LEER HISTORIA. Marco Antonio Cerdio Roussell

En ocasiones  me pregunto respecto a qué debe leer alguien para tener las herramientas  necesarias para sostener una convivencia civilizada. Si la respuesta a esta pregunta en algún momento y dentro de algunas culturas implicó el conocimiento de ciertos textos sagrados (La Biblia, El Corán, El Tao Te Ching) en el momento actual remite, sí a una serie de textos sagrados, sí a algunas obras filosóficas, pero sobre todo, a obras de carácter literario. Es aquí donde aparece otra disyuntiva: el prestigio que da la lectura de obras literarias no está necesaria o forzosamente vinculado a una mayor competencia o capacidad para esta convivencia. Además, el esperar algo así conspira contra la autonomía de la obra literaria, parece querer su supeditación a un fin utilitario y parece emparentarnos con los empeños de Platón por darle un lugar al poeta dentro de su República y, en vista del éxito obtenido, prepararnos a apoyar su destierro.

Afortunadamente la enorme riqueza de lecturas que puede generar un texto permite incluso tolerar estas “malas lecturas” y autorizar la superstición de que la literatura genera buenos ciudadanos (Ya veo La Cartilla Moral de Alfonso Reyes guiñándome un ojo desde el librero). Con todo,  creo que es más fácil  generar convivencia desde la misma convivencia, desde una tradición oral y comunitaria, desde la discusión y la réplica, que desde un texto. Quizá lo paradójico de una campaña de promoción de la lectura es que se está promoviendo un placer cuando lo normal es reprimir las actividades placenteras. Con todo, la tentación de buscar otros valores (formación, información, etc.) en textos de naturaleza artística nunca cede. En paralelo, existen otro tipo de textos que, si bien nacen para cumplir una función social muy específica, son susceptibles de leerse por mero placer aunque no dejen de cumplir su objeto y generen a veces otro tipo de reflexiones. Me refiero a los textos históricos o historiográficos de los cuales, a estas alturas del partido se cuenta con muy diversos exponentes y, sin embargo, sufren, tanto como los textos literarios, ese tabú utilitario que los aleja del lector común y corriente.

En México el discurso historiográfico tiene el carácter multidiscursivo que caracteriza a las crónicas de Descubrimiento y Conquista. Leer a los informantes de Sahagún, Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Las Casas, la obra de Fernando de Alva Ixtlixóchitl, es leer tanto historia como los alegatos filosóficos y jurídicos que cimentaban cada posición frente al mundo. Más adelante, los relatos de misioneros y las relaciones de los distintos esfuerzos por reconocer un espacio físico demasiado amplio y alejado de la capital novohispana y la Metrópoli, generó nuevos textos.  Todas estas manifestaciones compartían una preocupación por el estilo, incluso por la amenidad, que todavía los coloca en un cruce de caminos, como lo puede demostrar la obra de Sigüenza y Góngora.

 De la misma manera que con Tucídides, Europa aprendió a leerse a sí misma desde un discurso más realista que el del mito, en México tenemos que llegar al neoclásico para encontrar una nueva historiografía más exigente con sus fuentes. La obra de Francisco Xavier Clavijero no sólo resulta un pilar de la historia pensada como ciencia, sino que sus polémicas con el pensamiento europeo de su época anticipan cierta intencionalidad ensayística que se ahoga en la amplitud del tratado. Un poco más tarde, entre los esfuerzos narrativos de Fernández de Lizardi y Fray Servando Teresa de Mier, no debemos perder de vista como la disputa por la nación se esboza en las argumentaciones de Lucas Alamán y José María Luis Mora. Sólo leyendo a estos autores, podemos tener una idea del contradictorio mundo en construcción donde escribieron gente como  José Joaquín Pesado, Manuel Carpio y Fernando Calderón.

La generación de la Reforma, nuevamente prefiere la novela a la historiografía, aunque Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio y, un poco antes, Justo Sierra O´Reilly   generan obras historiográficas y novelísticas  como parte de su interés en definir lo que para ellos eran cuestiones acuciantes. Es precisamente a partir de esta generación que la novela histórica se implanta en México y en paralelo, tras la restauración de la República, nuevas generaciones de historiadores (Francisco del Paso y Troncoso, Joaquín García Izcabalceta) le dan otro rostro a la disciplina en México.

Todos los autores mencionados y muchos más, no producen obras que necesariamente sean acervo para especialistas. Además, su interacción con el medio literario y periodístico desde fines del siglo XIX va nutriendo al gran público de leyendas, testimonios, relatos, versiones para divulgación. Si es un lugar común decir que la historia la escriben los vencedores y los vencidos la novela, ese lugar común sólo puede referirse al discurso oficial de la historia. Los historiadores mexicanos no han dejado de escudriñar el pasado y buscar las rendijas para, por un lado, evitar un olvido casi siempre provocado por actores del poder, y por otro han incidido directa e indirectamente en la generación de obras literarias. Nombres como los de Salado Álvarez, Artemio de Valle Arizpe, Martin Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Rafael F. Muñoz y muchos otros son muestra de las extrañas arborescencias que vinculan el narrar eventos históricos con el mero hecho de narrar. En ocasiones, los vínculos resultan incluso familiares: ¿Quién podía esperar que el nieto de Francisco del Paso escribiera Noticias del Imperio?

Queda pendiente la pregunta hecha al iniciar este texto: ¿Sirve la lectura de textos historiográficos o literarios para facilitar la convivencia civilizada de que tan urgidos estamos en nuestras megalópolis? Nuevamente no lo sé, pero de que son textos muy interesantes y en muchos casos placenteros, no me cabe la menor duda. Además la gradación entre uno y otro registro parece infinita. A vuela pluma pienso, como autores muy próximos que se inscriben en estas vertientes al ya mencionado Fernando del Paso, Carlos Montemayor, Margo Glantz y sus Genealogías en cierta forma, ese gesto homenaje a su primera carrera que hace a Cristina Rivera Garza incorporar fuentes históricas a Nadie me verá llorar. Y me quedo corto, me quedo muy corto.

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Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

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