HORAS EXTRA. Daniela Becerra

Los rostros de sus padres han sido cubiertos por la sucesión de los minutos y los días, las semanas y los años. Una densa niebla espesa su memoria. El pasado es casi inasible. Se mece en el columpio de los recuerdos para rescatar fragmentos de lo que se ha perdido en el camino. Sobrevive en un mundo que ya ni siquiera entiende. Los nietos le envían fotografías por email, a una computadora que le regalaron de Navidad y que no sabe ni encender. Les pide que se las manden en papel por correo, pero la familia argumenta que imprimir las fotos, guardarlas en un sobre, comprar estampillas y encontrar un buzón es casi imposible.

Busca en los archivos de la mente un asidero al que agarrase. Piensa en el que fue su marido. Aunque quizá nunca estuvo enamorada de él, se habituó a sus modos. Un café bien caliente a las seis de la mañana con tres panes tostados y un par de huevos,la cama tendida antes de finalizar el baño. Las luces apagadas a las ocho y media de la noche. Era ella como huésped en su propia casa, él se encargaba de todos los detalles de la decoración, daba órdenes al servicio, dispuso siempre el menú del día y toda su ropa. Un esposo que ,como él, proveía de sobra, no era mujeriego ni bebedor calificaba como excelente, para todos, no para ella. Intuía que algo faltaba, pero reconoció que no podía exigirle más. Con treinta y cinco años de matrimonio y su único hijo recién casado se atrevió a lo impensable. Después de anunciarlo durante media vida, dejó su casa en San Angel con dos maletas llenas de ropa y una decena de figuritas de porcelana.  Él en el fondo él no la creía capaz de irse.  Cuando un martes por la noche las empleadas domésticas le avisaron que la señora se había ido con su equipaje, supo que no habría forma de disuadirla. Al cabo de una semana habían firmado el divorcio, pero él ,que nunca quiso aceptarlo, siguió invitándola todas las semanas al Club de Industriales para acallar los chismes de su triste abandono. Observa la foto de la boda en sepia que conserva en el armario, encerrada como sus recuerdos. Su nieta mayor le ha preguntado si valió la pena divorciarse. El mundo estaba exaltado entre Los Beatles y las minifaldas, pero no había lugar para una mujer de 55 años como ella. Ya no buscó el amor, y es que en esa época éramos viejos demasiado pronto, le contesta.    

   Nunca aprendió a bordar, a tejer o a cocinar, ni pudo tener los hijos que su época requería. En su lugar ocupó la monotonía de sus largas horas en juegos de canasta con sus hermanas y la lectura exhaustiva del periódico . Al separarse se animó a tomar clases de yoga y teatro, siempre con personas más jóvenes.  

    De no haberse cruzado en la mira de tan excelente partido, quizá hubiera seguido con su trabajo en una oficina, secretaria, enfermera, maestra pero no esposa del gran banquero, obligada a vestir trajes Chanel que él le compraba en sus viajes de negocios a Europa. En esos tiempos  solamente la necesidad la habría obligado a ganar dinero. Todavía hoy lamenta no haber tenido profesión que ejercer o un amor absoluto para haberlo sacrificado todo. 

   Han sido muchos años que ha sobrevivido a su hijo. Aunque ya comenzaba a verlo canoso y cansado, siempre fue su niño.  En un principio no soportaba su ausencia, el hueco era tan grande que ni las risas y cariños de sus nietos pudieron acercarse a llenarlo. Con el tiempo el dolor se asentó en su piel, convive con él como un compañero indeseable, simplemente lo tolera y vuelve a sonreír con las historias del resto de la familia.

   Nació fuera de tiempo y ahora vive horas extra sin recompensa adicional. Cada dos semanas recibe la visita del único nieto, que aún vive en la ciudad. Los otros han huido de la inseguridad, el tráfico y la contaminación.  Instalados en sus apacibles suburbios en el extranjero vienen a verla cada dos años. De su departamento en Polanco, a diez pisos de distancia sobre la calle, observa el andar de los peatones. Todos caminan apresurados, celular en mano, compromisos y pendientes entorpecen su camino. Ella en cambio solamente tiene que dejar pasar el lento fluir de las horas. Una enfermera la ayuda con el baño, el peinado y la elección de una bata de terciopelo para cuando vienen visitas. El resto del tiempo lo pasa en camisón y bata. Le gustaba leer pero desde hace algunos años las letras se le escapan y solamente distingue manchas negras sobre las hojas de los libros. Idas y venidas al médico confirmaron que solamente una operación podría mejorar su vista. Si me voy a morir mañana, pensó, ¿qué caso tiene? Y así han pasado diez años.

   Necesita de un pañal para pasar las noches.  Parece un bebé envuelto en una arrugada y manchada piel, con músculos atrofiados y dientes postizos, pero sin nadie que la arrulle. Por la noche en su cama, escucha el sonido de la televisión de la enfermera desde la habitación contigua. Se acomoda entre las sábanas. Desde hace un tiempo repite las oraciones que le enseñaron de niña, solamente que ahora ya no ruega por la vida. ¿Qué le queda? tres nietos dispersos por el mundo y dos bisnietos que solamente ha visto en fotos, un montón de experiencias que cada día se alejan más y que, de cualquier modo, no tiene con quien compartir. Cada noche sueña que acuna a su hijo, a veces es un bebé otras un niño o un adulto ya maduro. Le peina las canas, lo mismo que le limpia el pañal. Se adormece a su lado y desea quedarse así siempre.

   Seis de la mañana. En su mesita de noche descansan una lámpara, el teléfono, sus gruesos anteojos y diversos frascos de medicinas y recetas. No hay relojes de alarma porque ya no hay para qué despertar. La luz  del día interrumpe el viaje onírico. Procura ignorarla y permanece quieta. Aprieta los párpados y contiene la respiración hasta que le resulta imposible. Abre los ojos. No hay nada qué hacer. La muerte ha vuelto a evadirla.

© All rights reserved Daniela Becerra

DANIELA BECERRADaniela Becerra vive en la ciudad de México. Ha escrito en diversas publicaciones como El Financiero, Reforma, Elle, Harpers Bazaar, Amura, Lenguaraz y Ombligo entre otras. Fue editora del libro Alcanzando el vuelo. Responsabilidad social en la empresa editado por CEMEFI y Celanese. Su último trabajo fue como editora para un libro sobre las etnias del Estado de México. Actualmente prepara su primera serie de cuentos.

Twitter @danielabr3

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