LAS CHICAS MAS GUAPAS DE LA PLAYA. Claudio E. Rynka

“Cada cosa que ves tiene su derecho y su revés” -Anónimo-

 

De un sobresalto desperté. Vi a Kenny dormido con la boca abierta, roncando con el jopo pegado en la frente, cuando el reloj despertador sobre la mesa de luz marcaba veinte minutos para las seis. En vano traté de despertarlo. Sin dudar, me enjuague la boca, me puse un pantalón y salí a la calle.

 

Mientras caminaba apresurado recordé que habíamos salido desde la rotonda de Alpargatas, bien al sur de Buenos Aires, hacia Mar del Plata, con la intención de pasar un fin de semana en la playa. Sin un mango en el bolsillo, dormiriamos en la pensión de la tía de Kenny y el viaje lo haríamos a dedo. —¡Hey muchachos! —¿Para donde van? —¡A Mar del Plata! —Gritamos alterados sobre la ruta con la edad al límite para beber y jugar a la ruleta. A mitad de camino, todo era la nada. A lo lejos apenas unas vacas debajo de un frondoso árbol se echaban polvo en el lomo. En la ruta provincial, el calor formaba un espejo de agua en el pavimento y sobre nuestras cabezas un par de caranchos revoloteaban. Así estuvimos, desorientados por un tiempo, hasta que una pick up nos levantó al borde del olvido y nos dio el último aventón. Viajamos en la parte de atrás de la cajuela con la juventud al viento mirando el atardecer sobre el campo y las siluetas, que formaban las sombras, nos entretuvieron el viaje que lo fuimos fumando cigarrillo tras cigarrillo.

 

Ya en la calle y un día después de esa travesía tenía que ganar tiempo. A la resaca que era como un helicóptero volando dentro de mi cabeza se sumaba la extrañeza de un sol demasiado alto y una peatonal desierta. El olor a mar, médano y bronceador me llegaba por oleadas. Mis piernas flaqueaban torpes sobre la acera. Ni siquiera pensé en tomar un taxi, un colectivo o un sulky para llegar a tiempo a la cita, cuando recordé que la pensión de la tía de Kenny era de tan mala muerte que la noche anterior habíamos decidido sacar el pasaje de vuelta en tren (no queríamos pasar otra vez por la experiencia de la ruta) y el resto jugarlo en el casino. Con tanta suerte que apenas llegados, —¡NEGRO EL ONCE! —Canto el croupier. Nuestras fichas en el pleno, habían sido colocadas apenas unos segundos atrás, con nuestras manos de principiantes. El azar nos obsequiaba la ilusión de ser ricos por un rato. El tallador nos entregó las fichas que pusimos rápido en todos los bolsillos disponibles ante la mirada atónita de gente paqueta. El premio, de una fortuna, lo cambiamos en ventanilla y al portador. Incrédulos contábamos el efectivo justo cuando vimos a las chicas más guapas de la playa.

 

Nos acercamos disimulando nuestra timidez y con la intención de sentarnos en la misma mesa, cuando dos tipos sin cuello, inmensos como dos lobos marinos uno encima del otro se acercaron y falto de modales, nos invitaron a desaparecer. Las muchachas reían con modestia mientras las maquilladoras se acercaron a retocarlas en medio de los flashes. Nuestro alivio solo fue observar desde la barra y beber. La espera fue larga. Lo suficiente para emborracharnos y cuando se quedaron solas, las abordamos con la cobardía ahogada en alcohol y la confianza desmedida por el dinero. Se movían con estilo. Tenían clase. Nosotros no. Por suerte la presentación duró poco.

 

El cansancio expresado por las chicas y el balbuceo de nuestras palabras fueron la excusa perfecta para una cita al día siguiente.

 

Y ahora estaba a punto de corroborar cuán suertudos éramos. Apenas a unos pasos de confirmarlo, pero cuando llegue al punto de encuentro lo único que quedaba en el lugar era el desencuentro. Estuve un rato acompañado solo por la frustración, dando vueltas como un perro en busca de un hueso perdido, hasta que decidí volver al hotel caminando. Despacio porque las piernas me temblaban. Poco a poco el desaliento fue ganado aliento y como era de esperar esas bellas muchachas solo habían sido un sueño de dos trasnochados. Pensaba en eso cuando abrí la puerta de la habitación. Kenny y su jopo ni siquiera se habían movido. La mesita de luz tampoco. Miré el reloj. Tuve que observar varias veces para dar crédito a lo que veía. El despertador estaba al revés. Dado vuelta como mi cabeza. Patas para arriba, apoyado sobre las campanillas. Hasta parecía reírse de mí. Un cóctel de alivio mezclado con estupidez me dio la alegría suficiente para despertar a Kenny que, sin decirle nada de lo ocurrido, nos fuimos preparando para la cita.

 

Excitados, llegamos puntuales, ni un minuto más ni un minuto menos. Esta vez con el tiempo al derecho. Buscando entre las cabezas de los transeúntes, que llenaban la peatonal; la ilusión de encontrarnos con las chicas más guapas de la playa, se fue desvaneciendo poco a poco, así como la tarde se diluía en la noche. Kenny aseguraba que ya habíamos tenido suerte de sobra con lo del casino y que las chicas eran demasiado para dos tíos que viajaban a dedo. En parte tenía razón, pero a mi me quedó el consuelo de que quizás ellas también habían visto el reloj al revés.

 

© All rights reserved Claudio E. Rynka

Claudio E. Rynka, nació en Buenos Aires en Noviembre de 1963. Estudio en la escuela pública, destacándose en matemáticas y química. Tomó clases de inglés, música y natación. Cursó en la Universidad de Buenos Aires la carrera de Farmacia y Bioquímica. Hacia finales de la década del noventa, emigró a los Estados Unidos, exactamente a la ciudad de Miami donde actualmente reside con su esposa e hija. Lector ávido, se introduce en el mundo de la literatura a través del circuito de bibliotecas públicas de la ciudad de Miami. Es ganador del concurso de cuentos “Cuentomania” edición 2017.

http://cuentomania.com/cuento-ganador-2017-el-vendedor-de-sombreros/

Colaboró recientemente con cuatro relatos en la publicación de “Los convidados del sábado”, antología de cuentos del taller de escritura creativa de la Biblioteca Pública de La Ciudad de Miami Beach.

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