de valoración de los manuscritos que tenía entre manos; también actuó la diligencia y el tesón con los que posteriormente actuó la hermana menor, quien apeló a otros amigos de la casa, Thomas Wentworth Higginson y Mabel Loomis Todd, para que los magníficos versos de Emily vieran la luz finalmente. La edición de parte de esas obras halladas en el escritorio de una solterona ya fallecida se produjo 4 años después y no han cesado de repetirse desde entonces, consagrando a Emily Dickinson como una de las voces fundamentales del género en lengua inglesa.

En esta digresión acerca del azaroso destino post-mortem de las obras literarias, acudió otro recuerdo a mi mente. El de lo referido hace veinte años por la sobrina de otro gran poeta argentino, cuyo apellido compuesto púdicamente disfrazaremos así: V.T. Trabé contacto con esta señora de unos 50 años por mera casualidad: vino a darle clases de cierta disciplina artística a alguien de mi más estrecha relación. Cuando me la presentaron y me dijo sus apellidos -poco usuales en Argentina, por otra parte- no pude evitar preguntarle, con la mayor discreción de la que fui capaz, si guardaba alguna relación de parentesco con el gran V.T. que tanto admirábamos sus lectores y que llevaba muerto y enterrado por aquel entonces apenas un par de años. Sin inmutarse, la buena señora me dijo: “Era mi tío”, lo que me llevó a realizar otras preguntas más, felicitándome anticipadamente por mi buena suerte, al haber encontrado a alguien tan cercano a un gran poeta. Para mi mayor decepción, la dama me informó que ella -y prácticamente el resto de la familia también- se había enterado de que su tío era un poeta importante luego de su muerte, cosa que jamás habían siquiera sospechado. Insisto: la persona en cuestión tenían una profesión artística, era alguien culto, inteligente, sensible. Cuando sin mayores esperanzas pregunté por los papeles del autor desaparecido, si era posible acceder a algunos inéditos (todo escritor deja algo, poco o mucho, sin publicar, y esta posibilidad me interesaba sobremanera) la involuntaria informante me dijo más o menos lo siguiente: “vaya uno a saber dónde. Él nunca hablaba de eso. Otros nos preguntaron lo mismo. No sabemos si eso existe”.

Pensar en lo que sucederá con nuestros escritos cuando ya no estemos, hayamos dejado este mundo célebres o anónimos, es cosa -como se ve- que da mucho que pensar. Y no voy a extenderme más: saque el lector sus propias conclusiones.

(*) Ver: http://www.diariouno.com.ar/mundo/la-familia-garcia-lorca-no-quiere-vender-el-legado-del-poeta-20160501-n503758

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Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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