LA POÉTICA DE LA MUERTE EN JOSÉ MARTÍ. José Raúl Vidal y Franco

DESDE LA MÁS ALTA ANTIGÜEDAD la  muerte se configura en tema de recurrencia para filósofos, poetas y escritores, ya sea por lo enigmática que resulta, o por considerársele  la enemiga más temida de los hombres. En la poesía, su misterio se asume como un reencuentro colmado de honda sensibilidad cuya presencia no es finalizar la vida, sino indicar su evolución.

En la literatura y el arte, el XIX es por antonomasia el siglo de la muerte: le mal du siècle. La eterna encrucijada de la muerte inevitable y la impotencia de no poder controlar el destino, produce los miedos que marcan al romántico (sus tormentos y tristezas, sus pesimismos y desengaños, sus crisis de valores y de creencias). Sin embargo, no era un tema intolerable. Podía tratarse con transparencia, lo mismo entre intelectuales  que entre gente de pueblo. Todos compartían la idea fundamental de la muerte, su culto y respeto, como parte de la vida.  Ese es el ámbito de Martí aunque con claras diferencias conceptuales que lo apartan de la fibra clásica del romanticismo y sus contemporáneos al adentrarse en el vértice del compromiso social e histórico de su tiempo.

Cualquiera que incursione en la obra del Apóstol experimentará un raro asombro ante la Historia. Tan abrupto fue su final como única fue su vida marcada por el sacrificio: Su muerte fue horrible porque horrible fue su vida de angustia, soledad, servicio, deber y olvido de sí. Para servir la voluntad  que lo  guió  estuvo  fundada en una sentencia universal: La vida es una prueba: ¡la muerte es un derecho! Nunca halló descanso en medio de escollos y vicisitudes  aun cuando el  destino le deparaba un final similar al de un poema heroico: Yo moriré sin dolor: será un rompimiento interior, una caída suave, y una  sonrisa.

En el conjunto de su obra, la concepción de la muerte en ocasiones se vislumbra con ciertos rasgos místico: abre los  brazos/ listo estoy, madre Muerte: al juez me lleva!  El verso revela la idea de quien anhela esenciarse con Dios en la magnificencia de la Creación al modo de la Santa de Ávila o San Juan de la Cruz, quienes  veían en la muerte la consumación perfecta del goce divino. Para el poeta, el deseo de entregarse al misterio de la trascendencia acentúa el talante íntimo de su recogimiento espiritual.

La imagen  fantasmal de la muerte se transfigura en una proyección de carácter muy personal que lo acompaña a lo largo de los años:

He vivido: me he muerto: y en mi andante

Fosa sigo viviendo: una armadura

Del hierro montaraz del siglo octavo,

Menos, sí, menos que mi rostro pesa.

Las contingencias del exilio marcan ese tono  amargo que recorre gran parte de su obran lírica. La decepción que afloraba en medio de la creación artística tuvo algo de ahogo que no dejó de fluir  por entre sus endecasílabos. Y si bien habla casi con desesperación de sí mismo, no dejó de forjar su entereza  aunque fuese al compás de un silencio acentuadamente estoico:

Duele mucho en la tierra un alma buena!

De día, luce brava: por la noche

Se echa a llorar sobre sus propios brazos:

Luego que ve en el aire de la aurora

Su horrenda lividez, por no dar miedo

A la gente, con sangre de sus mismas

Heridas, tiñe el miserable rostro,

Y emprende a andar, como una calavera

Cubierta, por piedad, de hojas de rosa! 

 Martí presenta la muerte como una realidad inmanente y descarnada, como un concepto de término y transcurso e incluso, como una sombra poderosa y liberadora que al ser personificada deviene en un gran símbolo.  La intensidad con que describe la muerte  trasciende el marco de la modernidad para adentrarse en el vértigo de lo enigmático con imágenes colmadas de sensibilidad y elegancia; a veces subrepticias o subjetivas; a veces con referencias fieras o jocosas como en Versos sencillos: Yo tengo un paje muy fiel/ Que me cuida y que me gruñe,/ Y al salir, me limpia y bruñe/ Mi corona de laurel.                                           

También encontramos la personificación de la muerte al estilo de los plásticos de Medioevo: una horrible calavera con largos velos negros que porta indistintamente una  guadaña o la flor del sueño. En Canto de otoño encontramos la imagen más depuradas de esa personificación:

Bien: ya lo sé!  la Muerte está sentada

A mis umbrales: cautelosa viene,

Porque sus llantos y su amor no apronten

En mi defensa, cuando lejos viven

Padres e hijo. Al retornar ceñudo

De mi estéril labor, triste y oscura,

Con que a mi casa del invierno abrigo,

De pie sobre las hojas amarillas,

En la mano fatal la flor del sueño,

La negra toca en alas rematadas,

Ávido el rostro, trémulo la miro

Cada tarde aguardándome a mi puerta.

A la descripción física de la muerte le añade uno de sus atributos más sutiles: la flor del sueño. Ya no es la fatal guadaña capaz de segar la vida en un instante, sino la flor que adormece lenta y eternamente.

En Flor de hielo el tratamiento de la muerte parte de su efecto devastador:          

Mírala: Es negra! Es torva! Su tremenda

Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;

Antro su fauce; secadores vientos

Sus hálitos; su paso, ola que traga

Huertos y selvas; sus manjares, hombres.

                                    Viene! escondeos, oh caros amigos,

Hijo del corazón, padres muy caros!

Do asoma, quema; es sorda, es ciega: ─El hambre

Ciega el alma y los ojos. Es terrible

El hambre de la Muerte!

Los versos se describen la muerte tal cual la ve el poeta: No es ahora/ la generosa, la clemente amiga/ que el muro rompe al alma prisionera/ y le abre el claro cielo fortunado,  sino la que posa  sentenciosamente la tajante mano en Canto de otoño.

Ciertamente, los muchos años de lucha y trabajo del Apóstol se fraguaron al calor de una vocación de servicio en pos de la libertad de Cuba, y acaso también, estuvieron  matizados por aquel pensamiento que acuña en una de las prosopopeyas más bellas en lengua escrita: la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida.  Esta imagen, tonificada con el sabor del aforismo, sintetiza su preocupación ante la idea de una muerte prematura sin permitírsele concluir la obra libertaria a la que había consagrado toda su existencia.

El atractivo por la muerte puede ser muy bien rastreado a lo largo del decimonónico de nuestra literatura: —piénsese en Zenea o en Casal o en la Zambrano—. Y Martí, desde luego,  no suele ser un caso único. La temática de la muerte está presente desde los albores de su literatura hasta el último acto de su vida. De hecho, la asume  tal cual es: —sin exclusiones, siempre dual y diferente—,  para ir más allá de los estereotipos y generar formas inesperadas, contrastes, sugerencias, e incluso, como motivo de reflexiones capitales  asociadas a su singular concepto del altruismo. En consecuencia, la voluntad de consagrarse en cuerpo y pensamiento a la independencia de Cuba, como toda gran empresa, entrañó  pruebas enormes, escollos y vicisitudes que muchas veces disolvió tácitamente en los cánones de su concepción estoica de la vida.

© All rights reserved José Raúl Vidal y Franco

JOSE RAUL VIDALJosé Raúl Vidal y Franco Nació en La Habana en 1968. Ensayista y crítico. Profesor investigador de la obra martiana. Autor de José Martí: a la lumbre del zarzal (2014) y Los Versos libres de José Martí: notas de imágenes(2015). La Narrativa cubana del Exilio (2015). Otros trabajos suyos incluyen:El ritmo semántico como principio estructurador de los Versos libres (1995).La naturaleza en Martí: motivo de una reflexión (1995). Amor con amor se paga: un proverbio inmenso (1994), Lo de Puerto Príncipe (1994). Autor adjunto de Ediciones Homagno. Colaborador de Nagari, Revista de Creación Literaria. Vive en el exilio, Miami desde 1998.

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