LECCIONES SOBRE TINIEBLAS Y FLORES. Obra Plástica de Luis Kerch. Texto de Eduard Reboll

Acerca la arquitectura del sosiego a tus ojos. Vela las formas como si de una sábana de lino la cubriera y deja pasar una luz blanca o turbia a través de una red de hilos que la configuran. Es al mismo tiempo noche y alborada. Aguada de aguas y tierra de secano. Humedad de muro fresco. Palabras místicas, cercanas quizá, a la poesía mística de José Ángel Valente.

Hay una leve luz caída
entre las hojas de la tarde

                                                (Octubre)

Un acueducto con la luz del alba creando un claustro de silencios. El reflejo, la tormenta del mediodía, lo posible, la bruma, la gama de cenizas, lo etéreo. Luis Kerch ensucia el aceite, lo hace patinar y crea múltiples micropaisajes en cada mancha.

A veces roba de Turner la luz que imprime el choque de dos olas. O crea un espectro y una claridad  como si de una aparición en un camposanto se tratara. Una pintura medida con los tonos de la escuela tenebrista en algunas series, u homenajeando a la pintura de principios del XIX cuando los paisajistas se fueron en busca de la ruina en plena naturaleza. Sonsaca la máxima intensidad de los blancos desde el comienzo de la línea del horizonte y oscurece los azules en primer plano, para que no olvides donde nace la luz y donde muere su reflejo. Se permite confluir el mar en sus entrantes con la noche y el atardecer lo desvanece frente a la calima. Del fondo de la representación surge un canal con su velero. El puente del tren sin el tren. El giro arcado y la aparición de la mancha sin función o como función formal. Inicia la explosión máxima. Como si la luz fuera siempre la protagonista…la deja morir

Cuando se sumerge en los paisajes rurales, los verdes esmeraldas abundan. Las flores silvestres se posan en primer plano, se sostienen débilmente en el campo con sus colores sucios y contaminados de luz bruna al fondo. Aparecen otra vez los cielos empastados con su color original y con sus gamas de tierra. Hay momentos que las Nympheas de Monet son patentes y se reflejan en un agua de cieno y cristal. Los meteoritos de pétalos no cesan, pero en vez de estar sostenidos por el agua del estanque, lo están quizás sobre un campo de amapolas castellano. El animal o la montaña, lo feroz, los ocres, los rojizos, me recuerdan en contraposición naïf a su estilo puramente expresionista, a las selvas infantiles de Henri Rousseau.

En algunas piezas, la figuración se ensambla con la naturaleza floral y el discurso se muestra en cintas aniebladas en forma de anunciación. Parecen bóvedas eclesiásticas en un lienzo plano que evocasen pleitesía y miramiento hacia el cielo. Como si Dios fuera una mancha de lejía y rasgara las capas comprendidas detrás de los múltiples paisajes que nos sugiere la creación. Unos posibles querubines en un altar de tejidos florales y cielos pálidos, refuerzan la visión ecuménica del relato.

Flores y aros… sus sombras… y las luces en las corolas, funcionan como un zoom. El movimiento que crea a través de su brocha es de aire. Limpio. Y funda un volumen entre las flores ubicadas en un primer plano y las del suelo. A veces es puro tejido de geranios y crisantemos estampados, como aquellas telas de cretona que guarnecían las sillas y sofás del modernismo. Otras es un lavado del césped que  permite a los tallos de las flores erguirse obscenamente y bailar al son de los alisios. Un viento escurridizo y veloz capaz de mover en circular cualquier botánica que emerja del subsuelo. En algún lienzo deja caer, como gotas de lluvia, los pétalos y las hojas juntas; nimbos de arco iris que piden un frente frío para desaguar su mercancía en lagunas o estanques prístinos donde fenecer su vida o emerger, en un solo tallo, un ramillete rojo enmarcado desde el análisis de una perspectiva cónica como si de un esbozo de Da Vinci se tratara.

En tiempos donde la pintura mantiene aún el estipendio bajo en relación a otros géneros de la creación visual. Es obvio reconocer que el dominio del oficio de Luís Kerch, de la manera más natural y libre, permite regresar a la plástica con el mismo ánimo de contemplación que lo fueron los añorados años setenta, última década donde aún podíamos hablar de la pintura que podíamos llevarnos a casa y disfrutar de la naturaleza del hecho poético, sin por ello, pensar en aquel incipiente concepto que empezaba a poner en crisis la rama de los pinceles y el óleo: la posmodernidad.

Eduard Reboll

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