ISTANBUL. CARRETILLAS, DULCES Y EL CANTO DEL ALMUECÍN. Eduard Reboll

A Jordi Aparicio

 

a pocos minutos que el astro anuncie el día. Súmale, el atardecer en el Mármara o frente al Bósforo contemplando las cúpulas metálicas de cualquier templo musulmán desde Karaköy. El zanganeo de los niños indigentes que buscan una lira en su mano. Los navíos de recreo junto a los selfies de las parejas jóvenes turcas, alemanas en su ocaso, o rusas… buscando en sus espaldas la caída del sol hacia el puente Gálata. El transbordador que circula desde la parte europea hacia la asiática en el barrio portuario de Üsküdur. O la estética sobria de una mujer en el patio de la mezquita de Süleymaniye mientras el negro de su hiyab y sus pupilas, es captado bajo la cámara de mi teléfono.

 

Fotografías al fin, de una guía turística sociopolítica e histórica al mismo tiempo. Sin embargo, hay otra metrópoli desde el contraste más puro. Una urbe bajo la innovación tecnológica en el Istanbul New Airport cuando llega tu vuelo desde Barcelona. Carreteras y autovías hacia el centro bien dotadas. Un nivel de excelencia junto a las redes de transporte público: sea tomando el autobús, el tranvía, el underground o el funicular.…Y un desastre, a viva voz. Repito, un insulto: su circulación vial.

 

Entiéndase la misma desde un vehículo. O bajo el uno a uno, al andar con tus pies hacia la catedral de Santa Sofía o el Palacio de Topkapi por caminos adyacentes: aceras destruidas y ocupadas por los automóviles. Irrupción de motocicletas entre los que circulamos en cualquier caddesi (calle), boulevard, o paseo. Semáforos sin función alguna mas que la que tu tomes como decisión. Tumulto. Vocerío. Carretillas gigantes transportando cajas de cartón selladas mil veces con cinta adhesiva en la tapa. Almacenando víveres, indumentaria, teteras de cobre, abalorios de vidrio, cinturones, o nazars : el ojo azul de la suerte.

 

El Grand Bazaar, donde antiguamente los propietarios de los comercios se reunían en una mesita metálica y un narguile en la boca a la espera de que uno comprara sus mercancías, hoy sigue su tradición bajo un numeroso público internacional reuniéndose sus vendedores alrededor de un té (cay) en los labios pero sin el humo del tabaco de la pipa de agua. El regateo a punto … aunque ya algunos con el precio fijo en euros sobre un cartel. Antes de entrar, un estricto control de seguridad vigila tu perfil y tus enseres.

 

En las tiendas: vestidos de ceremonia, túnicas, pañuelos bordados con monedas antiguas, sombreros, velos, turbantes, bolsos de piel, joyería de plata, o la pedrería artesanal en colgantes. Sin embargo, si algo marca la diferencia en este lugar de un mercado cualquiera, es la implementación de pastelerías por doquier. El azúcar como símbolo de relación entre sus habitantes. Productos que forman parte substancial de la cultura turca y su tradición. Postres de leche quemada como el sütlaç. El delicado baklava con relleno de pistachos y avellanas. Las masas fritas de miel y hojaldre, lokma, organizadas escrupulosamente en bandejas. O el lokum, esta delicia turca de textura agominolada con distintas fragancias a higo, agua de rosas, limón o coco. Y no olvidemos el gran surtido de frutos y frutas secas: desde las nueces, anacardos, piñones, almendras… o castañas, hasta las sutilmente deshidratadas como el caqui, el orejón, la cereza negra, las pasas, el dátil medjol, el mango, la corteza de naranja… o el jengibre. Vitrinas naturales que atrapan al visitante por su disposición. Y donde la abundancia o el matiz de sus texturas, son el reclamo publicitario para su compra.

 

Igual sucede en el Bazar de las Especies con sus productos ligados a los condimentos culinarios. Base esencial de la gastronomía turca que requiere especies como la paprika, el clavo, el pimentón, la nuez moscada, el cardamomo entre otros; y el rey por excelencia que da aquel amarillo único a cualquier plato que se precie: el azafrán.

 

Istanbul es muy singular con un animal: el perro. Circula entre el público como un vagabundo. Libre. Insubordinado. Si bien están bajo un control sanitario que los identifica con un chip en la oreja, nadie los quiere en su casa. Sin embargo, los acarician en la calle; les dan alimento.

 

Hay otra especie bajo el privilegio y la estima entre los turcos: el gato. Un felino que a parte del hogar -…su refugio natural-, donde más tiene costumbre de habitar es entre la soledad de los cementerios. Entre las tumbas de los hombres coronados con una fez de piedra. Merodeando alrededor de las lápidas. Recorriendo los epitafios o los escritos coránicos. Y en algunos parajes, cerrando los ojos cuando el sueño sucede, mientras haya la sombra de un ciprés a las doce del mediodía en Karacaahmet. Un camposanto, por cierto, donde en este momento se sucede un entierro. Mientras, las mujeres, agrupadas al fondo, observan cómo sus “hombres” cavan y echan tierra al cadáver envuelto en una mortaja blanca. Como despedida, una plegaria del imán : “Allah irhamo” (Dios tenga misericordia de él) mientras desde el funeral los miembros responden: “Allah isalmek” (Dios te dé paz ).

 

A la mañana siguiente, huyo de Sultanahment donde me hospedo para abandonar el turismo clásico. Me adentro en el  barrio del Fatih. Vienen a mí: los chadors y niqabs puros como el ébano y una inmensidad de tiendas de novia al mismo tiempo. Los maniquíes calvos ocupan sus espacios en la acera para la compra de atuendos masculinos. Los hombres se prueban camisas y se miran en un sinfín de espejos. La limpieza es un ejemplo en este barrio islámico. Su gran mezquita me permite disfrutar de lo sereno. Del rezo en comunidad de sus feligreses. De la sobriedad del ritual donde todo musulmán se cubre arrodillado ante Allah . Plegarias. Pies descalzos sobre una impecable alfombra gigantesca y roja. Observo los arabescos caligráficos sin comprender una palabra. Y a la vez, siento la incomodidad por mi presencia como un no-creyente. Mi contiguo, vestido de forma tradicional me da a entender, desde el respeto, que dé un giro y salga por la puerta principal. Lo hago. Salto al jardín…un sol se esconde entre cirros.

 

Los oficios de siempre están en la calle. El genio de los ungüentos y bálsamos para la soriasis, la lepra o el rejuvenecimiento de la frente mide los centilitros de su pócima en su probeta. Un vendedor de peonzas lanzándolas contra el suelo llama a los niños para que la adquieran. El limpiabotas con su caja metálica, su betún y sus tintes busca clientes con los zapatos sucios. El vendedor de helados, castañas, rosarios (tespih)… anuncia sus productos. El hacedor de jugos de granada o el que vende rodajas de sandía fresca en el barrio portuario de Eminönü, se mantiene atento a su tarea. Un lutier, está probando en una esquina la sonoridad melódica de una bağlama -un laud de tres cuerdas. Mientras, un cocinero está asando un jurel recién pescado para ofrecerlo envuelto en una tortilla de maíz y una salsa de miel junto a la orilla del Mármara. Un dürüm, que es como se le llama a este sándwich cilíndrico. A lo lejos, el capitán de un transbordador hace su tradicional función: cruzar de orilla a orilla a los cientos de pasajeros que se trasladan de oriente a occidente en una misma metrópoli de 15 millones de habitantes.

 

Hacer literatura y pasear por Beyoglu es de obligado cumplimiento. Visitar el Hotel Pera. Recordar a Agatha Christie cuando escribe el Asesinato en el Orient Express o simplemente observar la foto de Ernest Hemingway cuando se hospedaba aquí. Ir al café Pierre Loti donde el escritor se enamora de una turca casada en Istanbul a finales del siglo XIX y escribe Aziyadé (1879). Tomarse de nuevo el té en estos vasos de cadera estrecha y contemplar la ciudad desde otra perspectiva; desde la punta del Cuerno de Oro. Y a la vuelta, cerca de la mezquita del sultan Eyüp en el vecindario del mismo nombre del monarca, descubrir una boda con todo su séquito mientras el agua de una fuente ceremonial ameniza a los presentes.

 

Célebre por su pasado bizantino o romano de sus murallas. Mito cuando fue Constantinopla o bajo el imperio otomano. Vitoreada cuando Kemal Atatürk toma el país en 1923 y funda la república laica. Istanbul hoy, bajo el yugo de Erdogan y su régimen. O desde el aire este 23 de abril, día nacional. Enaltecida por una luna menguante, una estrella blanca y un fondo rojo en su bandera… una simbiosis única en el mundo bajo un sinfín de culturas entre dos continentes.

 

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Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

 

One response to “ISTANBUL. CARRETILLAS, DULCES Y EL CANTO DEL ALMUECÍN. Eduard Reboll

  1. Tengo pasaje de ida y vuelta para pasarme seis semanas en Europa, entrando y saliendo por Madrid, en julio y agosto. Da la casualidad de que estaba planeando una visita a Estambul desde Barcelona [siempre me quedo en Poblenou] donde estaré unos cinco días. Si se me da, es en realidad una visita postergada, pues la última vez que fui al viejo continente [2013], hubo manifestaciones político/religiosas en la antigua Constantinopla y me pareció un poco peligrosa la visita a ese puerto maravilloso que tiene tantas historias. Pues fíjate que me he leído tu reseña dos veces, y me ha gustado el hecho de que nos ofreces una especie de <>, con tu acostumbrado toque personal y empático. Creo que esta vez sí voy. Me encantó tu texto, mi querido amigo. Avísame cuándo vas a estar por aquí, para que vayas a la presentación de mi tercer libro, que ya está en venta. Un abrazo caluroso, mi socio.

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