LA COBIJA AZUL. Brenda Navarro

-Me gustan tus testículos -le dije. Él sonrió, sé que le gusta que me gusten, y me gustan. Tienen el tamaño perfecto para lamerlos sin sentir que se mueven de un lado a otro. Suben y bajan con los movimientos de mi lengua ávida de impregnarse de cada sabor suyo. Como si fuera una paleta, o helado sabor a él. No soy nueva, pero en su compañía me siento como adolescente en búsqueda de la primera vez. Me atrae, me excita.

Mentiría al decir que llego a conocer la divinidad cada que nos acercamos, pero de que me hace decir -¡Dios!-, me hace decirlo. Él me ha escuchado, incluso, un día comentó que ante tan exclamación, mientras se mecía dentro de mí, se preguntó si era yo religiosa. No, religiosa no. A menos que sea para venerar nuestros encuentros. Un rato lo haría, me pondría cualquier velo en la cabeza, y rezaría por la siguiente vez. -¡Que sea mejor virgencita, que sea mejor!

Necesito romper unos papeles, le he escrito versos de niña boba debajo de los apuntes para los reportes de fin de mes. Me avergüenzo tanto que quiero destruirlos. Esa no soy yo, sino el personaje de la loca sádica de 18 años que quiere emerger de mí cada que lo veo. Y es que me sale natural la voz de niña, los modos de niña, la falta de experiencia de niña. Soy una niña que chupa paletas como me gusta chuparle a él.

Somos unos niños, los dos. ¿Para qué negarlo? ¿No es verdad que somos los infantes ciegos que andan a tientas por el mundo, acariciándose mientras nos negamos a la madurez de ser lo que deberíamos ser? Tener la vista adecuada para enfrentar el desolado futuro de hacernos viejos el uno sin el otro.

Cuando pienso en ello, me gustaría llegar y quitarle lo que traiga puesto con el ímpetu que hace que mi ropa se humedezca con solo pensarle. Lo he imaginado: me acerco a su reacio cuerpo que se imanta hacia el mío pero que se mueve a voluntad del raciocinio. Nada. Los dos nos conformamos con un calmado beso, el calor de la cercanía y la facilidad de ensuciar las sábanas mientras me mueve de arriba abajo para entrar hasta el fondo de mi fondo, justo donde me hace gritar.

Creo que podríamos enamorarnos, pero el amor lo arruina todo. ¿Acaso no es cierto? Tendríamos que vernos a los ojos, tomarnos de la mano, pasear con el perro. Yo le haría de comer, él haría como que come gustoso, los dos nos molestaríamos por las manías del otro, y por las noches, en vez de envolvernos en el fuego, nos cobijaríamos con la fría rutina que todo lo desgasta. Ya lo he vivido. Se llama compromiso.

¿Que si soy de las que le huyen a la familia patriarcal-tradicional-monotonía? No, soy de las que se fugan para no repetir patrones de conducta que alguna vez se parezcan a las estructuras parsonianas que tanto aborrecí en la universidad. Nada más. La sociedad adormece, y yo, desde hace tanto que quiero estar despierta cada día que sé que el cielo no me ofrece ninguna garantía. Habló la ilusa, ya sé.

 -Me gustan tus testículos- le dije y quedé paralizada. Así, entera. Hablé del súper, la leche, la niña, la realidad, las enfermedades y el tafil que necesitaré dentro de unos días. Él me detuvo. Que porque estaba yo tocándole en un acto mecánico. Mentira. Quise además contarle de las tantas veces que necesité horas, días, meses, incluso años -cuando el masoquismo se me daba por completo- para sentirme incitada a ser por unos instantes de alguien ajeno a mi cuerpo. Y con él, tan fácil. Mirándolo. ¡Sí, apenas mirándolo! Porque sé que tenemos tan poco tiempo y tanta distancia que le miro a los ojos, le beso las manos, le restriego mi cara en su barba y listo. Como sopa instantánea. No dije nada porque no era necesario. Luego se me acusa de robot por hablar de más.

Hablamos con las manos, las piernas, los poros, con gemidos y roces. La comunión de nuestros cuerpos en un solo instante. Él no lo sabe, pero cuando me pide permiso para llenarme de sí, yo cierro los ojos, me aferro a sus hombros y me sincronizo a sus movimientos como si los siguientes instantes fueran eternos, los últimos, la vida.

Después nada. Seguiré hablando de literatura, nos creeremos Borges, nos llenaremos de libros, letras, símbolos. Nos intercambiaremos links por las pantallas, nos masturbaremos recordando las noches, mañanas y tardes como la de ahora. Me haré la miope y disimularé que, antes de despedirme, he visto cómo mete a la lavadora la cobija azul que nos cubrió horas antes. Porque no importa cuánto me gusten sus testículos y me haga gritar de placer. Hay que lavar las cobijas que le cubrirán su vida diaria.

(Publicado en el número 2 de la Revista Hysterias)

Brenda NavarroBrenda Navarro. Escribe porque no sabe dibujar, ni tocar el piano. A veces, aspira a ser humana.

Sitio Web:  estonoescosaseria.tumblr.com

twitter @despixeleada

 

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