La criada y su cuento: distopía y servidumbre en la novela de Margaret Atwood. Elidio La Torre Lagares

Publicado el

Alguna vez Mark Twain dijo que la verdad supera a la literatura de ficción y la ironía es absoluta. Desde que la verdad se hizo relativa, ya nada se afirma con categoría de absolutismo, excepto por las posibilidades que guarda en ser una verdad total. Lo único constante es la búsqueda, si tan solo para enredarnos en la paradoja trágica que se nos devuelve en cada miedo. Y el peor miedo es que aquello a lo que tememos nos alcance.

 

La verdad supera la literatura entonces suena a aporía. ¿Qué sucede cuando la literatura -la mentira, lo ficticio- alcanza la realidad?

 

Margaret Atwood escribió El cuento de la criada con la idea de ensayar una forma de literatura especulativa donde la lógica y la realidad se cuestionarán de tal modo que suspendiera las disidencias de la duda y nos hiciera especular en que aquello que se nos dice utopía en realidad se disloque en distopía y, consideremos, eso es lo que vivimos hoy.

 

El sistema político ideal no existe, como tampoco existe la perfección. La apariencia de las cosas nunca es lo que son las cosas. La apariencia es la máscara, es la mentira, lo que consumimos a fin de creernos sanos en la verdad. Como las afirmaciones de grupo fundamentalista cristiano llamado Los Hijos de Jacob, que en la novela de Atwood se hace del poder y establece un estado totalitario en Gilead -que es la refracción de lo antes conocido como los Estados Unidos de América-.

 

El control en Gilead es corporativo, burocrático, tecnológico y filosófico. Entre sus retazos, nos enfrentamos a un trabajo de una complejidad inteligente donde Atwood, bajo la unidad de estilo, refuta la plantilla formulaica o el género. Más bien, combina una variedad de enfoques y formatos que cancelan la predictibilidad del relato.

 

Así, Atwood nos habla de un futuro especulativo en donde la retórica del estado se ampara en un autoritarismo estricto repleto de suspensión de derechos constitucionales, segregación racial, ejecución pública de homosexuales, persecución de los disidentes, un orden policial represivo e invasivo, y la asignación de roles a las mujeres en función de su capacidad de tener hijos. Todo esto es la realidad de Gilead. La verdad de Gilead.

 

Pero la mentira estriba en la intención. ¿O no? De lo contrario, se traga como verdad.

 

La novela, publicada en 1985, se dice en boca de Offred, la protagonista, cuyo trabajo como “handmaid” o criada la compromete a la subrogación forzada. Su trabajo es darle un hijo al comandante Fred y de ahí el nombre que ella asume: Offred, o “de Fred”. En el sistema de Gilead, la criada nunca es lo que es. Es decir, nunca es una concubina. Peor: es un producto de consumo como objeto sexual.

 

La propaganda del estado se convierte en ley. Disentir es anatema. El flujo de información, el pensamiento individual y la libertad de asociación quedan suprimidas con una brusca sutileza que solo apunta a que la realidad es aquello que queda fuera del sujeto, porque dentro no hay nada. No hay elección, no hay movimiento. Lo que no se mueve, se muere.

 

En una sociedad distópica, los ciudadanos temen al mundo de afuera, donde la servidumbre se sirve todos los días como una actividad emancipadora. [Incorpore aquí a Childish Gambino cantando “This is America”].

 

Una vez la criada cumple con su función -quedar embarazada y pujar la criatura al mundo-, la mujer es relegada de su deber y el comandante dispone de ella como si cambiara de rasuradora. La criatura, por su parte, pasa a ser propiedad de la esposa del comandante. La criada no existe. Es un espectro.

 

En su momento, Atwood nos desafiaba a mirar hacia el futuro cercano. Para el lector de hoy día, es mirar al presente, mas aquí la genialidad de la novela de Atwood: nos enfrentamos a un texto cuya legitimidad es autorizada por el profesor James Darcy Pieixoto, quien, al final del texto, en un apéndice titulado “Notas históricas sobre El cuento de la criada“, nos revela que él extrajo y transcribió el testimonio de Offred que originalmente encontró grabado en una cinta magnetofónica. Las notas Pieixoto son a su vez la transcripción de una de sus conferencias.

 

O sea: memoria acumulada y conservada en un aparato tecnológico. El pasado es una gran tiniebla llena de resonancias, ciertamente, y en El cuento de la criada se sostiene como documental y oralidad. Esta novela no se escribe, sino que se dice.

 

Cada casete comienza con dos o tres canciones, sin duda utilizadas como camuflaje: luego la música se interrumpe y a continuación se oye una voz, explica Pieixoto. La voz está llena de arcaísmos y modismos que Pieixoto identifica en desuso. Nos percatamos, entonces, que la novela esta encorchetada en otro marco de tiempo: el año 2191.

 

Quedan adecuadas las palabras con las cosas a las que apuntan y lo real entonces es una tierra baldía donde los ciudadanos se someten a un deshumanizante sistema de vigilancia continua, y en el cual no queda otra expectativa que la obediencia.

 

La uniformidad. Lo totémico. Se único e irrepetible se degrada a la imposibilidad, a lo que no es verdad, porque no son únicos e irrepetibles: son, a falta de mejor comparación, masa. La utopía, el lugar, el estado o la convicción de que este es el mejor estado de conveniencia para la gente, es una ilusión.

 

Entonces, el título. El cuento de la criada. Un cuento. Fabulación o construcción narrativa de hechos imaginarios. Es decir, algo que no es real. Una mentira.

 

En términos estrictos, cuando lo descubrimos no era en absoluto un manuscrito, y no llevaba título, dice el profesor Pieixoto. Se trata de un homenaje a Chaucer sugerido por otro profesor. Los juegos de palabras son intencionados. Pieixoto prefiere llamarlo “artículo”.

 

Offred, como protagonista, no es el personaje sufrido con el cual el lector supone una relación de empatía porque sufre. Por el contrario, Offred miente también. Contrataca. Se infiltra. Se vende. Ofrece sexo a cambio de lo que quiere. Cuando el comandante Fred le ofrece ser su amante -más allá de su labor, las criadas no podían socializar con los comandantes-, ella acepta a cambio de conocer. Quiero conocer, le dice ella. ¿Conocer qué?, pregunta él.

 

Conocer. Todo. Contesta ella.

 

Conocer todo. Llegar a la verdad. Lo que admite que, tal como es su propia vida, Gilead es una mentira.

 

El cuento de la criada se nos hace tan vigente, tan cercano. Nunca sabemos del destino final de Offred. ¿O sí? ¿Acaso ha sido censurado? ¿Omitido?

 

Desde el pasado pueden llegarnos algunas voces; pero lo que nos dicen está imbuido de la oscuridad de la matriz de la cual salen, dice Pieixoto. Y, por mucho que lo intentemos, no siempre podemos descifrarlas e iluminarlas con la luz prístina de nuestro propio tiempo.

 

Hay aplausos en medio de la conferencia.

 

¿Preguntas?

 

Entonces, el texto calla.

 

Como callamos nosotros cuando aceptamos la servidumbre como actividad emancipadora.

 

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

Leave a Reply

Translate »