HERR RAWSON, O LA VIDA REAL. María Eugenia Lombardo

“Lisandra estudia, duerme en casa de sus compañeros ciertos fines de semana porque es oportuno para los trabajos en equipo y los experimentos de Antropología”, dijo Profesor mientras la Quintanita le sirve el tinto post-academia. Pero Herr Rawson (como le gusta que lo llamen en sus ratos de fetiches) se encuentra abrochándose el cinturón a la correspondencia que le acababan de dedicar, esa por la que él acabó lo mismo. Los dueños no habían cerrado el portón ya no tan clandestino que daba a las 24 con Caracas, y mucho menos había caducado la boca de Galaxia en su ninfomaníaca entonación de gárgaras: esa cualidad de las prostitutas nefastas que sólo los días hábiles hacían a Rawson cepillarse la entrepierna (sobre todo cuando el próximo cliente ni siquiera esperaba a que se vistiera del todo). En la capital llueve, y el Herr no pudo hacer más que resignarse a su refugio bajo el saco; sobre la cabeza, llueve la lluvia.

“El metafísico supone que siempre hay apariencia y esencia de las cosas”, y por ser profesor de Filosofía realmente no tuvo alternativa sino pensar en esta evaluación, mientras llueve la lluvia. El laberinto le siguió los pasos, estas calles de vino, pensamiento y cartón que proyectaron al Herr hacia la incandescente realidad mecanizada de salirse del portón de la 24 hacia el autobús (y viceversa por las noches trabadas como aquella). Pero Profesor vuelve a su casa entonces, escupiendo líneas nietzscheanas desde la sien para la próxima evaluación que iba a dar la semana entrante; y en la lluvia piensa en su hija.

Profesor pide a su esposa, la Rocío Quintanita, que deje de expresar su eterna contrariedad sobre Lisandra, que ella tiene mucho que estudiar; “Lisandra estudia y duerme en casa de sus compañeros ciertos fines de semana porque es cómodo para los trabajos en equipo y los experimentos de Antropología”, repite Profesor a la Quintanita inquietada. “Lis tiene que aprender de lo que se trata la vida real” agrega ¡el filósofo! (Afortunadamente nadie se quejó cuando Profesor decidió anestesiar a su mujer con el método clásico que lo llevaba igualmente al enajenamiento esos sábados de institución).

Con el olvido sobre la complacida Quintanita, llegó el olvido por Lisandra (“Deja que Lis se arregle con su vida, deja que aprenda a vivir sola”, consuela Profesor a Rocío). La 24 no está demasiado desolada una vez la ciudad adopta su estado artificialmente neutral de los domingos, con Ciclovías e iglesias, tales artimañas que Profesor observa cuando llueve la lluvia sobre la capital y cuando no, también. A través de lo neutral es que hasta Galaxia impide hacerle señas a Herr a las ocho de la mañana de un domingo. Rocío tranquilizada, Profesor yendo a su terminar la preparación de su cátedra, religiosidad del lunes, el tinto de Nietzsche sobre la nuca.

Porque como Lisandra todavía no llegaba a cuarto semestre de Antropología, y tenía que aprender que la vida se vivía en la realidad, la 24 estaba atiborrada de casas y portones y cuasi-mujeres fantasmagóricas. Otra noche como las que atraían al Herr Rawson (donde llovía la lluvia): aquél que dudó al ver a Lisandra sacudiendo sus rodillas tubulares bajo un dosel: o volverse metafísico y distinguir la esencia y la apariencia, o analizar con bigote de Nietzsche todo lo que era contrario.

María Eugenia LombardoMaría Eugenia Lombardo es estudiante de Literatura en la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia) y asistente editorial de la revista REC del mismo instituto. Es autora de “La nueva muerte”, “En el rostro de Cosette” y “Aírtemis”, entre otros cuentos. Nació en Buenos Aires, Argentina, y actualmente reside en Bogotá donde cursas sus estudios y colabora frecuentemente con publicaciones independientes. 

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