LA COMPAÑÍA DE LA DELICADEZA. Graciela Perosio

Quienes nacimos en los primeros cincuenta nos asomamos a la mayoría de edad bajo el signo de la pasión. Creíamos en el amor libre y en que el socialismo nos esperaba a la vuelta de la esquina y sólo había que empujar con todas nuestras fuerzas juveniles para obtenerlo. Arrebatamos las banderas de la generación anterior en un rapto de solidaridad, coraje, convicción y suprema inconsciencia. Ofrendamos muchas veces nuestros cuerpos de modos diferentes pero casi siempre dolorosos, dolorosos en extremo. El mundo se nos aparecía dual: todo o nada. Y arremetimos. Queríamos todo. Qué duda cabe.

Italo Calvino, el maestro Italo Calvino, nacido en 1923, en la primera de sus Seis propuestas para el próximo milenio nos dice: “Cuando inicié mi actividad, el deber de representar nuestro tiempo era el imperativo categórico de todo joven escritor.” Pero ante la energía despiadada de la Historia, descubrirá la pesadez y la opacidad del mundo e inmediatamente buscará cómo evitar que dicha pesadez convierta a su escritura en piedra. Así sostiene el principio de levedad y la mirada indirecta para huir del castigo de “convertirse en la estatua de sí mismo”.

      La primera vez que me topé, vía Internet, con la obra de Marcelo Mendiburu (fotógrafo, Argentina, 1954) inmediatamente pensé en su consustanciación con esta premisa. También Mendiburu como dice Calvino de Perseo, rechaza la visión directa pero no la realidad del mundo de los monstruos en el que le ha tocado vivir y que resultó tan exigente para la generación a la que pertenece, que es también la mía. Frente a circunstancias angustiantes que parecen dejarnos inermes, sus collages nos otorgan el acompañamiento de la delicadeza. No es que desmaterialice al mundo, al contrario, su trabajo consiste en una honda investigación de la materia que, al encontrar la vibración de los átomos luminosos, evidencia la danza que alivia del peso y transforma las formas. Nos recuerda que siempre hay espacio, intersticios, posibilidad de cambio y variaciones sutiles. Ante la rispidez de un diario helado amenazando mi desayuno, me propone Diario azul. La superposición de líneas horizontales recuerda un oráculo del I Ching. Pensemos que auspicioso, al menos porque alguna enseñanza habrán de dejarnos los acontecimientos que vaticina. Y si no fuera así, podemos apelar a Todesfuge 072. Huída de la muerte que se tutea con el tremendo poema de Celam: “Negra leche del alba…” No sabemos cuánto poder transformador alberga la belleza pero su capacidad de acompañar las más oscuras peripecias es infinita. Mendiburu usa su cámara-refugio (lo he visto fotografiar y nacer de entre sus manos en el gesto) usa su cámara, decía, y el recorte de la foto, como quien abre y cierra un párpado veloz frente al acontecer. Vislumbre de parpadeo sobre el mundo que regala jardines, músicas, recuerdos, despedidas. Reverbero de un sueño: todo está allí, vibrante y vivo para un profundo conversar de soledades.

Cuando necesites de la suavidad sedante recuerda estas imágenes. Podemos apelar a la compañía de la delicadeza, siempre vigente bajo las estridencias.

© All rights reserved Graciela Perosio

Graciela Perosio. Bs. As (1950) Escritora. Prof. Universitaria en Letras. Recibió la Beca Nacional de Investigación del Fondo Nacional de las Artes para estudiar la obra del poeta argentino Carlos Latorre. Publicó ocho libros de poesía: del luminoso error (1982 de autor), Brechas Muro (1986, Tierra Firme), La varita del mago (1990, Tierra Firme), La vida espera (1994, Del Dock), La entrada secreta (1999, Grupo Editor Latinoamericano), Regreso a la fuente (2005, Del Copista), Sin andarivel (2009, Del Copista), Balandro (2014, Paradiso), la antología Escampa, el corazón (Editorial Ruinas Circulares 2016) y El privilegio de los años, (Editorial Leviatán 2016)

Su obra ha motivado puestas escénicas multimediáticas, esculturas, pinturas y otras obras literarias. Muchos de sus poemas se han difundido por la red en sitios nacionales y extranjeros mereciendo juicios elogiosos de críticos y colegas. Un poema de su autoría fue seleccionado para realizar un afiche con ilustración de Alexiev Gandman que se presentó en las veredas de la Ciudad de Buenos Aires.

 

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