LAS ESTRELLAS CELOSAS. Hernán Vera Álvarez

 

“Esta debe ser una tristeza urbana.”

                                                                                                                                                                                                                   Juan Gelman

 

 

“La noche que me quieras

desde el azul del cielo,

las estrellas celosas

nos mirarán pasar.”

Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, El día que me quieras.

 

Esperaba a que el rosarino viniera de una buena vez con la plata. Me había metido en un barcito en el 200 de Atlantic Avenue, en Brooklyn, y estaba cansado y con hambre, no pensaba que el trámite en la clínica iría a durar toda la mañana. Primero aquí, luego allá, firmar unos papeles inútiles porque mi nombre como el número del Social Security eran falsos, después meterte en una salita junto a un negro y dos white trash malolientes y esperar, esperar hasta que sea tu turno, como siempre.

 

Mi amigo compartía el sillón con el negro y tenía que soportarlo hablando sin parar con el walkman clavado en los oídos. Sin mirar a nadie, ido, seguía las estrofas de un rap que retumbaba con distorsión en los auriculares como una radio mal sintonizada. Casi nunca entiendo el inglés de los negros por lo que me entretenía descifrando qué tenían que hacer con ese policía que había en la canción.  Los otros estaban en silencio. Parecían hermanos o tal vez primos, los dos rubios, con el pelo largo y seco, vistiendo jeans duros de lo sucio.

 

Cuando quise hacer una seña para que el mozo me trajera más agua fue que sentí el tirón en el brazo. La enfermera me había dejado las venas hechas un nudo, bien apretadas. Solía vender sangre y rara vez me dejaban dolores, pero esta vez habíamos cambiado de lugar porque al rosarino le habían dicho que en esta clínica la paga era mejor y además compraban esperma. Como el tipo no me vio tuve que levantarme y en la barra le pedí directamente una jarra para terminar con el asunto; el rosarino se iba a tardar por más que le hubieran dado revistas pornográficas y puesto en un lugar alejado del ruido.

 

–¿Argentino, che? –me preguntó con ese acento impostado y ese “che” estúpido que tengo que escuchar cada vez que abro la boca.

 

–Cuando me conviene –dije.

 

–¿De dónde? ¿Es de Tucumán?

 

Contesté que vivía en las afueras, pero que sí, que era de Tucumán la linda.

 

–Tucumán la linda, tiene que ser un lugar lindo, ¿tú sabes? Yo conozco a alguien que vivía por esa tierra. Trabaja aquí mismo, es esa que está por las mesas.

 

El hombre tenía ganas de hablar y yo no podía ser maleducado, todavía me encontraba muy débil, así que le seguí la corriente y miré para donde había señalado sin encontrar por suerte nada.

 

–Ah…, sí–. Ahora podía irme a la mesa y terminar de comer mis burritos con ensalada.

 

–Estaba aquí hasta hace un momento. No, espere, argentino.

 

De pronto el hombre había cambiado de humor. Lo noté algo encaprichado por el asunto. Se perdió entre las mesas y aproveché para llegar a la mía: los burritos durarían muy poco.

 

Ya me olvidaba del asunto cuando regresó en compañía de una vieja. Era de esas que da lo mismo que tengan 70 o estén pasando los 80 años que nada cambia porque el paso del tiempo las ha encerrado en la tristeza. Llevaba el pelo castaño suelto, los labios eran grandes y los párpados caídos, aunque dejaban ver unos ojos verdes.

 

–También es una argentina. Aquí canta tangos como los de Gardel y friega por la mañana.

 

La vieja lo miró pero no dijo nada. Tenía cara de haberse levantado hacía muy poco.

 

–La señora es una artista argentina, qué suerte –dije y seguí comiendo.

 

–La Renga canta todas las noches, así que puede venir a escuchar música de su tierra cuando le guste y comer. Hacemos comida mexicana muy sabrosa.

 

La vieja lo miró de nuevo, me miró, y dijo con una voz grave que subrayaba el whisky y las noches:

 

–Artista, querido, sacále el adjetivo.

 

Saqué una sonrisita para que no molestara más, era una persona mayor después de todo. Tenía ganas de pedir otro plato, en el menú había fotos que mostraban unas sopas de pollo seguramente muy ricas, pero no lo hice por las dudas, no fuera que el rosarino me fallara de nuevo y entonces tendría otros problemas, además de deber la renta y dinero a ingenuos amigos. En cuestiones de dinero New York no espera, no lo sabe: los inmigrantes muertos de hambre y los millonarios hambrientos la han malacostumbrado.

 

Los dos continuaban en la mesa en silencio, el tipo sonriente, la vieja con la mirada baja, como esperando que algo fuera a suceder. Yo sólo pensaba que se vayan de una vez, necesito tranquilidad, despejar mi cabeza y encontrar la manera de conseguir más plata.

 

Lamentablemente esto no terminaría aquí. Fue solo el comienzo. Un cliente pidió más pan y me quedé a solas con la vieja. Por instinto le ofrecí agua y la maleducada me contestó:

 

–A La Renga se le ofrece champán, si no, ahorráte quedar bien, que no lo necesito. Y menos vos que sos un croto chupa hielo.

 

Me miró a los ojos y no pude moverme. Dijo:

 

–¿Vos fumás?

 

–Me queda el último.

 

–Y dámelo entonces –extendió la mano; y al final se lo di–. No me tomés a mal Flaco, lo que pasa que este viejo no sabe tratar a la gente. Decíme, ¿qué te importa si limpio platos o me acuesto con quién se me dé la gana? Yo soy un artista, punto, ahorráte todo el piripipi. Antes era otra cosa, acá me dan unas fichitas verdes por las copas de vino que tomo a la noche… No se puede hacer eso. A los artistas no…

 

–Váyase y listo.

 

–Yo soy guapa pero no me arrastro. A los que se arrastran los pisan. Pero ya soy grande, me vine acá y perdí el tiempo, 15 años a la basura. En México, en España era otra cosa. Decime, ¿cómo está la Argentina?

 

–Como siempre, mal.

 

–No, como siempre no. Yo viajé por todo el mundo Flaco y la Argentina tiene sus cosas, no lo voy a discutir, pero tiene otras… ¿París? A mí no me gustó y eso que trabajé dos años. Yo estuve en los líos que se armaron por el ’60. Decime la verdad, ¿cómo está la noche? ¿La calle Corrientes? ¿El Luna Park?

 

La última vez que había ido al Luna había sido por los caprichos de mi novia que quería ver el musical Drácula, no sé para qué, si hacía poco lo habíamos visto en el cine; por Corrientes había tenido que pasar más que nada para hacer tiempo porque esperaba que una minita terminara de trabajar en el sauna y en eso me apretaron con una pistola dos chicos que no llegarían a los 13 años. Pero fue una desgracia con suerte: se lo conté a la minita y ahí nomás nos fuimos directo al telo, no había guita para cafés ni mucho menos ganas de andar haciéndome el inteligente.

 

–¿Y usted hace cuánto que no va para allá?

 

–Más de treinta años. Pero así como ves, mientras pensás que soy una vieja tirada, te voy a decir que yo hubiera podido cambiar a la Argentina. Y vaya si la hubiera cambiado… Ahora estaríamos los dos allá, vos mucho mejor y yo cantando tangos y ayudando al pueblo. ¿Flaco, me hubieras bancado? Mirá que nunca en mi vida prometí nada en vano, y lo que prometí lo cumplí, muchas veces a riesgo de mi salud.

 

–Seguro –contesté mientras pensaba qué probabilidades habría que la vieja me diera un postre fiado. Tenía ganas de un postrecito de guayaba y queso.

 

–¿Seguro? ¿Hubieras apoyado a una mujer? Mirá Flaco que yo podría haber sido la primera presidenta en la historia de la República Argentina, la primera, ¿me oíste? Pero ya ves, no me dejaron… –cerró los ojos–… El General me había elegido… Ese era un verdadero hombre…

 

No hay caso, los muertos vuelven. Esa es la sensación que tengo cada vez que el país se mete en la conversación, ya sea con un compatriota o algún extranjero. Los ídolos deportivos, los artistas y hasta algunos políticos de repente asoman la cabeza y hay que hablar entonces de las hazañas y esas cosas desagradables. En Miami había conocido por lo menos una docena de falsos mejores amigos del Che Guevara que habían combatido en Sierra Maestra, al ladito de él, casi que le prendían los habanos. A la madrugada, cuando no podía dormir, solía ir a un Dunkin’ Donuts donde me encontraba con otro viejo que siempre me hablaba de que Fidel lo había traicionado.

 

–¿Me oíste, Flaco?

 

–Por supuesto…

 

–Al General lo conocí muy bien. Fue en el ’56, en Panamá, en un bolichito donde cantaba tangos. Se venía cuidando de que no lo agarraran porque se la habían jurado en Buenos Aires. Gente pesada, algunas botas copetudas que no podían ni siquiera escuchar su nombre que les daba un ataque de caspa. Esa noche había elegido un repertorio que me gustaba mucho, lo venía practicando, así que me salía bien. En la primera parte estaba “La Canchera”, “Volver”, “Y taconeando salió”, “Barajando” y para cerrar “Se llamaba Serafín”. Me los acuerdo porque es el mismo que hago acá. El hijo del presidente Arias se había hecho muy amigo, se hacía querer, pobrecito, se había enamorado del barman y lo tenía todos los jueves con sus amigotes.

 

“Argentinita quiero tener como tú los cabellos lacios y bien rubios”, me decía en el camarín mientras me vestía. El me presentó al General. Estaba con su secretario, Lopecito, en una mesa medio escondido, así que no los pude ver hasta que se acercó y me invitó a la mesa.  Era más lindo en persona que en los noticieros del cine. Tenía una piel muy blanca y la sonrisa con los dientes perfectos, como la de Gardel. Elegantísimo. Charlamos un buen rato mientras en el escenario actuaba el grupo de baile de Joe Herald. Quedamos en que se iban a dar una vuelta tal vez la próxima semana, y cuando estuvimos solos, en un momento que Lopecito y el hijo del presidente se fueron para el escenario, me dijo en voz baja:

 

–Si tiene gusto, por la tardecita, me puede encontrar en el Lincoln.

 

Esa noche casi que no duermo. Ni ganas de comer me dieron y eso que cuando tengo un show, apenas un tecito me tomo por la tarde. Me quedé en la cama fumando y pensando en el General. Al otro día les comenté a las chicas que bailaban mi especial encuentro y se pusieron felices. Antes de que el sol se fuera del cielo, pasé por la terraza del Lincoln. El General estaba solo, leyendo el diario. Ese día lo que me impresionó fue que me escuchara, que le prestara atención a mi vida, casi no habló de él. Me pareció una conducta de caballero. Cuando terminamos nuestra copa de gin caminamos por la playa mientras las luces del atardecer entraban lentamente en el mar.

 

En ese momento noté que no estábamos solos, había dos hombres detrás nuestro, los mismos que poco antes había visto en la terraza del hotel. El General comentó:

 

–Mañana tengo algunos compromisos, usted sabe, la Argentina no puede esperar.

 

Me hubiera gustado quedarme más tiempo si él me lo pedía, incluso acompañarlo hasta su habitación. No habría tenido vergüenza. Igual mañana me esperaba, a la tardecita. Dijo que necesitaba escucharme cantar el tango “Por ella”. Le hacía recordar sus tiempos en Italia.

 

Pero el General faltó a la cita. En la terraza el que estaba tomando un trago era Lopecito. Frente a la mesa revolvía unos papeles, se le notaba nervioso. Fumaba unos cigarrillos que largaban un olor fuerte, como a hierba salvaje. Anotó algo en una libretita y me miró de reojo, como por arriba del hombro, como si estuviera molestando.

 

–Hágame el favor de no visitar más al General. Él está enfermo, tiene que descansar –dijo después de llevarse la pluma al bolsillo.

 

–No sabía que estuviera mal. Ayer lo noté muy a gusto en mi compañía. Es intuición femenina… –contesté como para que no me tomara por tonta.

 

–¿Intuición femenina? Mire, acá tiene un buen trabajo, no lo pierda.

 

Era cierto, tenía un buen trabajo, hacía lo que quería en el Happy Land. Me callé la boca, ya tendría oportunidad de contestarle. Sin embargo pasaron las noches y ninguno apareció por el cabaret, ni siquiera el hijo del presidente, lo que me dejaba más intranquila. Yo no podía perder el trabajo, al menos tenía que quedarme dos meses y luego ir a Puerto Rico. Recién a la semana lo vi desde lejos al General. Estaba por las calles del centro caminando junto a otro hombre que me dio la impresión de que era gringo, tenía la piel muy roja, como a ellos se les pone cuando están bajo el sol, como si hubiera tenido una quemadura.

 

Los seguí hasta que entraron a un barcito. Cuando nos vimos, el General enseguida se levantó y me dio la bienvenida.

 

–Qué gusto, hacía tiempo que deseaba verla. ¿Dónde se ha metido?

 

Sonreí, iba a sentarme con ellos pero de pronto apareció Lopecito. Me saludó cordialmente. Y dijo:

 

–Esta noche en el Happy Land. No se olvide.

 

Y guiñó el ojo. Me dio la espalda y se puso a conversar con el General.

 

No lo mandé a su madre para no hacer un escándalo en el que hubiera terminado perjudicada. Para descargar la bronca que me había guardado estuve toda la tarde preparándome para el show. Me probé un montón de vestidos hasta que elegí uno de estrás que me había regalado un pretendiente hacía algunos años en Río de Janeiro. Tenía lentejuelas muy finas alrededor de las mangas y la cintura.

 

De los nervios creí que la voz se me iría en medio de una canción. A “En la vía” le tenía desconfianza, estaba en un tono que a veces no me dejaba bien parada. Pero esa noche no falló ninguna canción, eso hubiera sido lo de menos. Esas cosas se arreglan. Estuve todo el primer set buscando al General. Como siempre pasa, en el momento que ya había perdido las esperanzas entró con un grupo de personas. Las reconocí a casi todas, incluida a la chica que iba junto a Lopecito. Era una de las del grupo de baile, otra argentina como yo. La llamábamos por su nombre, aunque con el tiempo todos la conoceríamos por Isabelita. Siempre me había parecido medio estúpida y sin talento, pero era más joven que yo.

 

Me di cuenta de que el General no estaba bien, no se divertía entre sus acompañantes que se reían y conversaban alegremente. La diferencia se notaba. Mientras cantaba “La Canchera”; ese tango me servía para sentarme en las mesas y hacer un poco de teatro. Tenía decidido darle un beso en la boca al General, era mi revancha, mi última oportunidad de conquistarlo.

 

En esos minutos mi corazón latía fuerte, movía las manos y me iba aproximando. El brillo de las lentejuelas junto a las velas coloreaba los rostros del público. Jugaba entre las mesas, bailaba. En un momento me acerqué a la que estaba el gringo de la otra tarde junto a dos hombres. Hice unas muecas, lo abracé y se desprendió de mí con asco, giró la cabeza para que me fuera. Había tocado el revólver.

 

Entre esos hombres y la mesa del General había cierta distancia. El gringo se levantó y uno de los tipos sacó el arma. Me eché a correr ante la mirada de desconcierto del público. Me abalancé contra el General y sentí una quemazón en el cuerpo.

 

A la mañana, en el cuarto del hospital donde me atendían, tuve su visita. Creí que estaba solo pero afuera en la puerta lo esperaba Lopecito. Me agradeció lo que había hecho y prometió que nos veríamos muy pronto; ahora tenía que irse de Panamá antes de que la noticia se conociera.  Me iba a mandar el pasaje en barco o si lo prefería en avión. Y aquí estoy nomás, ya me ves. Pero no importa, no deseo cansarte. Es historia del pasado, y si quiero acordarme, sólo tengo que caminar y listo, Flaco.

 

Relato publicado originalmente en Grand Nocturno de Hernán Vera Alvarez (Suburbano Ediciones 2015)

 

© All rights reserved Hernán Vera Alvarez

Hernán Vera Alvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977.  Es escritor, dibujante y editor. Ha publicado los libros de relatos Grand Nocturno y Una extraña felicidad (llamada América), y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas! Es editor-at-large de Sub-urbano ediciones. Es editor de las antologías Miami (Un)plugged y Viaje One Way. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS,  La Nación y  Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramírez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. A fin de año publicará su libro de ensayos Lit Argentina. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com

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