JUAN JOSÉ ARREOLA Y LA HORIZONTALIDAD LITERARIA. Luis Moreno Flores

En una ocasión, conversaba con el escritor Norberto de la Torre sobre el mito de la vida bohemia como método de “inspiración” para la literatura. Él comentó que eso es “pura madre” y que escribir poco tiene que ver con beber, consumir drogas o fumar, sino con la disciplina, el estudio, la lectura y sobre todo la responsabilidad. “Rulfo (Juan) la tenía, era un borracho pero la tenía”.

Estoy de acuerdo con la idea de Norberto. Quizá alguien pase la mayor parte del día en un estado alterado de la conciencia, sin embargo, escribirá en los breves lapsos en que no lo esté. Incluso me niego a pensar que beatniks como Kerouac y Burroughs u onderos como José Agustín y Parménides García Saldaña, hubieran preferido abandonar una fiesta en pleno ambiente para trabajar. Aunque lo hicieran, seguro el background (estudiar, escribir basura, leer a otros autores), que es en donde de verdad se construye la obra de un artista, no lo consiguieron bajo el efecto de nada, ya que en esas circunstancias todo (salvo dormir, escuchar música, ver televisión y comer) se vuelve más complicado.

El proceso para comenzar escribir es igual para un filósofo consagrado que para un niño que une sílabas: El escritor en potencia se coloca frente al espacio vacío, ordena sus pensamientos en ideas con cierto sentido, luego le da forma física y codificada; finalmente las materializa a golpes de tecla o al esquiar, con ayuda de bastones de tinta, sobre la planicie virgen de la hoja en blanco. No obstante, el proceso tiene sus peculiaridades en cada uno. Hasta hace poco, era consciente de las mías, hasta que leí el epílogo de la nueva edición del Bestiario de Juan José Arreola, escrito por José Emilio Pacheco y titulado “Amanuense de Arreola” (advierto desde ahora que no es mi intención, e incluso me molestaría que alguien pudiera pensar que así es, compararme de ninguna forma con un genio absoluto).

En dicho texto, José Emilio cuenta cómo para sortear un momento en el que Arreola se encontraba en pobreza económica, Henrique González Casanova consiguió que la UNAM comprara por adelantado los derechos de un libro que Juan José no había empezado a escribir.

El dinero duró poco y Arreola no entregaba ningún avance, pues sufría un bloqueo. A unas semanas de la fecha fatal, Fernando del Paso, Vicente Leñero, Eduardo Lizalde y el propio Pacheco (que entonces eran apenas mayores de edad) tuvieron la idea de ayudar a su maestro, quien jamás les había cobrado un peso y si regalado vinos, quesos y libros caros, además de conocimiento invaluable.

Como entonces nadie, ni tampoco ahora, podría haber soñado ser el escritor fantasma de Arreola, José Emilio Pacheco tuvo la atinada solución de ir a la guarida de Juan José con pluma, papel y tinta, para decirle: “No hay más remedio. Me dicta o me dicta”.

Arreola se tiró en su cama como aquel que se dispone a soñar, tapó sus ojos y comenzó a dictar. Con este método en una semana los animales de su Bestiario ya cabalgaban, rugían y embestían sobre las hojas de una obra que es un monumento a la inventiva, imaginación, genialidad y locuacidad del que posiblemente sea el mejor charlista de la historia de México.

“Contra lo que se supone, el bloqueo no es la imposibilidad de escribir, sino de sentarse a hacerlo”, menciona José Emilio Pacheco en el mismo ensayo. Arreola le encontró solución al no sentarse.

Sin conocer la anécdota, desde que escribo siempre lo hago acostado. Hay quien cree que la comodidad de la cama afecta la voluntad para trabajar. No es así y francamente no encuentro una mejor forma.

El mismo día que hablábamos sobre la “inspiración”, Norberto me dijo que la literatura sale del estómago y el corazón y solo se vuelve trascendente cuando pasa por la cabeza.

Seguro para que la literatura pueda viajar del estómago al corazón y de ahí a la cabeza requiere de una especie de bomba de agua que le permita oponerse a las leyes de gravedad corporal. Tal vez escribo acostado porque carezco de ese dispositivo, que en Arreola debió estropearse temporalmente por ahí del 1958. El cuerpo en posición horizontal debe permitir a las letras viajar con más facilidad.

Desafortunadamente, además de gustarme escribir acostado y no tener a quien dictarle, también disfruto hacerlo con bolígrafo y a mano. Dos costumbres que se contraponen. No hay tanto problema, es cuestión de conseguir una de esas plumas de la era espacial, lo complicado es encontrar algo para mantener la disciplina de permanecer recostado pero escribiendo.

© All rights reserved Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano. Entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx

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