LA JODA DE LOS VIVOS. María Eugenia Lombardo.

Dedmont no parpadeó más. El sol ya había pasado por encima de la cabaña y, enrojecido por la hora, no dejaba de descender mientras él suspiraba con el corazón y los pulmones en las manos, y los ojos cerrados. Cerrados detrás de la cinta que los ocultaba, claro, y detrás de las carcajadas ahogadas fuera de esa cabaña, sólo para él sin luz. Pero ya no parpadeaba más, más allá de la negrura, y se dedicó a exhalar e inhalar el polvo del campo encerrado en la choza. Quizás oyó el sonido de una mosca.

            Afuera, los golpecitos contra la puerta y la alegría ajena lo insultaban, lo instaban a que continuara con su misión ni siquiera considerada todavía: tal era el impulso de la juventud por verse comprometida, aparentemente, con los rasgos de la adultez sin tener que responsabilizarse de ellos. Dedmont volvió a suspirar mientras se pasaba una mano por el hombro sudoroso e inseguro. Luego, dijo en voz alta:

            – No siento que a ella le interese lo que está pasando, chicos – como para que el grupo del exterior lo oyeran claramente. –. No oigo nada. ¿No van a decirme quién es? ¿Es Ludy? Porque si es ella, esto no es gracioso.

            – ¡Que Ludy ni qué Ludy! – respondió uno de los amigos que había parado de reírse. –. Si no encaras ahora, no vas a tirar nunca. Vas a ser un virgencito para siempre.

            – Como para pintarte de santo, Deddy – añadió otra entonación masculina que provocó el carcajeo infantil del resto del grupo. Dedmont empalideció en el calor pensando que, si Ludy hubiera sido rematada para tal evento, seguramente se hubiera resistido, hubiera creado una potencialidad de odio contra Dedmont mayor al que él se iba a tener a sí mismo.

            “– Sí, ya todos pasamos por eso, y es tremenda cosa, le haces pam pam pam y… es tener el control – había dicho la primera voz. –. Como tener poder.

            – ¿Y qué tal es? ¿Lo metiste de una o tuviste que practicar de antes?

            – ¡Práctica! Sí, con una manola. Con otra cosa no se practica, Deddy.

            – ¿Ludy es virgen?

            – No sé, deberías averiguarlo por tu cuenta. Ya es hora, ¿no? Después de esa historia en el cementerio, creo que la tenés toda en tus manos. ¡Sos un virgen, Dedmont!

            Anduvieron horas por la carretera de tierra nevada y el monasterio de tundra rodeándolos interminablemente. Los ancianos decían que a medianoche se oían gemidos pegajosos entre las flores y los muertos de las lápidas del lado derecho de la carretera. Pero el paso del tiempo trajo, al fin y al cabo, el verano, las plantas derretidas y el silencio de las tumbas”. Dedmont no se vio así de provocado por el aumento de la temperatura, y mucho menos por su edad y las ventajas de la piel finalmente afinándose contra los músculos, la novedosa altura de la espalda recta, el rostro y el pecho contorneados casi con finura en un claroscuro de pelo y tostaduras inusuales en el norte del mundo. A su edad tampoco se consideraba un fiel lector literario más allá de cierta afición que tuvo en su infancia por el Antiguo Testamento; si acaso, también lo atrajeron los textos místicos que interpretaban la unión carnal como esa transición del mundo bajo el sol hacia la existencia detrás de aquella estrella: el camino hacia la compleción del espíritu. Con el crecimiento de los pelos, todo este discurso se fue dejando atrás progresivamente. De todas esas creencias que parecieron ser eternas en su momento, Ludy fue lo único constante en su cabeza.

            En la cabaña, pensó en los ciervos del Cantar de los Cantares. A sus diecisiete años, toda metáfora le era belleza pura sin significado, y en lo oscuro de la juventud quiso mantener ese estado para siempre. Por eso, se acercó cuidadosamente a donde le habían indicado que estaba la cama (en la que no estaba Ludy porque hubiera sido más fantástico que lo que sus compañeros habían insinuado la escena que le tenían preparada en la choza), se arrodilló ante el colchón de polvo que el tacto y el olfato de joven le indicaron que tenía al frente. La camisa que se deslizó por su torso lo dejó expuesto al frío inesperado del atardecer, las luciérnagas escasas, y un ocasional grillo exponiéndose en el silencio expectante de quienes espiaban desde afuera. Se vio a sí mismo subyugado ante el mutismo de su compañera y a una forma de respirar que no sabía si era suya, de ella o de los dos, pues la falta de visión ya lo tenía confundido y la imaginación sobrepasaba la memoria de los textos leídos. La impotencia era inevitable. No podía deshacerse de la venda tapa-ojos porque no era el trato. Ser joven es hacer tratos con la adultez sin compromisos, pero Dedmont ya estaba entregado: aproximó la mano al brazo de piel sobre la cama, y esperó. “Ludy se había asustado en el cementerio hacía un mes, cuando uno de los del grupito hizo un ruido a lo lejos y ella pensó que un fantasma los estaba acechando. Se aferró a Dedmont con poca sutileza, lloró sobre su hombro y le agradeció que la hubiera sacado de ahí a tiempo. Qué bueno que fue a tiempo. La tenía en sus manos, era toda suya”. Y en ese entonces también tenía a otra a su total poder, un total control.

            Estaba todo desabrochado e intensificado en el cuerpo y el fluir de la sangre cuando pudo montarse sobre el cuerpo y todo era tensión y poco ritmo. Poco supo sobre de dónde sacó la fuerza para inspirarse tan físicamente de la forma en que lo estaba haciendo: deslizó las manos por el abdomen y las ingles para asegurarse de que todo funcionaba como la imagen implícita lo sugería; ¡encaró!, como le había dicho el de afuera que hiciera. Debajo de él la piel respiraba. Zumbó una mosca. No iba a preguntar su nombre mientras la besaba y trastornaba las sensaciones de su cuerpo, en aquél torbellino de pubertad y pelos. Mantras, chakras, Ludys y ciervos olvidados cuando embistió contra el cuerpo, definitivamente, con el grito de la juventud victoriosa: un aullido similar al que oyó en el bosque mientras los pies de los espectadores se alejaban, aterrorizados hasta provocar la fascinación de Dedmont por verse regresado a la realidad de los cuerpos.

            ¡La química y la noche le dijeron que algo no estaba bien! Se destapó los ojos y entre los ecos observó a quien abrazaba con las piernas y el sudor del sexo: empalideció tal como las iris poseídas de la mujer de piel cetrina y rota, rota de verdad, consumida hasta lo que Dedmont había creído que era una flacura inusual; una penetración que, en el vómito del tacto actual, hubiera creído que se trataba de la ascosidad de la Primera Vez y de músculos secos por falta de incitación. Un cadáver lo miró y volvió parpadear mientras extinguía la luz de la mirada para regresar a la muerte: los miembros dejaron de tocarlo y volvieron a estirarse sobre el colchón; el pecho raquítico, a carne viva, quedó paralizado hacia Dedmont, pero muerto al fin; y Ludy y los demás rieron a lo lejos. Él no supo si el fantasma lo había asechado para siempre desde el cementerio, pero callado y desgarrado dispuso de su propio cadáver sin juventud al salir corriendo, desnudo y penetrado, a perseguir los gritos en el bosque.

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Maru LombardoMaría Eugenia Lombardo, oriunda de Buenos Aires, Argentina, es estudiante de Literatura y Psicología en la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia), colaboradora de la revista emergente El Parcero y fundadora del Scriptorium en Los Andes. Escribe. Sigue escribiendo.

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