GOLOSINA INSTANTÁNEA. José Armando García

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Vale preguntarse: ¿por qué es que los niños se deleitan con las golosinas tan ávidamente? De hecho, recientemente me he enterado de toda una cultura vintage alrededor del preciado objeto de un caramelo, como para que los adultos también puedan consentir sus caprichos de niñez. La respuesta a tales antojos tiende a estar en la lengua, fundamentalmente en el disfrute que allí se despliega. Los chefs saben que la puerta de entrada para el placer gastronómico as el sabor dulce (la mayoría de las recetas contienen una pisca de azúcar, incluso en platos salados).

Aún cuando hay discrepancias respecto a la Ensayo JAG2extensión de los receptores de sabores dulces en la lengua -algunos modelos van tan lejos como para traslapar los receptores dulces con los salados-, la mayoría concuerda con que la fuente de la dulzura se encuentra en la punta de la lengua, e incluso pudiese extenderse hasta los laterales profundo. En dos platos, esto quiere decir que la dulzura se saborea tan pronto como una primera mordida. Más aún, reto a cualquiera, en cualquier lugar, a dar cuenta de un ejemplo donde el dulce sea un “sabor adquirido”. Nunca lo es, nunca lo ha sido. Acido, amargo e incluso salado son sabores a los que más frecuentemente nos hemos acostumbrado. El dulce, en cambio, es amor a primer gusto.

Pero no nos ocupemos aquí en justificar la inmediatez del placer dulce por la constitución de un solo órgano. Paro gustos existen los sabores, y la inmediatez de la dulzura como potencial causa de la tan llamada “gratificación instantánea” no es más que la punta de la lengua.

Ensayo JAG3¿Quiénes no lo hemos presenciado?: enanos piedreros de no más de cinco años, antojados de más incombustiblemente, convertidos en bestias hiperactivas cuyo único objetivo es infranqueable a las reglas básicas del hogar. Tal pujo no puede sólo ser explicable a partir de la predisposición de un solo órgano. En tal caso, ¿cómo es que un solo estímulo conduce todo el cuerpo como un fortificado autómata? La respuesta esta vez pudiese estar en el placer, específicamente en la parcialidad de este. Aquí es cuando la mera punta de lengua se torna trabalenguas: nos enredamos en decir que el empuje es más que la suma de los órganos. Esta pulsión quiere más, a cualquier edad, a cualquier gusto o costo. Pudiese comenzar como aquella dulce historieta de infancia, pero pronto se desenvuelve en una bastante amarga.

Ensayo JAG4La cosa con lo dulce es que nunca tenemos suficiente: nos moviliza como brazos hidráulicos rasgando las últimas migajas. La receta aquí va de comandos tales como “ser conducido” a “buscar instantáneamente” –y en esto la conducción precede al estimulo inicial. A tal fin, todos acabamos siendo un poco adictos, si entendemos esto desde la etimología de la palabra. Desde el retoño de su memoria posible, la humanidad es esclava de sus antojos –siendo lo dulce solo el inercial.

Pero vamos ahora a concentrarnos en la expresión “gratificación instantánea” y sus connotaciones. Más aún, doy pistas de hacia dónde me dirijo con todo esto: explicar las adicciones mediante la teoría de un “Sistema dependiente de Recompensas” en nuestro cerebro, es como explicar nuestros antojos por lo dulce a partir de la punta de nuestra lengua. Debemos distanciarnos de lo que es evidente a fin de encontrar la verdad. El determinismo orgánico genera conocimiento en la medida que catapulta la verdad. La evidencia siempre la editan nuestros sentidos (a fin de cuentas, el dulce es un gusto entre otros). La verdad, en cambio, siempre aparece más allá de nuestra percepción, por lo que es justo afirmar que la verdad no es siempre evidente. En resumen, evidencia y verdad no están en el mismo registro, aún cuando el discurso empírico-científico se empeñe en cucharearnos lo contrario. Mi buen amigo Omar Villasana me hizo notar algo ampliamente omitido en la mayoría de los hallazgos científicos de hoy: correlación no es lo mismo que causalidad (aún cuando podamos medir variables correlativas, es siempre mucho más arduo identificar causas últimas). Las panaceas farmacológicas de hoy han tomado gran ventaja de engrapar estas dos categorías juntas.

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Pero hagamos lo justo y demos algo de crédito a la teoría de “gratificación instantánea”: la adicción sin duda fantasea con acortar al mínimo el intervalo entre el estímulo y el resultado. Es una leyenda que se repite entre la mayoría de los adictos: un estímulo tal que iguale su resultado en inmediatez e intensidad. Ello para nada significa que esto ocurra de facto, todo lo contrario: el estimulo acaba distanciándose cada vez más de la gratificación, al punto que el placer se desvanece y los adictos se quedan solos con un estímulo no correspondido, con un apremio que al no poder obtener más del estímulo pide a cambio algo más de ellos -particularmente, algo más de sus cuerpos. Así, si “buscar un placer instantáneo” termina en decepción, debemos actualizar nuestra receta en base a nuestros hallazgos, y no ya a las evidencias: la adicción va de “ser empujado” a “estar desgastado” –lo cual es consistente con la narrativa de los adictos de larga carrera.

El poeta italiano Giacomo Leopardi describe la lógica encarnada en la adicción con términos que preceden las formulaciones freudianas sobre la “pulsión de muerte”. En uno de sus “Diálogos” (1824), entre el poeta Tasso y el genio surgido de su locura, este último define el placer por su ilusión y no su existencia:

“Nadie lo conoce prácticamente, sino solo por especulación, pues el placer es una entidad especulativa y no real; un deseo, no un hecho; un sentimiento que el hombre concibe con el pensamiento y no prueba, o por mejor decir, un concepto, no un sentimiento. ¿No advertís que en el tiempo mismo que gozáis un deleite cualquiera, aun infinitamente deseado y obtenido a costa de fatigas y molestias indecibles, no pudiendo satisfaceros el goce que sentís en cada uno de aquellos momentos, estáis de continuo esperando un goce mayor y más verdadero, en que consista, en suma, el tal placer y así estáis siempre refiriéndoos a los momentos futuros de aquel mismo deleite? El cual termina siempre antes de llegar el instante que había de satisfaceros y no os deja otro bien sino la ciega esperanza de gozar mejor y más verdaderamente en otra ocasión y el consuelo de fingiros y deciros a vosotros mismos que habéis gozado y de contarlo también a los demás, no por mera jactancia, sino para ayudar a la persuasión que desearías lograr vosotros mismos. Por esto, quien consiente en vivir, no lo hace, en resumidas cuentas, para otro efecto, ni con otra utilidad que soñar; esto es, creer que se va a gozar o que se ha gozado, cosas, las dos, falsas y fantásticas.”

Ensayo JAG6Es precisamente por la inexistencia de un placer pleno que el poeta Tasso contempla con frecuencia el acabar con su propia vida en este dialogo ficticio. Acabar con su vida sería también acabar con el paso doloroso del tiempo hacia un final anhelado. La muerte, opuesta al dolor hereditario de lo vivo, sería finalmente y ultimadamente el único placer posible al que podríamos tener acceso: se trataría de la ausencia de todo dolor. Tan macabro como pueda sonar, esta es la trama subyacente de una adicción, o como alguien me lo resumiría en una oportunidad: “una adicción consiste en la caza de aquel primer arrebato”. Tal caza es invertida –las más de las veces- en eliminar el tiempo a expensas de nuestras propias vidas. Lo único que argumentaría en contra del poeta Tasso en el diálogo de Leopardi es que, si lo único que quiere es poner fin a su dolor al matarse, ¿qué le haría pensar que no lo está ya logrando? Quienquiera que apunte a un placer idílico en vida, lo hace a expensas de desgastarse y darse por perdido. La muerte sería, en tal caso, la guinda en la larga espera de la sentencia a ser guindado.

Con frecuencia escuchamos que la adicción es una enfermedad que destruye la vida de la gente. Pero, en realidad, la vida no es exactamente lo que una adicción tiene por diana, es el tiempo. De hecho, si la adicción es una enfermedad de alguna clase –versión que no comparto-, sería un padecimiento del tiempo, específicamente una enfermedad que busca aniquilar el paso de este. Se trata de una anhelada gratificación que no puede esperar por su estímulo. En tal sentido, todos sufrimos un poco de este malestar, al punto de que la adicción es el epítome de los males de nuestra época, una época que pretende acortar toda espera y adelantarse en cámara rápida hacia el desenlace. Aquel que no puede esperar es un adicto de sus propios impulsos, esclavo encadenado al hilo de un tiempo inexorable. Pero, ¿cómo podríamos acaso dejar de serlo? Ya es bastante arduo esperar vivo a que la muerte ocurra. Lo que no sabemos, o más bien preferimos no saber es que no esperar es igual a no vivir, es mortífero, es matarse. Quien quiere morir, ya se mata.

Ensayo JAG7Si las adicciones pretenden eliminar el tiempo, los intervalos y las esperas, entonces, estas hallarían su cura en más tiempo, intervalos y esperas. Distanciando el resultado del estímulo airearíamos un saldo de tiempo en nuestras vidas de carril rápido. Considerando que la instantaneidad no pasa sin factura, que de hecho, cobra su peaje en nuestra propia erosión; incluir más tiempo que gastar sería incluir más esperanza de vida. Podría no igualarse al placer esperado, pero dilatar el resultado introduce complejidad y detalle a nuestras muy predecibles vidas útiles. Introducir la espera de la misma manera que la cocina China gana complejidad añadiendo sabores agrios a sus platos, y que a la cocina Japonesa se le acredita el descubrimiento del “quinto sabor” –el misterioso umami, que revela el continuum de sabores en nuestra lengua. Todos estos avances son el resultado de esperar y reintentarlo, no de insistir para no esperar.

Ensayo JAG8Seamos precisos, hay una distinción entre el placer gratificante y un disfrute sin reclamar, de la misma manera que hay una diferencia entre tiempo y cadencia, entre camino y paso. Los comediantes del stand-up saben hacer con esta distinción, y la usan a su favor al prolongar la anticipación hacia el imprevisto remate de un chiste, o incluso al usar el silencio como máquina de cosquillas. Se trata de la técnica de esperar: hacer espacio para la cadencia en un compás que ya corre y moderar el pulso hacia el inminente final.

En ningún lugar como en la cocina Japonesa, el disfrute de la anticipación tiene tan privilegiado altar. Es esto precisamente lo que el documental “Jiro dreams of sushi” (2011) retrata. En el Sushi Bar del chef Jiro no hay listas de espera sino comensales pacientes, ellos llegan especialmente invitados sin reservaciones previas. El placer reside en la anticipación y la espera de que un pedazo de sushi, bellamente confeccionado y espolvoreado con umami, aterrice en el plato. Tan solo una pieza de este sushi minimal –que lleva un esfuerzo titánico previo- bastará para sanar a cualquiera de sus males esclavos.

 

Las mujeres también conocen del disfrute que la anticipación conlleva (es quizás por esto que los adictos masculinos doblegan en número a sus pares femeninos). No es broma aquello de que para las mujeres, el calentamiento es ya parte del sexo, mientras que para los hombres es la espera tediosa al sexo.

Pero no nos persuadamos con recetas mágicas, hoy en día la instantaneidad es tan universal como unisex. Ya todos se apresuran a tener las cosas listas para ayer cuando no las postergan para nunca jamás: parte de las contradicciones gramaticales como para que nada ocurra en tiempo real. A este ritmo, necesitamos tiempo que ya acaba para sanar de heridas que han estado allí siempre. Ya repetimos que la vida es corta, cuando no nos damos por enterados que inexorablemente algo en nosotros la ha recortado.

foto bio JAGarciaJosé Armando García  (Abril, 1976) Originario de Venezuela. Vive en Miami, Florida desde el 2004. Sociólogo de profesión y psicoanalista de oficio, con un posgrado de Trabajo Social Clínico. Asociado activo en la Nueva Escuela Lacaniana. Más interesado en el barroco de Baltasar Gracián que en cualquier tendencia contemporánea. También las épocas son injustas con aquellos que nacen a destiempo.

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