LA NOCHE LLENA DE ESPEJOS. Claudio Rynka

 

                                                                            “Estoy solo y no hay nadie en el espejo”        

                                                                                                         Jorge Luis Borges. 

  

No supo si habían pasado cinco minutos o cinco horas desde que, entre sueños, escucho que alguien golpeaba la puerta y se levantó sobresaltado. Caminó tambaleando con sus piernas todavía dormidas hasta la entrada principal. Abrió la puerta y estaba ahí. La caja era de madera negra, rectangular, de casi su estatura y decía frágil. Miró hacia ambos lados del pasillo, pero no había nadie. La caja no tenía destinatario. Pensó que era un error, pero en su piso todavía no había vecinos. 

 Tomó la caja pesada y ya dentro del departamento la dejó apoyada en una de las paredes vacías. Se paró frente a la caja. No recordaba haber ordenado nada para el piso. Entre la mudanza y el trabajo no había tenido tiempo. Sin más rodeos la abrió. Enseguida vio su imagen reflejada en el espejo con marco dorado. Escuchó golpear la puerta otra vez. La abrió y para su sorpresa había otra caja similar. Otro espejo igual. Ni siquiera había alcanzado a desarmar las cajas, cuando los golpes en la puerta resonaron otra vez. Tres más y así en una sucesión que parecía no tener fin, cinco, después ocho, después trece, veintiuna, treinta y cuatro, cincuenta y cinco, ochenta y nueve. Ciento cuarenta y cuatro espejos, la misma altura, el mismo peso, la misma forma, el mismo marco. 

 Exhausto, miró por la ventana la ciudad que se llenaba de luces y sombras. En la noche llena de espejos, infinitas imágenes inundaron el espacio. A su izquierda vio a Afrodita, rodeada de espuma de mar, sosteniendo un espejo en sus manos. Trató de evitar su mirada, pero fue imposible, entonces enamorado, cruzó la frontera de la luz e hicieron el amor hasta que fueron sorprendidos por Adonis, que con certero flechazo le atravesó el corazón. En su agonía lo escuchó decir que la única manera de sobrevivir era partiendo la flecha, pero entonces jamás volvería a enamorarse. ¿Acaso el amor no era una forma de suicidio?, pensó. Así lo decidió y con la punta de la flecha atravesada en el órgano rojo fue expulsado del reino y deambuló por otros reinos, otros dominios, que eran como cristales que se multiplicaban. Cuando llegó a Anatolia, la actual Turquía, vio los fragmentos de espejos más antiguos de la humanidad. En uno de ellos se reflejaba un gran caballo de madera entrando a la ciudad de Troya, y una flecha que atravesaba el pie de un guerrero anunciaba la caída de un imperio¿Puede un imperio sostenerse en un talón? Solo en su decadencia”, pensó y así siguió atravesando el tiempo a través de las láminas reflectoras hasta una fuente de metal que estaba a la entrada de un tabernáculo hebreo. 

La bandeja cóncava revelaba miles de personas caminando y se unió al éxodo hacia una tierra de promesas, pero quien cree en promesas debe estar preparado para la desilusión y él no lo estaba, por eso se apartó del camino, cuando vio a Narciso ahogándose en su propia imagen. ¡Vaya que es antigua la vanidad del hombre!”, pensó. De frente, las imágenes eran un poco más actuales. Un viejo Jacques Lacan explicaba la función del espejo en la construcción del yo. 

También era notable el Espejo dla Sabiduría (en el que se reflejan las cosas del cielo y de la tierra, excepto el rostro de quien se mira). Se olvidó del suyo reflejado infinitas veces y siguió contemplando. A su derecha vio también vampiros, seres sin alma que no se reflejaban, a Verónica tomando un Bloody Mary y un mundo, totalmente invertido como el de Alicia, lo invitaba a penetrar en uno de los espejos. 

Sin dudar introdujo una pierna, luego la otra, después el torso y por último la cabeza. Ya dentro, la acción anticipó a la palabra y ésta al pensamiento, entonces él, salió antes de entrar, desempacó los espejos antes de recibirlos, abrió la puerta antes de ser golpeada y despertó antes de dormir. 

© All rights reserved Claudio E. Rynka

Claudio E. Rynka, nació en Buenos Aires en noviembre de 1963. Estudió en la escuela pública, destacándose en matemáticas y química. Tomó clases de inglés, música y natación. Cursó en la Universidad de Buenos Aires la carrera de Farmacia y Bioquímica. Hacia finales de la década del noventa, emigró a los Estados Unidos, exactamente a la ciudad de Miami donde actualmente reside con su esposa e hija. Lector ávido, se introduce en el mundo de la literatura a través del circuito de bibliotecas públicas de la ciudad de Miami. Es ganador del concurso de cuentos “Cuentomanía” edición 2017. http://cuentomania.com/cuento-ganador-2017-el-vendedor-de-sombreros/ 

Colaboró recientemente con cuatro relatos en la publicación de Los convidados del sábado, antología de cuentos del taller de escritura creativa de la Biblioteca Pública de lciudad de Miami Beach. 

Leave a Reply