HAPPY WILLIAMS, CRITICO DE CINE. José Miguel Garofalo

Obviamente lo de Happy Williams era un seudónimo. El apellido Shurukhin, aunque significara Príncipe en hebreo no era un buen gancho para atraer lectores. De niño ya pintaba para ese oficio. Se gastaba la escuálida mesada de sus padres en una fanática afición por el cine. Era popular desde temprano por los porteros de todos los cines del Greenwich Village. Parco, de cabeza voluminosa, con crespos alborotados amarillos, que bien pronto la plebe del aula lo apodo “Zepelín”.

Se caso tarde por compromisos de la colonia hebrea. Hilda Brill era su antípoda, extrovertida y más gorda de la cuenta, lo cual nunca le importo. Una unión fracasada que acabo en temprano divorcio sin descendencia. La única amistad que frecuentaba a veces era el matrimonio Shafir – Sahar, que le aceptaron la confianza de apodarlos, “mis SS buenos”. Todo su genoma concentrado en una solo propósito: había nacido inoculado desde el vientre con el virus de la cinematografía.

Inevitablemente su oficio escogido fue cronista del invento prodigioso del siglo XX, el cine. Desde los magazines de la universidad en Manhattan donde fundó una columna con el título: “24 por segundo” hasta la prensa underground, que fue descubierto por un jefe de redacción caza- talentos que lo contrato para cronista de cine del prestigioso diario “The New York Times”. El mismo no estaba consciente de la fama que había alcanzado, ni le importaba demasiado. Podría haberlo hecho hasta sin sueldo ni reconocimiento, porque el placer de afanarse en aquel trabajo era su principal recompensa.

No era bien visto entre la cofrade de críticos de fama y amateurs. El talento levanta envidia, aun entre la gente inteligente. Sus opiniones al día siguiente de pre-funciones de filmes para elites, eran muy apreciadas. Era tajante y lapidario.

Tenía el don de encontrar el diamante donde todos veían carbón, o desnudar filmes mediocres y actuaciones falsas en proyectos malogrados.
La vejez le estaba consumiendo el físico pero la mente se conservaba lucida y la memoria junto con la experiencia lo dotaban de una seductora capacidad en esta especialidad subestimada de la literatura. Quizás si se hubiera dedicado a escribir novelas habría sido un escritor de fama, pero así es la vocación, había nacido para crítico de cine.

Esta noche estaba repantigando en su butacón, y como un presentimiento de la muerte cercana hizo una crónica apretada de sus filmes preferidos, directores y protagonistas, algo así como su CODICE de cine particular. Esa manía inventada de colocar documentos enterrados a doscientos metros bajo tierra para hallazgos de generaciones futuras, algo así como un desentierro de faraones.

Escribió sin pensarlo dos veces. “Si me dan a escoger tres películas y un director, me quedo con Bergman y La fuente de la virgen, El rostro y Flores silvestres. De Chaplin, La quimera del oro. De Kurosawa, Los 7 samurais. Inevitable incluir, El ciudadano Kane, de Orson Wells y The Birth of a Nation, de Griffith. En musicales se quedaba con Singing in the rain, 7 novias para 7 hermanos y Gigi. De España, Bienvenido Mr. Marshall, el Pisito y El verdugo. De Buñuel, Los olvidados. De Francia, Las diabólicas y El salario del miedo de H.G.Clouzot y toda la saga de Asterix. De Rusia, Moscú no cree en lágrimas. De argentina, Hombre mirando al sudeste, de Eliseo Subiela. De Cuba, Memorias del subdesarrollo y Lucia. No incluyo thriller, pero si me obligan me quedo con Taxi driver de, Robert De Niro. La saga de El Padrino, de Coppola y es inevitable que escoja para filmes clásicos: Lo que el viento se llevo y para el género de ciencia ficción, Thirteen floor y La Guerra de las Galaxias. Cangaceiro, de Brasil y de Italia, La dolce vita’.

Los exigentes y despiadados envidiosos de sus crónicas se habrían quedado decepcionados y muchos opinarían, que había hecho una selección poco original, y que se le quedaba todo el cine del genial, excéntrico y mujeriego, Woody Allen. Que le faltaron: La muerte de un viajante de Miller, la versión de Anna Karenina de Greta Garbo. Nido de Ratas, de Marlon Brando. Los intocables, Scareface, de Al Pacino y el tan renombrado: Acorazado Potemkin, de Eisenstein.

Lo iban a lapidar en vida. Y así mismo ocurrió… y no fue en vida, ocurrió a su muerte. Porque sin incluir la lista de actores, sintió aquella noche ultima una opresión fuerte en el pecho y cayó de bruces sobre el buró. Que al día siguiente la mucama que limpiaba su piso lo encontró en “rigor mortis”, como llaman los forenses a esa posición que adoptan los cadáveres a pocas horas de un fallecimiento.

Al entierro asistieron detractores y admiradores. Una ceremonia sencilla en la sinagoga asignada y con apenas un breve discurso de un colega de profesión. En el breve recorrido de los últimos alientos de su Alma, vio desfilar un caleidoscopio de breves escenas de sus filmes preferidos.

Para su suerte la señora de la limpieza por descuido echo al cesto de basura la hoja caída con su última crónica de cine-testamento. Lo único que lamentaba de su muerte era los filmes que se le quedaban por ver en una hipotética vida prolongada. El mismo, antes de su entrada al Limbo, trazo en el aire las breves letras que había pedido con su ironía acostumbrada, para el epitafio sobre su tumba: “AQUÍ YACE HAPPY END”

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