LAS DANZAS AZULES. María Eugenia Lombardo

“Puedo decirme del amor (que tuve):

que no sea inmortal puesto que es llama, 

pero que sea infinito mientras dure”.

– Vinicius de Moraes

La hoguera de danzas azules no se había extinto. Y sin embargo, no requería nada más que una ceniza fuera de contexto para emocionarse y precipitarse aún más hacia la evolución perfecta de su especie.

“¡La especie moderna!”, pensé al observar los recientes avances arquitectónicos del perímetro de Las Aguas (de termas verdes y chiclosas) y ese obelisco de pictóricas y lumínicas erecto hacia el cielo. Se obscureció el medio-detonador en mi bolsillo, me predicó su melancolía. “Qué va, ni lo moderno se salva de oler a arepita y pollo”, sentencié con hambre y, enojadísimo por la sangre que borboteada detrás del calzado y la chaqueta de cuero baratito, caminé por la 19 hacia el sur. Un par de cuadras, no más, hasta que mi pretensiosa mente de filósofo se detuvo con las extremidades ahí donde la nariz superó cualquier otro instinto. Nariz superlativa, la que llevaba puesta entonces, sobre el jaguar. Pero, así de narizón y bailarín, manoseé una arepa y decidí aquietarme en el temblor, sentarme de pie en las nubes, esperar sin la reflexión. El tiempo lineal me molestaba; para expresar esto, me pasaba las manos grasientas por el pelo (un dandi nace todos los días, damas y caballos, y da paso a la natal decadencia de la autoconfianza). Confianzudos, los que trotaban por la hora pico de la 19 con las nalgas enmorcilladas, los dreads expidiendo auras de cemento y caramelos importados. Pero a pesar del aspecto a casino barato, no desdeñé a ningún individuo bajo ninguna taxonomía entonces. El tiempo lineal me había superado.

Señor y amo de la agónica lentitud, dejé unas monedas sobre la mesita que ocupé hasta el momento. Me puse de pie. El reloj solar estaba impaciente, mi estómago iba reverberar toda la energía intrínseca de una arepa de la 19. Por lo pronto, la multitud de decadentes e incandescentes me provocó la ilusión de un fogonazo entre tanto ser vivo: ¡algo debía de estar alterándose entre todas las cabezas! Algo, magnetizado en sí mismo por fluctuar entre tanta inseguridad canina. Un bus-nevera pasó tambaleándose a mi lado y reaccioné lógicamente: nadé a contracorriente hacia el norte, hacia el epicentro de las fluctuaciones errantes (se mordía el labio inferior con esos dientes de estudiante), el fósforo que saltaba en un bosque de duendes a completar el rompecabezas. Ella tenía la cara que yo quería entonces, y yo tenía la de su voluntad. No vale la pena describirnos con los dedos entrelazados ni las lenguas en una sola trenza de carne, maniquíes el uno del otro, y el abrazo, el sincero salto de astral hacia ese abrazo, derritió la manera en que nos revivió el mundo: ¡la inmortalidad sí podía florecer en esta conjunción de mortales! Así de radiante y elevado la miré fijo a los ojos y ella me imitó, y pronunció mi nombre:

– ¡Cizin(1), divino que eres! Tan bueno verte… – susurró al apoyar la cabeza sobre mi hombro. – tan bueno volver a verte…

  La 19 no pudo hundir completamente el llamado de Ishtar(2) en mis oídos. Nos estrechamos aún más en tanto la marea de pieles y carnes nos comenzaba a evitar casi polarizadamente. Lineales, continuaban sus rutas con sus dreads y sus morcillas y sus neveras con ruedas, independientemente del novedoso campo de fuerza.

– Acá huele mucho a pollo – comentó Ishtar con el ceño fruncido, mirando curiosamente a su alrededor: hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, en la cercanía y, sobretodo, en la distancia. -. Pollo moderno. O chicharrón.

– Sí – respondí simplemente. -. De todas formas, después de tanta hecatombe, no hay pollo que valga. Esos milenios ya pasaron, ya estamos muertos.

Ella se separó sutilmente de mí, sin reprochar la conexión entre los dedos fraudulentos pero presentes y tangibles. Habrá notado la simple resignación que impregnó mi expresión de jaguar castrado, cuando temíamos que se desvaneciera lo que mantenía nuestras manos en unísono; de la misma forma había imitado el reproche en su rostro, extendiendo los segundos incontrovertiblemente. Alcé las cejas, casi indignado; dije con pasión, con la crudeza del que se despeja de la pretensión de filósofo:

– Quiero matar a los dandis. Ellos no nos quieren.

– Ni nosotros a ellos. Pero algunos hechos hay que aceptarlos, querido Cizin.

– ¿”Hay que”?

– Es lo más prudente. Ya confían en sí mismos lo suficiente… – Pero antes de que terminase esta oración, el medio-detonador ya estaba exhibido en mi mano y lo había apoyado en el centro exacto de su esternón. Ishtar colocó sus dedos ahí donde le hacía presión, confluyendo entre la realización del placer en las arrugas de la sonrisita y el deber divino en el arco semi-circular de su ceño. Tanteó, repentinamente, el bolsillo de su chaqueta falsa.

– Quizás – susurró en una repentina hecatombe dentro de su propia garganta. No existió terror de por medio; quizás resonó, quizás ya lo había logrado. -, quizás no debería dejarlo ir. – Tembló en su bolsillo la otra mitad del detonador, le abrazó los dedos e insinuó, al acercar su mano a la mía, un amague de rompecabezas que chasqueó sobre mi pieza. Provocó una luz roja y nos sonreímos en el mismo color.

– Si ya no creen en nosotros…

Apretamos el botón juntos. Ni el casino ni las morcillas ni los dreads ni los dandis se regocijaron de los fluyentes de lava y fuego azul que inundaron la 19. El día ya existe, y yace en las raíces de su ser, y sólo somos nosotros los que nos extinguimos, infinitamente, en el recuerdo del presente: nuestros brazos rindieron culto a la vida, nuestra carcajada explotó para siempre sobre el calendario que, aún hoy, perece.

© All rights reserved María Eugenia Lombardo

(1) Cizin, dios maya del terremoto y la muerte, gobernante del mundo subterráneo de los muertos. Pudo haber sido un aspecto de un una deidad malévola del mundo subterráneo, manifestándose a sí mismo bajo varios nombres y disfraces. En manuscritos de la pre-conquista, el dios de la muerte es frecuentemente ilustrado como un dios de la guerra en escenas de sacrificio humano.
 (2) Ishtar, en la religión mesopotámica, es la diosa del amor sexual y la guerra.

 

Maru LombardoMaría Eugenia Lombardo, oriunda de Buenos Aires, Argentina, es estudiante de Literatura y Psicología en la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia), colaboradora de la revista emergente El Parcero y fundadora del Scriptorium en Los Andes. Escribe. Sigue escribiendo.

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