LA SOMBRA.* Erika Mergruen

No recordaba si ya la había visto antes de aquella noche del día de la molienda, pues entonces era muy pequeña. Tres días al año, en su pueblo natal, las mujeres se dedicaban a la molienda del mole. El polvo se guardaba en ollas de barro listo para transformarse con el caldo de gallina si alguna festividad lo requería: bodas, Día de Muertos, bautizos o presentaciones. Algunas mujeres se reunían con amigas, pero la mayoría se reunían por clan. Cada familia guardaba su receta que pasaba de generación en generación a la hora de la molienda: tipos de chiles secos, cuántos dulces, cuántos picantes, la tortilla tostada, la almendra, los cacahuates, el chocolate, el azúcar. Se sentaban en semicírculo, cada una frente a su metate. Las niñas más pequeñas no sólo miraban sino que ayudaban acercando los ingredientes a las madres, a las abuelas o a las bisabuelas. También se acomedían para ir al pozo a llenar los cántaros, porque la molienda evaporaba a las mujeres silenciosas que pulverizaban los ingredientes que, apenas martajados, poco semejaban a la salsa untuosa y aromática que manchaba las comisuras de los pobladores en los días de fiesta.

A ella, a La Sombra, no la vio por vez primera entre los cacahuates dorados ni en la pila de chiles anchos, ni siquiera entre las llamas del hogar. La vio frente al pozo. No huyó de ella ni la ignoró, pero tampoco pudo saludarla ni preguntarle si le gustaban las guayabas maduras, porque apenas pudo verla, delgada y vaporosa, durante algunos segundos antes de que se disolviera como lo hace el humo que danza sobre el plato de frijoles calientes cuando uno sopla hambriento. Ella, la niña Mathiana, se limitó a llegar al pozo y a llenar el cántaro para que su madre se refrescara. Y aunque estaba algo asustada no derramó ni una gota de agua sobre la tierra.

No le costaba trabajo recordar la primera visita de La Sombra, pues coincidía con el día en que su padre había regresado del poblado vecino, tan borracho que había roto el tarro de mole nuevo que su madre había preparado durante el día. Entonces Mathiana no entendía por qué él le echaba la culpa a su madre, quien corría, gritaba y aullaba entre el estruendo de ollas, leños y banquitos en aquel cuarto de piso de tierra que era su casa natal. Mathiana no entendía por qué, en cuanto escucharon a los perros ladrar y a su padre vociferar, a lo lejos, por el camino, su madre las levantó del petate y les ordenó que se escondieran afuera, dentro del silo. No entendió por qué dejó de oír el barullo, pero se le quitó el frío acostada sobre los elotes de la cosecha abrazando a su hermana menor, y se quedó dormida bajo aquel cielo cuajado de estrellas que nunca volvería a ver en la ciudad.

No le costaba trabajo recordar la primera visita de La Sombra porque a la mañana siguiente nació su hermanito e hicieron grandes arreglos entre todas las mujeres del pueblo: unas traían flores, otras engarzaban hojas de elote, y las más cercanas se habían ido a comprar dos cirios. La niña Mathiana ayudó a poner un mantel blanquísimo sobre la mesa de madera que habían sacado de la casa para recargarla contra el muro de la fachada. Fue al pozo por más agua pero para llenar un par de floreros que alguien había traído. Se acercó con cautela por si andaba por ahí, nuevamente, La Sombra. Pero no volvería a verla hasta años después.

Las mujeres del poblado se esmeraron porque su madre no tenía familia, sus hermanas habían emigrado, una a una, a la ciudad. La mesa se transformó con la celosía de ramas donde habían ensartado las flores de hojas de elote. En medio de los floreros repletos colocaron los cirios y, al centro, un cojincito bordado propiedad de una vecina. Y se acordaba de la retama porque una señora muy grande le había dicho que ahuyentaba a los malos espíritus. La niña Mathiana había preguntado por su madre pero le dijeron que estaba mala y que tardaría en salir, pero que seguro vendría cuando estuviera listo el altar. De su hermanito sólo recordaba sus ojos entreabiertos, negros como capulines pero opacos, sin brillo, donde nada se reflejaba. Los recordaba porque aquella señora grande la cargó para que le pusiera la corona de flores blancas al angelito, pues ella era su hermana mayor.

Vete antes de que te mate, le decían a su madre. Y eso hizo. La fiesta del altar del angelito fue la última que celebraron en su casa natal. No le costaba trabajo recordar la primera visita de La Sombra, ni los ojos de capulín podrido de su hermanito, ni el sabor del atole de masa que todos bebieron antes de ir al cementerio al que su madre no pudo ir porque quedaba subiendo una colina, y ella estaba mala, con la barriga todavía hinchada y la cara estropeada de tantos golpes.

*Fragmento de la novela La casa que está en todas partes, publicada por Suburbano Ediciones.

Erika MergruenErika Mergruen (Ciudad de México, 1967). Ha publicado poesía, cuento y novela. Sus últimos libros son El último espejo (Posdata editores, 2013) y La casa que está en todas partes (Suburbano Ediciones, 2013). Ofrece lecturas de autores diversos en su sitio osiazul.com.mx y puedes encontrarla en su twitter @mergruen

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