LA PUREZA. Agustín Fest

A mother watches me from her doorway.

She calls her children home in their dark language.

—James Joyce

 

 

Doña Carmen sigue limpiando, lo cual es una sorpresa, porque murió hace unas semanas. Cayó uno de mis libreros encima de ella y quedó en coma ahogada entre páginas y letras. Su cuerpo temblaba porque uno de los estantes golpeó su cráneo e hizo pulpa alguna de esas partes traicioneras del cerebro que manejan los impulsos motrices.

No hice nada al ver el creciente charco de sangre, es decir, no moví nada y tampoco levanté el librero por temor a romper alguno de sus huesos o abrir alguna herida. Hablé al número de emergencias y, en silencio, miré consternado los temblores del cuerpo hasta que llegó la ambulancia. Me dijeron que no hice mal pero que probablemente no sobreviviría el viaje. Había un tono combinado de reproche y conmiseración en la voz del paramédico. No quise ver cómo sacaban el cuerpo.

Doña Carmen tenía 42 años cuando la declararon muerta. En el hospital su cuerpo dejó de temblar y convulsionarse. Estuve presenté porque ella no tenía familiares, sólo clientes a los que llamaba hijos. Un policía me hizo unas preguntas, pensé que la declaración tomaría más tiempo pero el hombre, a los pocos minutos, me apretó el hombro y se despidió. Antes de irse me dijo, condescendiente, que lamentaba el accidente y se fue. Sentí un poco de rabia.

En el pasillo antecedente al quirófano donde unos doctores jugaban a salvar a la aplastada me encontré con los otros clientes de doña Carmen. Saludé a una pareja joven, mis vecinos a dos casas; un joven de veintidós años, estudiante de maestría y al que doña Carmen llamaba cariñosamente su hijo maricón; también habían un padre y un hijo, viudos ambos, que solamente hablaban entre ellos cuando coincidían con ella. El niño lloraba abiertamente. En el hospital conocí a mis “hermanos” por primera vez, incluyendo a mis vecinos, aunque sabía poco de ellos por las indiscreciones de doña Carmen.

Antes de recibir el anuncio tan esperado del médico y después de platicar anécdotas forzadas y graciosas de las limpiezas, de los encargos de escobas nuevas y cubetas que no estuvieran rotas, de las marcas de jabón y de ácido para las losetas y de las ocurrencias de doña Carmen; acordamos entre todos pagarle la cremación y el entierro de sus cenizas en tierra santa. No sabíamos si era católica pero se nos hizo fácil suponerlo. Siempre nos regalaba estampas de algún santo para protegernos de nuestros defectos.

Fue la última vez que nos vimos. Todo se arregló en santa calma a través correos electrónicos y depósitos. El hijo maricón ofreció hacerse cargo de las cenizas y el entierro. A pesar de que estábamos atados por los más recientes años de vida de una madre asumida decidimos, en silencioso acuerdo y gestos discretos, que no era suficiente para volver a reunirnos.

Regresé a casa pensando en el charco de sangre (un lago hemático, había dicho el policía), en los libros húmedos y rojos. ¿Quién se encargará de la limpieza de los muertos? Pensé llamar a un profesional, explicarle mi situación y en caso de negativa, que me dirigiera a una persona dispuesta a trabajar en ello. No lo hice por desidia y por morbo. Quizás debí hacerlo, quizás eso hubiera puesto a descansar el espíritu inquieto de doña Carmen.

Cuando entré a mi hogar, y caminé al lugar de los hechos, no encontré señales. Alguien había limpiado el charco de sangre y levantó el librero. Todo estaba en su lugar. Incrédulo me acerqué a examinar los libros, estaban limpios de manchas y de sesos. Los estantes se sentían firmes.

Olía a lavanda.

Primero ignoré la otra posibilidad: que doña Carmen siguiera viva pero en otro plano de existencia. Me convencí de que la policía, el hospital o quien fuera en el gobierno, había sido muy eficiente para borrar la fotografía de su muerte. No tardé en salir de mi error.

La noche que ella murió, tomé una taza de café para dar por terminado el hecho y cuando terminé de beber, en un momento de descuido, mirando a la ventana de mi estudio, la taza desapareció. Fui a buscarla a la cocina y la encontré limpia, seca, junto con las otras tazas acomodadas por color y por tamaño. Supe que había sido ella.

Doña Carmen alguna vez confesó cómo le gustaría que su trabajo fuera silencioso; poner las cosas en su lugar y ser simplemente un espíritu discreto, servicial y cariñoso. Entonces contaba la anécdota del hijo desaparecido, un tipo que salió por cigarrillos y nunca regresó. Eventualmente el desaparecido se convirtió en un lastre sorpresivo de las conversaciones matutinas y vulgares: menciones breves e inconexas de su nombre que, a la fecha, permanecen como un misterio.

Aquella vez me provocó ternura, hoy recuerdo la historia y me angustia porque eso explicaba muchas cosas: su insana obsesión por asumirse la madre de un puñado de personas que le pagábamos por limpiar nuestros asuntos y un temor perpetuo, silencioso, de ser despedida y dejar de ser útil o querida por alguno de sus nuevos hijos.

Me sentí culpable, pero también estaba dispuesto a experimentar esa sobrenatural comodidad. Pensé que no tendría que pagar nunca más por un servicio de limpieza. Sin embargo, como todos los misterios del más allá, quizás había cláusulas especiales, las oraciones en letra chiquita.

Doña Carmen hizo de la limpieza una desgracia.

No quisiera dar muchos detalles pero, en mi casa, no podía ensuciar algo sin que estuviera limpio segundos después. No solamente hablamos de los platos, también hablamos de los calzones y, en general, la vida de un hombre solitario. Ya se imaginarán que después de una noche peculiarmente ociosa, luego de mirar lubricidades, marcaba impunemente de semen la ropa interior. Al instante, y sin darme cuenta, los calzones desaparecían y luego los encontraba doblados, hediendo a jabón, en su lugar dentro del cajón del masturbador de la casa.

El truco me asustó la primera vez pero aprendí a acostumbrarme. Quise hablarlo con doña Carmen pero, aunque hablaba en voz alta a las paredes y los techos, mi interlocutor invisible jamás dio señales de entenderme, ¿y por qué debería? Hablar con las paredes debe ser, para los fantasmas, lo mismo que para los cuerdos: una locura. No es dominio público la domesticación de los espíritus. Luego miraba la casa inmaculada, ninguna partícula de polvo, y me convencí de que esos trucos incómodos eran un mínimo precio a pagar.

 

 

Una vez traje a una de mis conquistas a mi casa: una mujer que me ligué en un bar. Risueños y borrachos nos embarramos contra las calles, las paredes y las puertas hasta la entrada de mi casa. Se me cayeron las llaves y nos reímos toda la noche antes de levantarlas. La bebida me hizo ignorar, o mejor dicho, olvidar a doña Carmen. Me arrepentí pronto. En cuanto la chica entró a la casa, perdió su ropa, espesos parches de su cabello, un diente donde tenía un pedazo de hierba y la mitad de su vello púbico. Ella huyó despavorida. Más tarde me enteré que un auto policíaco se la llevó, desnuda e incompleta, a un hospital psiquiátrico porque la mujer estaba francamente histérica.

Al instante no pensé en doña Carmen, todavía tenía la imagen de la chica incompleta en la cabeza y aun así, aproveché esa imagen cuando estaba en mi cama luchando contra los efectos del alcohol y de la soledad. Vomité, eyaculé, babeé las almohadas. Al despertar, ya consciente de lo que había pasado, reproché a doña Carmen que fuera así de rapaz con la chica. Pero la cama y las sábanas olían a flores, como si nada.

No sabía qué hacer, no sabía cómo comunicarme con ella.

Quizás si hubiera sido más inteligente y menos comodino, hubiera pensado detalladamente en la confesión de doña Carmen: la limpieza silenciosa, el misterio del hijo desaparecido. Bueno, puedo decir lo mismo en muchas partes de la historia: no levanté el librero cuando la aplastó como a una cucaracha, no me quejé con el policía cuando me hizo rabiar, no quise hacerme cargo de sus cenizas, me importó poco que a sus clientes nos viera como sus únicos hijos y cuando llegué a casa, el día de su muerte, era más el morbo de ver su sangre o su materia gris desparramada que mi tristeza.

No importaba dónde estaba el error. Buscar la culpa de actos ajenos a mi control era un pasatiempo estéril. El error fue que doña Carmen murió y cuando traspasó una puerta, se metió en un embrollo de leyes sobrenaturales. Adquirió un poder que la hacía feliz y era un poder que con cada limpieza, cada partícula de polvo eliminada o cada mancha de café desaparecida se hacía más fuerte.

 

 

Me pregunté, tiempo después, dónde estaba lo que se llevó de la chica: el cabello, el pelo, el diente y la ropa. Busqué por toda la casa pero no lo encontré. Se me ocurrieron muchas cosas: quizás se los llevó para construirse un cuerpo, quizás los desapareció para confirmar que podía limpiar algo hasta desaparecerlo o bien, los desintegró porque la suciedad de esas cosas estaba más allá de todo reparo. Busqué por toda la casa, paciente, sin ánimos de discutir con un espíritu mudo pero mi búsqueda acabó pronto y con malos resultados.

Recordé a mis “hermanos”, en el hospital, y se me ocurrió que tal vez no era el único en la misma situación. Salí de la casa y aunque llovía, corrí dos casas para buscar a mis vecinos, la pareja joven. Las luces estaban apagadas, las ventanas corridas, pero había un coche estacionado. Traté de asomarme pero no encontré ningún indicio de su paradero. Había sobres de deudas y de recibos acumulándose en la entrada. Toqué la puerta varias veces. Sentí que me vigilaban a través de la mirilla y cuando traté de mirar a través de ella, un brillo inquietante, como el de un ojo, impedía distinguir cualquier cosa. Me rendí. Ni siquiera su perro baboso y orejón ladraba. Regresé a la casa para ver si podía llamarles por teléfono.

Cuando entré a la casa, mi ropa húmeda desapareció, algunos dedos de mis pies y mi dedo índice derecho. Contemplé fascinado. No eran muñones de carne. Parecían, mejor dicho, espacios vacíos, algo imposible de ver por tan claro que era. Podía sentir lo que desapareció de mi cuerpo y sentía extrañamente que no estaban en su lugar. Me di la vuelta para huir pero mi dedo desaparecido entorpecía el modo de tocar las cosas.

El espíritu de doña Carmen llegó a la conclusión de que no había alguien más limpio que una persona encerrada en su propia casa.

Busqué mi agenda para contactar por teléfono a sus otros clientes, mis hermanos y las hojas estaban vacías: no había nada anotado en ella. También faltaban las fechas impresas o los números de emergencia. Desnudo, corrí a buscar uno de los libros del mueble, abrí sus páginas y todas estaban en blanco.

 

 

Doña Carmen sigue limpiando. La vajilla, gradualmente, ha perdido su color para ser reemplazada con tonos grises. Quién sabe cuanto tardará en emblanquecerlos. Mis sillones y mis muebles de tela también han perdido los colores, como si alguien hubiera echado botellas de cloro sobre ellos. Hace mucho que no uso ropa porque Doña Carmen la retira de inmediato. Teme que la ensucie. Ahora sabe que la manera más sencilla de proteger a su hijo de la suciedad, es trasladar su cuerpo a la casa y limpiarlo como parte del inmueble.

Ninguno de sus otros hijos seremos un misterio como el que se fue. Esa condenada incógnita que todavía la mantiene atada al mundo.

Debo seguir contándoles esto, antes de que se deshaga esta mano con la que escribo palabras que desaparecen al momento. Doña Carmen me quitó uno de los ojos porque su color le pareció demasiado intenso, una mancha detestable, pero ese ojo no desapareció del todo, es decir: cambió de lugar, cambió a múltiples lugares. Una parte de mi vista mira como escribo desde una esquina, otra parte de mi vista mira por la ventana, otra parte mira el baño, otra parte está en la mirilla, inquietando con su brillo a los espectadores de un hombre solitario.

Mis múltiples visiones son útiles pero aún no consigo comprender el truco de doña Carmen. Supongo que pronto lo sabré. No puede esconderse para siempre. Sé que mis dedos están en las paredes y que puedo oler múltiples habitaciones de mi casa al mismo tiempo. Huele a lavanda, a orines, a jardín, a humedad. Es fascinante pero todavía no entiendo dónde está ella. Cuando desaparezca lo primero que haré será buscarla, preguntarle si puede regresarme mi cochina humanidad. Pero, quizás porque mi mente está más clara, también se me ocurre que debería buscarle para darle las gracias: doña Carmen me ha regresado, a través de la monstruosidad de dividirme en partes infinitas para no ser una mancha excesiva y visible del mundo, a un apacible estado de pureza.

Relato que forma parte del libro AQUÍ NO ES EL CIELO de Agustín Fest, para obtener la versión ebook de amazon (E.E.U.U) dar click aquí (México) dar click aquí 

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Agustín Fest (aka: arboltsef) estudió media carrera de Letras Inglesas en la UNAM y media carrera en sistemas. Trabajó diez años en publicidad. Publicó en varias revistas: Penthouse México, Venga!, ¿Dónde ir? y en el suplemento cultural de Guardagujas (Jornada AGS). Actualmente escribe una columna los lunes en La Jornada Aguascalientes con el nombre de La escuela de los opiliones. Ganador del Concurso Nacional de Cuento José Agustín 2012 por su cuento: Lotófago. Recibió una mención honorífica en el concurso de Novela Breve Amado Nervo 2013 por su novela Dile a tu mamá que se calle (antes llamada: “El monstruo”), publicada en una coedición entre la Universidad Autónoma de Nayarit y Ficticia Editorial.

Los libros que ha publicado digitalmente: La torre de los sueños, Escorpión de sangre y El libro de marte, entre otros.

Participó en dos antologías post apocalípticas: Así se acaba el mundo (Editorial SM, 2012) y Diarios del fin del mundo de Recolectivo (Kala Editorial, 2009). Fue parte de Jóvenes Creadores (FONCA) 2013, en la especialidad de Cuento por su proyecto: Las múltiples vidas de Mateo. Su próxima novela, Panteón de plumas negras, será publicada por Pearson Hispanoamérica en 2016 y fondeó un libro de cuentos, Aquí no es el cielo, que se publicará digitalmente a finales del 2016.

Durante diez años trabajó en su primer blog el cual tuvo tres etapas y tres nombres: “Árbol Tsef Thaed – Cibernauta”, “Árbol de los Mil Nombres” y finalmente “árbol 2:17″. En aquel blog publicó novelas inéditas, cuentos, minificciones y la crónica de su cacto come-gatos, come-niños. Durante un tiempo metió su cuchara en un taller en línea de ficción llamado Metatextos (metatextos.com) y fue administrador de un blog llamado Big Blogger (big-blogger.net) el cual se manejó como un foto reality. Finalmente decidió abrir un blog más, esta vez con su nombre, donde piensa rescatar algunas anécdotas, crónicas, columnas, cuentos y pretende escribir como en sus inicios: una cuenta muy sencilla de los días. Quiere escuchar la primera música, la del desvelo.

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