LA NOCHE DE LOS ZOMBIS Y OTROS POEMAS. Dolores Fernández

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La noche de los zombis

Se rompe la noche en la ciudad,
la noche de los zombis.
Hay sombras de harapos,
refugios de plástico, de papel,
relicarios de contornos incoloros
sin medida
y coitos sin manos,
sin sexo, sin labios.

Desde su orilla, los zombis
atrapan la oscuridad.
No hay sirga que los arrastre
con fuerza del otro lado
ni Estigia que en su voracidad
ansíe sus cuerpos apedazados
que solo aprendieron
más tarde, más lejos, jamás.

La noche de los zombis es
ciega y sorda,
y hay nombres impregnados
en el cartón de los colchones.
En el subterfugio de algún parque
sueñan heraldos sin madrugadas,
sin cajeros, bancos, soportales.
La sobriedad es la locura de la razón.

Hace frío en la noche de los zombis,
y duele la herida de hielo,
el cuchillo, la patada,
la cerilla, la gasolina, el fuego.
Cartón, plástico, reliquia,
cuerpos, vacío, ceguera.
El rosario del zombi
es una culebra que repta, lenta.

 

El escriba

Hoy he visto en la pirámide invertida
la fragilidad del no puedo o no sé.
En su estigma, el precipicio hondo del miedo,
el ardid de arena bajo el ala oscura,
contra el pico corvo, contra el ojo turbio.
He visto la pirámide del escriba.
Un ave rayaba el suelo del revés.

 

Arcos

Arcos sepultados,
pasó ya el tiempo de las piedras,
del martillo y el cincel.
Cuando sople el viento de la mañana
rugirán invertebradas vuestras pilastras,
aquellas que soñaron
con bóvedas húmedas
de helecho y fango.
El polvo será vuestro hermano
y solo vosotros,
paréntesis enojados,
os hundís un poco más
en un rictus de sótano.
Tras las huellas,
el último de los visionarios.

 

El té de las cinco

En ocasiones cuesta
poner un pie ante el otro
y avanzar.
Cuesta deslizarse
sobre el cieno.
El barro se acumula
en la suela y salpica
los cordones nuevos.

Debiéramos ser hijos
de nadie
y tatuarnos de olvido.
Siento que
en la urdimbre
del recuerdo
se retuerce el paisaje,
fermenta la hierbabuena.

En los manglares insanos
solo el despojo,
y un paso enfermo,
y un poso infame,
y un peso huérfano.
Sortea su desvarío
el carillón.
Tocan las cinco.

Tomaremos el té
en el infierno.

 

En la noria

Hay oquedades que contienen
corazones desvestidos de sí mismos,
retablos costumbristas
de la medianoche,
antifaces con sonrisa.

Una noria con ribete de cristales
aligera los cuerpos,
pura piel efervescente
que se disuelve en besos
contra el aire.

Mientras, los cangilones
giran, ignorantes.

 

A Pablo Milanés

No sé cuándo fue
pero escuchaba a Pablo Milanés.
Anochecía en la cocina
mientras ungía guisos
bajo palio -la campana extractora-.
La encimera me prestaba su calor.

Ya no recuerdo
colores, aromas,
el sabor de posibles humedales.
En cambio, sé
que el tiempo
hervía en ollas a fuego lento.

Pablo Milanés cantaba
a Yolanda, aquella mujer,
y era el momento
quien mecía
mi mano adulterada
por una cuchara de madera.

Sí, recuerdo que Pablo
amaba a Yolanda
y que ella le colmaba.
Aún guardo su tacto
grave, cálido
entre mis dedos.

Hoy mi mano
desea regresar con Pablo
a la epifanía de su voz.

© All rights reserved María Dolores Fernández

María Dolores Fernández es filóloga y residente en Barcelona  (España). Creadora del blog literario Despeñaverbos, es autora, entre otros, del conjunto de relatos Halogramas y del poemario El escriba en su pirámide.

mdolores@despeñaverbos.es

twitter: @sibilinda

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