LA CASA DE JENGIBRE. Rossana Montoya

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En la puerta, la notificación del banco. Dejo las maletas y abro el sobre. Esperan que salga de la casa antes de que acabe el mes. Entro y las cajas que empacó él antes de irse me esperan camino a la cocina. En algunas cajas, tengo ropa que todavía se puede usar; también, marcos de madera y discos de vinilo. Él me lo había reprochado: “Si realmente necesitaras estas cosas, las tendrías mejor organizadas”. Para mí, es engorroso decidir qué regalar, qué llevar o, lo más difícil, qué botar.

Debería buscar el juego de llaves que perdí entre las cajas antes de salir de viaje. Quizás, si me pongo a buscar el título de la casa que me pidió el banco, aparezcan las llaves. Ya me ha pasado antes: se me pierde algo y solo lo encuentro cuando busco otra cosa.

Las cajas colocadas una sobre otra casi bloquean la rejilla del aire acondicionado. Es uno de mis lugares acostumbrados para guardar papeles importantes. Mi intención es buscar el título inmobiliario, pero me quedo mirando el aspecto de la columna. Me recuerda a una de las esculturas de Brancusi, en especial a la columna infinita de poliedros. Me agrada el contraste de las aristas de las cajas de cartón con el papel rasgado de los sobres de la correspondencia. Desde que él se fue, es más fácil para mí mantener estos arreglos. Permanecen en una quietud semejante a la de las tardes de siesta que él solía hacer sobre el sillón, al lado de la columna, aunque algunas veces empujaba los papeles con los pies y después era más difícil ponerlos en su lugar. Pero, ahora que él no está, también puedo usar el sillón como soporte.

Intentó ayudarme a organizar varias veces. Escribió un reporte una vez que limpió el baño. En la lista, había desodorantes de diferentes tamaños, chisguetes de bloqueador solar, recipientes vacíos de cremas para el cuerpo, para los pies y picaduras. También había tinte para el cabello, docenas de cajas y recipientes de antibióticos y remedios. El problema empezó cuando intentó convencerme para que me deshaga de estos recipientes alegando que la mayoría estaban vencidos y que deberían ser echados a la basura.

Me acerco a la cocina y veo que la casa de jengibre todavía permanece en el mostrador. El glaseado en blanco brilla con la humedad acumulada del ambiente. El muro del costado y parte del techo están derruidos. El glaseado imita la nieve; y los caramelos, detalles arquitectónicos. “La ilusión es lo que cuenta” fue lo que me respondió una mujer en la panadería, donde encontré la casa de jengibre, cuando me pregunté en voz alta si mis pacientes sabrían lo que es la nieve viviendo en un lugar donde solo se la conoce por foto.

Llevé la casa de jengibre a mis pacientes del hospital para la terapia de arte. La casa de jengibre se convirtió en la pieza de conversación entre mis pequeños pacientes, para hablar de sus casas y sus familias. Hicimos un modelo de la casa de jengibre más pequeño con galletas, glaseado, con ositos de goma y dulces de chocolate. Era fácil. Pegábamos las galletas sobre una caja de leche vacía y después la decorábamos. Era la ilusión.

Con mis pacientes, terminamos hablando de cómo se imaginaban la nieve. Muchos de ellos decían que era suave como el algodón. Otros se la imaginaban etérea como el humo. Había algo espiritual, casi angelical en la manera como describían la nieve y construían las casas de jengibre.

Antes de subir las maletas, fui a revisar los mensajes en el teléfono. Me costó llegar a la máquina contestadora. Al abrirme paso, las bicicletas se dieron vuelta y echaron abajo otras cosas más. Él se quejaba de la falta de espacio: “¿Por qué nos tenemos que chocar con las bicicletas cuando estamos en la sala?”. Le era difícil entender que las bicicletas fueron regalos de mi familia. Me parecía que tenía que tener cierta consideración con lo que eso significaba para mí. Me tomó tiempo llegar a la grabación más reciente. Era del banco.

Decía que era de tipo A. Siempre con una lista de tareas sin fin, en contra de dejar las cosas para el final, y arriesgado para cumplir sus metas. Pero, ese día que limpió el baño, perdió la paciencia y me dijo que solo hay dos tipos de personas: las que dan la cara a los asuntos (A) y las que huyen (B). Entonces, yo le contesté que las personas se dividen en dos categorías: las que creen que hay dos tipos de personas y las que no.

Me tenía que defender. Él se puso como una fiera. Yo traté de aligerar lo dicho botando algunos discos de vinilo. Pensé que eso funcionaría. Pero él ya planeaba irse.

Decidí ir a la conferencia en Croacia para olvidarme del embargo de la casa y las notificaciones constantes de desalojo. Tenía la esperanza de conocer la nieve. Cuando llegué a Croacia, hacía frío, aunque no había nevado. La conferencia de terapia de arte era en Zagreb, pero, unos días antes de partir, nos llevaron a conocer una zona rural en las afueras de la ciudad. El chofer del ómnibus nos advirtió que nos llevaría por el camino antiguo de las montañas, porque por la carretera nueva hacía mucho viento.

El camino de precipicios y rocas alrededor de la montaña fue escalofriante y bello a la vez. La textura de las rocas parecía más hostil con el rugir del viento, pero los colores en siena quemada, gris y blanco evocaban el paisaje de un sueño olvidado. Había nevado. A nuestra llegada al pueblo, las casas de jengibre nos esperaban esperanzadoras. La nieve colgaba de los techos, y las ventanas enmarcadas de estalactitas entreveían luces cálidas.

En ese lugar remoto, sentí el fulgor dorado de la ilusión. Él diría que mi intención fue escapar de la realidad, pero yo le diría que, buscando algo, se encuentra lo deseado.

© All rights reserved Rossana Montoya

Rossana MontoyaRossana Montoya. Nació en Lima-Perú en 1967. Escritora y artista visual, estudió pintura en la Universidad Católica del Perú donde también llevó cursos de literatura y filosofía. En el 1992 emigró a los Estados Unidos para residir en Miami Florida donde hizo un bachiller en artes visuales y una maestría en educación por el arte en la Universidad Internacional de la Florida (2010). En el 2011 publicó su primera novela Pasaje de regreso y en el 2013 fue parte de la antología Viaje One Way de escritores de Miami. Del 2013 al 2014 contribuyó con la publicación cultural digital Sub-urbano. Actualmente trabaja en su nueva novela que será publicada el 2016. 

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