LA MADRUGADA QUE NO FUSILARON A GARCÍA LORCA. Xalbador García

En medio de amenazas muerte y credenciales del Partido Popular, en la caja número cuatro del archivo de José Revueltas en The Nettie Lee Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin, existe un pequeño sobre cuyo remitente sólo firma con las iniciales “F. G”. No hay carta alguna o por lo menos no se encuentra en este apartado de los papeles del mexicano. El sello postal, con la imagen de la Estatua de la Libertad, corresponde a la ciudad de Nueva York y pertenece a la serie “Liberty”, conocida también como la “Sixth Bureau Issue”, lo que hace suponer que la fecha de la misiva tuvo que rondar los años cincuenta.

Un sobre sin contenido no llamaría mucho la atención si no es por dos aspectos que lo ligan inevitablemente a uno de los hechos más oscuros de la historia de la literatura en castellano del siglo XX: el fusilamiento de Federico García Lorca en agosto de 1936.

El primero de los aspectos lo ofrece el mismo Archivo Revueltas. En otra de las correspondencias, Efraín Huerta, uno de los amigos más cercanos al autor de El Apando, le comunica que rendirán homenaje a García Lorca en el número uno de la revista Taller, en la que aparecerá una serie de poemas del andaluz transcritos por Genaro Estrada. Lo curioso es que Huerta se refiere al poeta y dramaturgo español tan sólo como “F. G. L.”, lo que hace suponer que entre la comunidad literaria de la época era común el uso de las iniciales para referirse a Lorca.

El segundo aspecto que le da un peso histórico a ese extraño sobre en los papeles de Revueltas se encuentra al otro lado del mundo. En el archivo reservado de la Universidad de Filipinas del escritor Antonio M. Abad no es una, sino 12 las cartas con las mismas iniciales que abarcan casi 15 años de correspondencia, de 1953 a 1965. Tres misivas están firmadas por “F. G.”, dos por “G. L.”, en cuatro simplemente aparece la letra “F” y en las tres restantes se muestra desnuda la “L”. Pese al hermetismo del nombre del remitente las epístolas se reconocen escritas por la misma persona debido al estilo y a los temas que toca, casi siempre poesía, por lo que todas están en la misma sección: la número 57 de las casi 100 cajas del Fondo Abad.

Las cartas que recibe el filipino le llegan por medio de la Academia de la Lengua Española o directamente de España. En el cuerpo del texto es donde se evidencia que el remitente escribe desde Nueva York, lo que ligaría estos documentos con el hallado en el Archivo Revueltas. Todas las misivas inician de la misma manera: retoman una conversación pasada. Este detalle sugiere que hay otras cartas, tal vez extraviadas, tal vez en algún otro apartado del Fondo Abad. Las epístolas están escritas a máquina y casi siempre muestran tachaduras sobre las que se corrige a mano. El diálogo abunda sobre poesía, principalmente del Siglo de Oro. Discuten el metro en Góngora o la ironía en Quevedo, así como los avances en el trabajo de traducción de Abad.

Parecen textos sin importancia. No hay nada más aburrido que dos poetas hablando sobre poesía. Pero entonces fuera de todo contexto se cuelan algunas frases enigmáticas que van cobrando sentido a lo largo de los años: “A Manila le envié la primera edición del libro. Lo publicó Séneca en México” (aventuro que habla sobre Poeta en Nueva York); “He visto en Central Park al pintor surrealista: me desagrada cada vez más su atuendo y el de su mujer. Me mira con desprecio, como si yo hubiera elegido el silencio” (posiblemente ese personaje es Dalí); “De Gran Canaria peregriné a Marruecos. Finalmente regresé a esta ciudad de asombro y desencanto”; “El asunto no camina. Los de aquí no quieren más problemas con el mundo. España, aunque aislada, sigue siendo parte de ese mundo herido”.

En dos ocasiones Abad viajó a Estados Unidos para informarse sobre los nuevos métodos en la enseñanza de Lenguas. Pretendía salvar el castellano en Filipinas luego de la invasión política y cultural de los americanos, cuyo objetivo era erradicar el español en el Archipiélago. Por lo que se trasluce en las cartas, llegó a Nueva York donde vio al redactor de la hermética correspondencia. Le agradece los consejos sobre poesía e incluso en una de ellas Antonio M. Abad lo invita a la Universidad de Manila. La respuesta es tajante: “No hay las condiciones. Le agradezco ese gesto, pero no puedo ser un exiliado en su país. Yo ya no existo. Los fantasmas no pueden hablar, menos escribir sobre nada”.

Si se sigue la línea discursiva de las cartas puede recrearse una historia que encajaría con la de García Lorca. Al parecer aquella madrugada del 18 de agosto de 1936, el poeta iba a ser fusilado en la carretera que une las localidades de Víznar y Alfacar. Pero en el momento se agudizó una pugna entre los miembros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y la Falange por la decisión de matarlo.

Ramón Ruiz Alonso, a quien hasta hoy se le acusa como el responsable de la detención y el fusilamiento de Lorca, al parecer fungía como espía norteamericano. No se sabe muy bien qué pasó durante esas horas del presunto fusilamiento, pero el poeta habría sido escondido unas semanas en España y luego llevado a Portugal. De ahí partió a Marruecos en barco. Antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial voló de Casablanca a Estados Unidos. Al salvarle la vida, lo que buscaba el gobierno estadounidense era tomarlo como iniciador de un movimiento en contra de Franco una vez terminado el conflicto armado en Europa. Convencido por sus amigos de la Universidad de Columbia, el poeta habría aceptado el trato.

El problema fue que la guerra duró más de lo previsto y al finalizar existía otro orden geopolítico en que se enfrentaban Rusia y Estados Unidos. España se sitió bajo el cobijo de Franco y la figura de García Lorca dejó de importar para los norteamericanos que estaban enfocados a la Guerra Fría. Los datos vertidos en esta correspondencia explicarían por qué nunca ha habido certeza sobre el fusilamiento del poeta, como tampoco se ha logrado hallar su cuerpo. También justificarían la salida de Ruiz Alonso rumbo a suelo americano tras la muerte de Franco, dejando en España a su hija.

Las últimas cartas entre Abad y “F. G.” corresponden a mayo de 1965. Percibiendo el ocaso del castellano en el Archipiélago, el filipino escribe: “¿Recuerda los tiempos aquellos donde fuimos compañeros de La Opinión? El periódico ha muerto ya, y el español en Filipinas, si Dios no lo remedia, va a seguir su suerte, a juzgar por la vida raquítica que lleva después de la guerra”. La respuesta desde Nueva York es igual de lánguida: “En ocasiones creo que aquella madrugada sí fui yo el que fue fusilado”. No hay más documentos. Abad muere en 1970.

La dirección del sobre firmado por “F. G.” en el Archivo Revueltas remite al oeste de Manhattan: Bleecker Street esquina con la calle Once. Actualmente es un barrio hermoso, donde viven artistas y escritores neoyorquinos y en el cual también se hallan algunas de las tiendas de los diseñadores más famosos del mundo. En la dirección proporcionada se encuentra una librería enclavada en un hermoso edificio marrón de principios de siglo. Todos los vecinos son menores a los 40 años y ninguno vivió ahí su niñez. Nadie puede dar referencias sobre el pasado de los antiguos inquilinos. Lo curioso es que hasta el día de hoy a ese complejo de departamentos se le sigue denominando “La casa del poeta”.

 

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo.
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años.
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra

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