LA MADRE. Mariana Rivas

Como todas las mañanas, se levantó a las 6 en punto. Tomó un ligero desayuno que acompañó con la lectura de dos diarios. Vio el reloj. El tiempo le alcanzaría perfecto para todo lo que debía hacer. Compraría ladrillos y alquilaría dos andamios para el nuevo proyecto de construcción que estaba dirigiendo. Iría a la municipalidad para pedir una licencia de construcción. Y por la tarde llevaría a Diana, su nieta, al instituto de inglés. Se disponía a entrar en la ducha cuando escuchó el teléfono. Decidió contestar y de repente… una voz revolucionó sus pensamientos.

Era la de Juan Rojas, el primer novio que tuvo mi madre. Ella tenía quince y él diecisiete. Él era el sueño de todas las chicas del barrio. Y ella, la mujer más afortunada en la tierra.

La conversación telefónica fue breve. Había regresado al Perú después de casi treinta años de vivir en Nueva York y la quería ver. No importaba cuándo ni dónde. Sólo la quería ver. Su insistencia, la hizo sentirse muy halagada. El momento no podía ser más oportuno. Después de dos años, finalmente había superado el trauma de su divorcio. Había perdido quince kilos gracias a la natación y estaba más que feliz con el cambio.

Se sentía nueva y con muchas ganas de ser halagada. Ella aceptó y propuso una cena en su casa al final de la tarde.

Después de colgar el teléfono, mi madre retomó su plan para ese día; tomó un baño y sus recuerdos se desataron en cadena. Sus memorias la acompañaron hasta la habitación donde se detuvo frente al espejo. Se quitó la toalla que la envolvía, y se observó. Se vio reflejada, entera…desnuda de cuerpo y alma. Aunque había perdido peso, la piel flácida del abdomen evidenciaba su antigua gordura. Observó sus senos; siempre consideró que eran muy pequeños y, además, le daban cierto aire masculino. A continuación, se fijo en sus piernas. Ésa era la parte de su cuerpo que siempre le había gustado; un arma, como decía ella, para cautivar miradas y desatar suspiros. La resignación se apoderó de sí misma cuando vio su rostro. El cabello que lo enmarcaba estaba mal teñido; sus canas se dejaban entrever. Espolvoreadas por todo su rostro y entre las arrugas, las manchas marrones evidenciaban los sesenta y dos años que tenía. Y aunque era una mujer dedicada por entero al deporte, la piel no perdonaba el paso del tiempo.

Seguía mirándose al espejo cuando, de repente, sonó el timbre. Se cambió al instante y abrió la puerta…era Ángel. A los cinco minutos, como era costumbre, los gritos y mentadas de madre empezaron a escucharse por toda la calle. Seguramente era una herramienta rota, un motor quemado o un obrero ausente. Cualquiera que fuese el problema, ella lo abordaba con un cargamento de groserías que ni él sabía que existían. Ángel era el maestro de obras de la empresa de construcción que mi madre regentaba.

El mal carácter lo heredó de mi abuelo y lo reforzó con los cuatro hermanos varones que crecieron con ella. Los cinco hermanos nunca conocieron otra forma de solucionar problemas que no fuese a punta de golpes e insultos.

La discusión con Ángel la dejó fastidiada y decidió cambiar sus planes y quedarse en casa a preparar la cena. Cocinar, leer, remodelar casas e ir al cine sola, fueron a menudo sus pasatiempos preferidos después del divorcio. Una terapia convertida en pasión, como siempre me decía.

Mientras salteaba las almendras, empezó a recordar a Juan Rojas. Aquel joven que a punta de besos y caricias profundas la despertó durante su adolescencia. Él fue su primer hombre y ella su segunda mujer. Al séptimo año de relación decidieron comprometerse, más por insistencia de él que de ella. Tres días después de la pedida de mano, mi madre lo animó a considerar la idea de viajar a Estados Unidos para probar suerte. El plan cogió su rumbo y finalmente, el día llegó. Él iría primero y ella lo encontraría al cabo de un mes. Mi madre nunca tomó el avión. Él escribió, llamó, y sufrió insistentemente. Pero ella cierra aquella relación con una carta, más diplomática que sincera.

Terminó de cocinar y ordenó un poco su casa. Se fue a su cuarto. Vio el reloj; faltaban cuatro horas para las seis de la tarde. Y tardó una, para elegir la ropa que usaría. Pensó teñirse el pelo, pero no lo hizo por el olor que el tinte dejaría.

El tiempo voló y, sin darse cuenta, ya se estaban saludando en la entrada de la casa.

Mientras cenaban, mi madre lo observó. La pérdida de cabello y el notable aumento de peso pasaron a un segundo plano cuando vio su mano. Un pedazo de carne retorcida -según lo describió mi madre- resultado de una artritis severa. Su dificultad para agarrar el tenedor fue evidente, pero se negó a que mi madre le ayudará ésa, y las siguientes veces que comieron juntos.

Después de seis meses de mirar aquellos ojos, oler su cuerpo, acariciar su maltrecha piel y halagarse mutuamente…mi madre empezó a inventar excusas para no verlo. Entonces, cambió su número de teléfono. Desconcertado más que herido, Juan Rojas decidió volver a Nueva York.

Mi madre dejó muy claro que no tenía deseos de explicarle a nadie lo ocurrido, y eso nos incluía tanto a mi hermana como a mí.

El nombre de Juan Rojas desapareció de nuestras conversaciones tan rápido como vino. Nunca supe exactamente lo qué pasó. Pero lo que sí sé es, que durante aquellos seis meses, mi madre no discutió con Ángel. Cocinó incansablemente …y se cambió de peinado.

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Mariana RivasMariana Rivas, nacida en Perú, bachiller en traducción y magister en Periodismo en español de la Universidad Internacional de la Florida. Actualmente colabora como traductora y periodista para diferentes medios locales e instituciones a lo largo de EE.UU.

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