“LA TIERRA PERMANECE”… Y LA BUENA POESÍA TAMBIÉN. Stella-Maris de Trelles.

En abril pasado el sello argentino Buena Vista Editora (ver: http://www.editorialbuenavista.com.ar), dirigido por Daniela Mac Auliffe, realizó el lanzamiento de un nuevo poemario de Luis Benítez (Buenos Aires, 1956), autor local de amplia trayectoria en el género.

“La Tierra Permanece”, tal es el título de esta nueva colección de poemas de Benítez. Como bien sintetiza en el texto de contracubierta el también poeta argentino Alejandro Schmidt, director de la colección Agalma a la que se incorpora esta novedad editorial, el volumen se ocupa de: “El triunfo del tiempo, de un tiempo no intervenido, digamos mejor de una, aleccionadora, eternidad. Este nuevo libro de Luis Benítez, uno de los poetas más importantes y acaso más secretos de la así llamada generación del ’80, retoma las enseñanzas de lo Real (dicho esto en el sentido de la sabiduría o su proverbio). Todo sirve, la muerte de un gato y una mosca, el Pacífico, la vía láctea, las notas eruditas, alguna anécdota y siempre una especie de gran anhelo por la naturaleza, lo perdido, lo que fluye”.

La naturaleza en todas sus formas -cosas y animales- ocupa las páginas de “La Tierra Permanece”, pero la visión del poeta la proyecta más allá de una paisajística o de un mero alegato ecologista: en este poemario están trazadas las líneas que conectan lo natural con la historia y lo mítico (singularmente, en textos como “El Uro” o “El Mar de los Antiguos”, por ejemplo), esto es, con el universo de lo humano, que en algunos poemas surge como antagonista y destructor de la naturaleza (por ejemplo, en “Anoche alguien derribó un árbol que cumplía tres mil años”, o en “Ese hermano que envenena los ríos”), mientras que en otras páginas aparece -en primera persona- comprendiendo el conflicto entre ambos mundos, para lamentarlo (“El zorrino de Juan Cristóbal”, “Su pequeño tiempo detenido”) o intentar subsanar en lo posible esa destrucción (“Truchas en el Ocaso Sureño”).

El tono es variado, en ocasiones descriptivo y hasta por momentos apocalíptico: “Ese hermano que envenena los ríos / Abre una ancha brecha / Que le parte la vida. / La mano que asesina los huevos de los peces, / El dedo que ordena que se sequen las raíces del mundo, / Que la fruta se pudra antes de llegar a su boca, / Que en el aire fallezcan las alas de los pájaros, / Y el silencio congele el paisaje de su misma muerte, / Ese hermano que pide / Que los hongos se asomen en lo rubio del trigo, / Y que la noche se abra en el corazón del alto mediodía”. En otras secciones del poemario, como la que le brinda título al conjunto, se apela a que ese mismo mundo natural es en definitiva indestructible, a pesar del accionar humano. Desde luego estas idas y venidas conceptuales no agotan las posibilidades de lectura de “La Tierra Permanece”, pero sí trazan algunas de sus avenidas principales.

El discurso al que apela Benítez en su flamante entrega es mucho menos oscuro que en sus entregas anteriores, inclusive por momentos coloquial, lo que hace que la comunicación entre texto y lector se vea facilitada, aunque sin mermas en la densidad conceptual. Se trata de un poemario que, al tiempo que nos interpela en cuanto a nuestra responsabilidad -como parte de la humanidad contemporánea- en el conflicto del que se ocupa, dialoga con nosotros desde los tres tiempos posibles, mostrándonos el pasado, presente y futuro de nuestra relación con la naturaleza.

 

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Stella-Maris de Trelles. Escritora, crítica literaria y periodista. Reside en la Argentina.

 

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